Miércoles, 28 de jun de 2017
Valledupar, Colombia.

 

Al momento de sentarme a escribir la presente nota han transcurrido 72 horas desde que mi pueblo y otros 14 municipios del sur de Bolívar y el Cesar quedaron sin fluido eléctrico por el aparente descuido de un operador de buldócer, que laboraba en un potrero de una finca de la vía El Trébol cercano a Chimichagua por donde pasan las líneas que suministran la energía de alta tensión a las subestaciones de Electricaribe.

Se dice que cayeron tres torres: la que rozó el buldócer y las otras dos por la fuerza de arrastre de los cables de la primera torre al caer. En estos pueblos, sus moradores, en forma suspicaz, murmuran sobre las causas de la caída de las torres y la atribuyen a la falta de mantenimiento por parte de Electricaribe, dicen que, en muchos años, décadas nunca han visto mantenimiento alguno, a no ser la poda de árboles para que no hagan corto circuito con los cables conductores de energía. En esa suspicacia, van más allá, murmuran que es posible que se sigan cayendo más torres por la falta de mantenimiento agravada con el crudo invierno que vive Colombia y la región. Ojalá no sea así.

También se escucha en los corrillos de plaza, comentarios que critican la lentitud de los arreglos y la forma artesanal con que Electricaribe encara las emergencias. Un amigo sostiene y con algo de razón, creo yo, que los gringos y los japoneses o cualquier otro país medianamente adelantado, hubiera enfrentado el problema desde dos ángulos: el primero, restituir el servicio de energía mediante unas conexiones provisionales ligeras, para que estos municipios no padecieran el calvario de la falta de energía eléctrica, y segundo, hacer el trabajo de sustitución y levantamiento de las torres caídas para dar un servicio definitivo que garantizara la continuidad del goce del fluido que el pueblo paga.

Siguiendo con el hilo de la falta de energía y apartándonos de sus causas y demoras en los arreglos, esta situación me ha llevado a retomar conceptos escuchados en la secundaria, donde un profesor de sociales, en sus clases magistrales, a más del ateísmo y el materialismo como pensamiento nos llevaba por caminos tortuosos de la razón y nos explicaba cómo el hombre abandona su condición animal apartándose de la naturaleza, modificándola y poniéndola a su servicio, nos explicaba el porqué del uso del fuego, el vestido y la modificación de la vivienda, como un logro del hombre al dejar, aparentemente, de ser animal. Nos explicaba la división social del trabajo y la acumulación de riquezas. Nos introducía hacia las teorías de Darwin y Lamarck y cómo el hombre se ha ido adaptando a esos cambios que él mismo ha introducido.

Hoy, a propósito de la falta de fluido eléctrico por más de setenta y dos horas, reviso mi actitud y la del colectivo, trasnochados ya que, adaptados a la luz eléctrica, a las bebidas heladas, a los ventiladores y los aires acondicionados, vivimos la angustia de no tener el disfrute de algo que nos ha parecido tan natural y que por lo mismo dependemos de ello y nos hace tanta falta, incluso hasta el punto de angustiarnos y desesperarnos.

En estos tres días he visto a mis paisanos recorrer las calles con los celulares y sus respectivos cargadores en manos, buscando -casi que desesperados- donde poner a cargarlos. El caso mío en el día de hoy ha sido patético buscar a un amigo con negocio que me permita un ladito en su oficina para conectar mi portátil para hacer esta nota a la carrera, la cual escribo de corrido, sudando a chorros, para tratar de explicarles a mis lectores la dependencia que como especie hemos creado para mejorar nuestras condiciones de vida sin pensar que su falta puede ocasionarnos múltiples problemas ya que hemos aprendido a adaptarnos progresivamente, es decir, nos adaptamos hacia adelante, pero, cuando la tecnología falla y nos hace falta su comodidad, no sabemos adaptarnos hacia atrás. Nos cuesta recobrar la memoria biológica que como especie hemos tenido, pues en la comodidad del progreso la borramos y no fuimos capaces de dejar una especie de back-up para recuperarla en casos como el que nos ocupa.

Creo que en el caso más que probable de una catástrofe mundial, donde falle el suministro de energía global, como especie estaríamos en peligro de desaparecer por la falta del sentido de adaptación y de dar marcha atrás…

 

Diógenes Armando Pino Ávila

@Tagoto 

 

Caletreando
Diógenes Armando Pino Ávila

Diógenes Armando Pino Ávila (San Miguel de las Palmas de Tamalameque, Colombia. 1953). Lic. Comercio y contaduría U. Mariana de Pasto convenio con Universidad San Buenaventura de Medellín. Especialista en Administración del Sistema escolar Universidad de Santander orgullosamente egresado de la Normal Piloto de Bolívar de Cartagena. Publicaciones: La Tambora, Universo mágico (folclor), Agua de tinaja (cuentos), Tamalameque Historia y leyenda (Historia, oralidad y tradición).

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