Viernes, 22 de sep de 2017
Valledupar, Colombia.

 

El pueblo colombiano anda sin norte. Por alguna razón, la aguja de la brújula ha saltado de su eje y caprichosa se sitúa en cualquiera de los cuatro puntos cardinales (Maduro llega a mi recuerdo: ¿Cuatro o cinco?), y saltamos bipolarmente de la crispación nacional a la pasividad absoluta con una facilidad asombrosa, digna de ser estudiada como un cuadro psiquiátrico colectivo.

El abuso y muerte de menores de edad nos despierta las pasiones primitivas de venganza y en las redes se leen los más variados y desquiciados deseos del colectivo por cobrar la afrenta contra el o los victimarios, pues nadie entiende las motivaciones de semejante aberración y mucho menos entendemos las causas de tamaña desviación. Nos llena de rabia y dolor, nos enceguece el coraje y la indignación contra estos actos repudiables y cada vez son más las voces que piden la pena de muerte para casos como los de violación, abuso y muerte de menores de edad.

El feminicidio enardece los ánimos y aun cuando el clamor no es masivo se siente en todos los estratos, sin importar la condición de la víctima. La violencia intrafamiliar es otro de los flagelos que aquejan nuestra sociedad y que ya comienza a sentir el repudio generalizado de todos los colombianos.

Todos estos casos de repudio han sido potenciados por la propaganda estatal y la difusión de los medios de comunicación que inciden grandemente en la psiquis del colombiano. Esto demuestra que el lado obscuro, guerrerista y primitivo que nos ha signado históricamente puede ser domeñado, cambiado, aconductado hacia formas positivas de comportamiento civilizado. “El dolor humano, dice mi esposa, se ha convertido en un sentimiento social”, pienso que es así, el pueblo colombiano en algunos casos actúa como un organismo que siente y repudia los actos de violencia sin importar la condición social de la víctima ni del victimario, comenzamos a sentir como propio el dolor ajeno. Eso es positivo y son muestras de civilidad que indican que está presente en el colectivo el lado claro de humanidad, que a pesar de la guerra no se ha perdido del todo la razón.

No obstante lo anterior, es necesario mostrar la otra cara, el otro lado, el lado obscuro y manipulable de la psiquis del colombiano o de una gran porción de compatriotas que deciden negarse a estos cambios. Uno de ellos, el más protuberante a mi modo de ver, trata de la paz y la terminación del conflicto en nuestra patria, donde paradójicamente todos queremos vivir en paz, todos aparentemente queremos que la confrontación finalice, que se acabe la espiral de violencia que ha ensangrentado al país por más de cincuenta años. Sí, aparentemente todos queremos eso: La Paz.

¿Pero qué es lo que realmente ocurre? ¿Realmente queremos la paz? Y la respuesta contradictoria podría ser: sí, el pueblo colombiano quiere la paz pero hay un sector que quiere la paz con guerra, la paz con exterminio, la paz con sevicia, la paz aniquilando físicamente al enemigo o al contrario, una paz conseguida con sangre, con víctimas, con desplazamientos, con desalojo, con expoliación. Una paz impuesta y no negociada, una paz que no les prive de los réditos de la devastación, una paz que permita seguir negociando con la muerte, una paz que mantenga el estatus de los que se han enriquecido con la guerra.

Este pensamiento primitivo y guerrerista ha sido la constante de algunos grupos políticos en el país, grupos liderados por personas que de una u otra manera han propiciado el desmadre violento que ha sufrido el país, algunos son víctimas que no han podido exorcizar sus odios y otros que sienten que acabado el conflicto armado se quedarían sin discurso, mientras que otros sienten que se les hunde el piso de sus negocios. Este pensamiento ha sido sistemáticamente impulsado por los políticos y por los medios que sirven de caja de resonancia a las torvas intenciones de los que quieren la guerra.

La propaganda penetró y caló hondamente en el pensamiento religioso de las iglesias cristianas y ahora hace tránsito a otras esferas de la sociedad colombiana, incluso en este paro de maestros  los guerreristas han inundado las redes sociales con memes que hacen alusión al fenómeno del conflicto y en contra de la paz diciendo que hay dinero para la guerrilla y no para los maestros y lo lamentable es que el magisterio enardecido por esta justa lucha sindical, comienza a asumir como propias consignas que no son suyas, y pierden la criticidad de que históricamente han hecho gala y ponen a circular ingenuamente esta propaganda contra la paz. Afortunadamente, Fecode tiene claro sus objetivos de lucha y saben que el problema y la paz no son de Santos sino que la lucha es un pulso de poder y la paz es de todo el pueblo colombiano.

No podemos dejar que la Rosa de los vientos que debe regir el pensamiento del colombiano se pueble de espinas de guerra. ¡Que viva la PAZ!

 

Diógenes Armando Pino Ávila

@Tagoto 

Caletreando
Diógenes Armando Pino Ávila

Diógenes Armando Pino Ávila (San Miguel de las Palmas de Tamalameque, Colombia. 1953). Lic. Comercio y contaduría U. Mariana de Pasto convenio con Universidad San Buenaventura de Medellín. Especialista en Administración del Sistema escolar Universidad de Santander orgullosamente egresado de la Normal Piloto de Bolívar de Cartagena. Publicaciones: La Tambora, Universo mágico (folclor), Agua de tinaja (cuentos), Tamalameque Historia y leyenda (Historia, oralidad y tradición).

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