Viernes, 21 de jul de 2017
Valledupar, Colombia.

 

Constantemente vivo conversando con personas que manifiestan que no son aficionadas a la música vallenata. Algunos se arriesgan a decir que no les gusta esta música; sin embargo, todos ellos coinciden en que lo que más les llama la atención y les agrada de este folclor son las letras aquellas en que se narran vivencias y otras donde se cantan poemas, y se lamentan de que éstas ya casi no se escuchan en la radio.

A un desprevenido foráneo le dice mucho más una narración como aquella que Escalona nos inmortalizó al poner música a la Custodia de Badillo:

“Me han dicho que el pueblo ´e Badillo se ha puesto de malas,

de malas porque su reliquia le quieren cambiar.

Primero fue un San Antonio lo hizo  Enrique Maya;

ahora la cosa es distinta, les voy a contar”

O el símil de la poesía que encarna el merengue de Tobías Enrique Pumarejo cuando expresa:

“Cuando me miras subo a los cielos

porque tus ojos son dos estrellas

que me iluminan cual dos luceros

el caminito de primavera”  

Para aquellas personas que son ajenas a las costumbres nuestras y que poco han escuchado y degustado nuestra música, no tiene sentido un vallenato que no tenga por lo menos uno de estos dos ingredientes: narrativa o lírica.

El vallenato primigenio sin duda es verso y es canto. Los negros de El Paso del Adelantado, cuando pastoreaban el ganado en las inmensas sabanas de esas zonas, lo hacían con “guapirreos”, versos de cuatro palabras e incluso décimas, y los acompañaban con silbido. Los instrumentos, como el acordeón y la guitarra, llegaron al vallenato mucho tiempo después.

Una de las amenazas latentes en nuestra música es que sus creadores se desprenden de los ingredientes del vallenato que pretendemos prohijar, como patrimonio inmaterial de la humanidad que ha sido reconocido universalmente.

Cuando comenzamos a bailar nuestra música, también dimos los primeros pasos para llegar a la crisis que hoy afrontamos, porque el baile y el afán por el dinero, que persiguen tanto los compositores como los intérpretes en la rebatiña comercial, han sido pieza fundamental para que hoy tengamos que prender las alarmas en búsqueda de rescatar lo que añoramos propios y extraños: que el vallenato nos siga contando historias, cuentos y leyendas, y se vuelvan merengues y paseos, o que a los hermosos poemas de los hombres y mujeres de la región se les pongan melodías y se conviertan en bellos sones o, por qué no, se narren los chismes de los vecinos con sorna, en una puya.

Es a la palabra cantada a la que le debemos apuntar para salvar el vallenato; no en vano Gabo dijo: “Esta música y mis novelas son tejidas con la misma hebra”; lo demás vendrá por añadidura; lo que dicen las letras de las canciones vallenatas es lo que más interesa a quienes nos ven desde lejos, incluso, hay muchos a quienes les gusta más el vallenato cuando se interpreta con otros instrumentos, como la guitarra.

 

Jorge Nain Ruiz

@jorgenainruiz 

Vallenateando
Jorge Nain Ruiz

Jorge Nain Ruíz. Abogado. Especializado en derecho Administrativo, enamorado del folclor Vallenato, cantautor del mismo. Esta columna busca acercarnos a una visión didáctica sobre la cultura, el folclore y especialmente la música vallenata. Ponemos un granito de arena para que la música más hermosa del mundo pueda ser analizada, estudiada y comprendida.

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