Domingo, 20 de ago de 2017
Valledupar, Colombia.

 

En el pasado Encuentro Nacional de Investigadores de Música Vallenata, se planteó en una ponencia “La imposibilidad de la producción de clásicos en medio de la sociedad de consumo”, contraponiendo la perdurabilidad en el tiempo de la arquetípica y perdurable belleza del arte griego o romano con la efímera vida e insignificante belleza de las obras recientes de la música vallenata, de acuerdo al ponente: Evelio Daza.

El argumento central es el de la imposibilidad de producirse, en la actualidad, canciones con la suficiente belleza y calidad para asegurarse su perdurabilidad en el tiempo, a causa de la necesidad de producir frecuentes novedades que estimulen el consumo con el cual aumente las utilidades que de este derivan. El mercado y el mercadeo, realidades externas a las canciones, serían los causantes del mal achacado a las nuevas composiciones, según esto.

En este argumento se deben revisar dos ideas directas: La de la belleza o la calidad de las obras y la de la perdurabilidad en el tiempo. Y dos indirectas: La resistencia al cambio y la dicotomía entre la pretensión de preservación de una música con pretensiones de tradicionalidad y la necesidad de que esta misma música sea, a la vez, popular, masiva y comercial.

La belleza es, siempre subjetiva, y su concepto varía de acuerdo a referencias contextuales, para lo cual es suficiente comparar la representación del cuerpo humano desde las ánforas de la Grecia antigua, hasta las señoritas de Avignon de Picasso, por lo que el cambio en las referencias contextuales de las obras recientes en la música vallenata no les resta calidad o belleza frente a las de periodos anteriores, que también presentaron una variación frente a sus antecesoras.

La calidad en el arte, como la belleza misma, es esencialmente subjetiva y el valor de una obra no lo puede dar un crítico en particular ni siquiera un grupo de estos. En el ámbito vallenato la calidad de las canciones está asociada a sus letras a partir de la ambigua calificación de las consideradas clásicas como “poemas” sin aportarse análisis métricos o narratológicos que sustenten esta idea.

La perdurabilidad en el tiempo de las obras de la industria musical colombiana no es mucha, en realidad y la forma de medir esta permanencia en el tiempo, al estar sujeta a la subjetividad de quienes prefieran unas obras frente a otras, no es un parámetro exclusivo ni excluyente para definir a una canción como clásica ni como superior o inferior a otra, ya que hay obras de arte que se han visto relegadas al olvido por grandes periodos y luego resurgen, así como otras que fueron sumamente valoradas en el tiempo y luego relegadas al olvido.

Permanecer en el imaginario colectivo hace a una canción popular, solamente. Esto no le confiere, por sí, calidad digna de imitar ni la hace portadora de una tradición, ni la convierte en muestra de la mayor plenitud de su manifestación, que es lo que hace a un clásico.

Esto nos lleva a revisar las ideas derivadas del argumento principal: En las opiniones alrededor de la música vallenata se da por sentado que todo tiempo pasado fue mejor y en distintos momentos ha habido muestras de resistencia al cambio, desde el rechazo al estilo romántico de Gustavo Gutiérrez y Freddy Molina hasta el refrescante estilo de Kaleth Morales y Leo Gómez, pasando por el rechazo a la puesta en escena y los nuevos sonidos planteados por el Binomio de Oro. Rechazos que, en muchos casos, han sido más que olvidados aceptados y asimilados en la oficialidad del vallenato, con excepción del estilo de la Nueva Ola que hoy día está satanizado y puesto como personificación de todos los males del vallenato, desconociéndose con ello, que el estado actual de esta industria musical no es sólo de estos muchachos sino que es una consecuencia de la suma de distintos factores, pero prefiere simplificarse todo con una etiqueta. Un chivo expiatorio.

La pretensión de preservación de unas formas aparentemente tradicionales en el vallenato y, a la vez, de que esta música sea el producto estrella de la industria cultural de la región es una contradicción abierta cuya tensión no puede estar mejor representada que en el mismo Festival vallenato, evento que muestra la comercialización desenfrenada de una “tradicionalidad” cada vez más alejada de lo folclórico, de la oralidad, del pueblo que la originó y que, a pesar de sentirse excluido, marginado, la sustenta y continúa enriqueciendo desde la periferia.

Volviendo al punto central de la ponencia del doctor Daza, vemos que su argumento implica que no se han podido producir clásicos en todo el siglo XX, no sólo en música sino en todas las artes, en las sociedades en fase avanzada de desarrollo industrial capitalista, caracterizadas por el consumo masivo de bienes y servicios. Si esto fuera cierto, ¿dónde quedarían, entonces, obras como las siguientes: Ciudadano Kane, Cantando bajo la lluvia y La vida es bella, El Pájaro de fuego, Rapsodia en Blue, Cantata Profana, Bohemian Rhapsody, The Ellington Suites, Kind of blues y Moanin’ además de Pigmalión, La cantante calva, Esperando a Godot, El Guernica, La Sagrada Familia, La Persistencia de la memoria, El gran Gatsby, El proceso, Ficciones y la misma Cien años de Soledad de la que tanto nos ufanamos? Todas estas obras son clásicas, producidas en medio de la sociedad de consumo del siglo XX y algunas convertidas en un masivo artículo de consumo, sin perder, por ello, nada de su complejidad o belleza.

Este mismo argumento, al no ser la sociedad colombiana (y la costeña) una sociedad de avanzado desarrollo industrial capitalista, es insuficiente para definir la causa del problema que señala una baja calidad comparativa de las canciones recientes con las de la época dorada del vallenato, de acuerdo al ponente y a la mayoría de los defensores del vallenato “clásico” o “tradicional”, aunque no se puede desconocer que han sido, precisamente, las leyes del mercado, las que han moldeado las formas compositivas, interpretativas e incluso la organología de los conjuntos vallenatos desde sus primeras grabaciones y aún lo siguen haciendo.

Creer que la necesidad “actual” de vender es, realmente, el causante de que se presente un producto de calidad efímera implica ver la música (y otros productos culturales) como un bien de consumo común, una mercancía, no como arte, y por esto se han acuñado frases como “vallenato salchicha” o composiciones por encargo…, olvidando que mucho del gran arte universal fue hecho por encargo de los mecenas de Rafael, Miguel Ángel, Bernini, Van Dyck y demás. Por otro lado esto implica la creencia de que los grupos y demás actores de la época que es tenida como digna de imitar en el vallenato no se dedicaron a producir, promocionar y vender sus productos para obtener una utilidad. Cosa que no es cierta, de lo contrario, ¿de dónde derivan, entonces, los bienes (no despreciables) de los más afamados cantantes vallenatos? En este punto cabe recordar que, por ejemplo, en los primeros cuatro años de su vida musical Diomedes grabó 7 LP y entre 1972 y 1978 Jorge Oñate grabó 13 trabajos musicales, obviamente, para venderlos.

Toda música popular (y el vallenato es una música popular más allá de sus raíces folclóricas de las que ya casi nada queda) busca, en principio, conectar con un público y ser consumida por él, para lo cual se necesitan transacciones de compra – venta que siempre han existido, ya sea a través de presentaciones en vivo o de los medios de reproducción (del Disco de vinilo hasta las listas de los servicios de reproducción en línea actuales tipo youtube o spotify), y que siempre han significado un medio de subsistencia para los actores del mercado musical, incluido el vallenato, aunque estás ganancias sean mayores para unos que para otros y a algunos se le hallan usurpado los derechos sobre sus obras, principalmente en las primeras décadas de la industria musical colombiana.

No sólo los nuevos actores de la música vallenata desean vender, todos los que han hecho parte de la industria musical han deseado vender y lucrarse de su actividad, por lo que la necesidad de vender no es la que determina la señalada calidad inferior del producto que ofrecen. Son otros los factores, pero no podemos olvidar que son las cadenas de producción y distribución, representadas en las disqueras y sus administradores, quienes terminan definiendo qué se graba, se programa y en gran medida que se consume por parte de las mayorías. Este es el punto central que no es tenido en cuenta a la hora de juzgar la música que se consume masivamente hoy día, que no es la única que se hace ni la mejor… el problema es que no se presentan propuestas alternativas a esta cadena hegemónica de producción –promoción– consumo que signifiquen una ruptura, una resignificación y un renacimiento de esta expresión cultural.

Hay muchos artistas que se han labrado su prestigio, su nombre, al margen de la industria musical tradicional como Marta Gómez, Ondatrópica, Alé Kumá, Systema Solar, Monsieur Perinné y Bomba Stereo, para sólo referirnos al ámbito nacional, pero los músicos de la música vallenata son reacios a estos espacios alternativos desde donde se está renovando la música colombiana con gran calidad en todos los aspectos. Algunos de estos artistas han dado el salto al circuito comercial como es el caso de Choc Quib Town, luego de abrirse paso desde lo alternativo.

¿Dónde está el conjunto vallenato alternativo que esté renovando esta sonoridad?

No basta con el reencauche (algunos lamentables) de “clásicos”. Se necesita interpretar la realidad presente y desde ella producir las canciones que interpreten los nuevos sentires y expectativas.

Dos canciones, entroncadas con dos vertientes distintas de la tradición: “El Tiempo” de Sergio Moya y “Festival Celestial” de Elkin García, bastan para mostrar lo equivocado del planteamiento del doctor Daza y ratificar que, a pesar de que se subestimen las creaciones reciente y no se les evalúe con equilibrio y objetividad, sí es posible producir clásicos en la música vallenata en estos tiempos recientes, aunque se esté en mora de producir más temas de esta misma estirpe, pero ni los cantantes y acordeoneros de más renombre están haciendo esta tarea…

 

Luis Carlos Ramírez Lacarro

@luiskramirezl 

A tres tabacos
Luis Carlos Ramirez Lascarro

Luis Carlos Ramírez Lascarro nació el 29 de junio de 1984 en la población de Guamal, Magdalena, Colombia. Es técnico en Telecomunicaciones y tecnólogo en Electrónica. Estudia actualmente Ingeniería de Telecomunicaciones y trabaja para una empresa nacional de distribución de energía eléctrica. Finalista de la cuarta versión del concurso Tulio Bayer, Poesía Social sin Banderas, 2005, en cuya antología fue incluido con el poema: Anuncio. Finalista también del Concurso Internacional de Micro ficción “Garzón Céspedes” 2007. Su texto El Hombre, fue incluido en el libro “Polen para fecundar manantiales” de la colección Gaviotas de Azogue de la CIINOE, antología de los finalistas y ganadores de dicho concurso, editado en 2008. El poema Monólogo viendo a los ojos a un sin vergüenza, fue incluido en la antología “Con otra voz”, editado por Latin Heritage Foundation. Esta misma editorial incluyó sus escritos: Niche, Piropo y Oda al porro en la antología “Poemas Inolvidables”, de autores de diversos lugares a nivel mundial. Ambas ediciones del 2011. Incluido en la antología Tocando el viento del Taller Relata de creación literaria: La poesía es un viaje, 2012, con los poemas: Confidencia y guamal y con el texto de reflexión sobre poesía: Aproximación poética. Invitado a la séptima edición del Festival Internacional de Poesía: Luna de Locos de Pereira (2013) e incluido en la Antología nacional de Relata, 2013, con el poema: Amanecer.

Es autor del libro, publicado de manera independiente: El Guamalero: Textos de un Robavion y de los libros aún inéditos: Confidencia y Libro de sueños.

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