Viernes, 24 de nov de 2017
Valledupar, Colombia.

El periodista García Márquez con su máquina de escribir Underwood

 

Nadie sabía porque aquel jovencito se quedaba de último en la sala de redacción del viejo diario, que según los lectores era el de mayor circulación en la Costa.

Había llegado por accidente al periódico, pues por la insistencia de Carmen Caparroso y Carmelita Guerrero Mendoza, dos de las directivas de los deportes en el Atlántico de esa época, con su astucia y su no poca influencia, lograron que Juan B. Fernández Ortega, director del rotativo, le diera cabida para relatar los resultados de los juegos intercolegiales de ese año.

Al recién llegado, le fue asignado un viejo escritorio en el rincón más alejado de la sala repleta de curtidos periodistas encabezados por don Juan Goenaga Pérez, a la sazón Jefe de Redacción.

Este, le encargó el “chicharrón” a Armando Cabrera Muñoz quien le dijo que tenía dos opciones: buscar entre un arrume de viejas máquinas de escribir, alguna que le sirviera o hacer las cuartillas en letra de imprenta bien legible, para que el encargado de montar los linotipos, los editara en sus pedazos de metal para que se publicaran.

Al principio, el pichón de redactor, escogió la segunda sugerencia, porque para esos días, no tenía ni idea de escribir a máquina.

Instalado en su endeble mesa de trabajo, el personaje de marras, tomó un block, un lapicero negro y con elegantes y bien delineadas letras, inició la crónica de la jornada de atletismo de los intercolegiales.

Apoyó sus tres páginas de información con dos o tres fotografías de los más destacados corredores y saltadores del día. Tras unas dos horas de garrapateo, entregó tres páginas al Jefe de la Reacción Deportiva y empezó a ver como los delicados signos y las páginas se iban tornando rojas de los tachones de don Juan y de Armando.

Corrigió como pudo, la plana de resultados regulares y la entregó a los avezados censores de su labor en la que ocupó una hora más. Esta vez, pasó la prueba y la crónica paso a manos del jefe de la Gross, a la que el relator en ciernes, motejó como el “monstruo come-papel”.

El viejo linotipero, con unos lentecitos redondos que amenazaban caer entre los rodillos, hizo su oficio y en un santiamén, las letras de imprenta, quedaron montadas con el primer parto del redactor deportivo intercolegial José Joaquín Rincón Chaves.

Esa noche, bien tarde, guardó sus escasas herramientas en el fondo de un cajón del desvencijado armatoste de madera. Cuando iba a colocar el block Norma, alcanzó a ver, casi brillante, una página con algunas letras cubiertas por el polvo.

La curiosidad le venció y con algo de delicadeza, recogió el escrito, se sentó en la silla cuyos resortes, le amenazan la tela del pantalón y a la luz de la luz mortecina que entraba por el ventanal de la calle, empezó a sacudir la hoja ya amarilla por el abandono y los años.

Con un amor extraño, el jovencito libró a la página de los últimos rastros de polvo de la pagina tamaño oficio y con una alergia de ácaros viejos despertados en la nariz prominente, pudo leer el encabezado misterioso que rezaba:

“No era una vaca cualquiera”

Era el relato sobre “una vaca que circuló por las calles del centro de Barranquilla, un día martes. La curiosidad de las gentes por ver ese animal, el que no anduviera comúnmente en día domingo sino casi a mitad de semana alborotando al vecindario y las labores de comercios y oficinas.

La interrupción del “trabajo” en los despachos de los funcionarios públicos quienes asomaban sus cabezas por los ventanales del centro cívico y los esfuerzos de los guardas de tránsito para restablecer la normalidad en una ciudad, que no tenía muchos automóviles.

La faena de un marido armado con la camisa de dormir de su mujer, para torear al animal y la alegría de los niños que solo conocían de los vacunos en las pantallas de cine. La espectacular caída de un hombre sobrio de un segundo piso por asomarse más de la cuenta, lo que hubiese sido lógico en algún borrachín perdido y finalmente, la captura y la llevada a la cárcel del indomeñable cuadrúpedo por un grupo de esforzados policías.”

La amarillenta crónica aparecía firmada por un tal Septimus y con fecha de 3 de abril de 1951.

El chico, guardó la hoja entre el folder, como un tesoro, pues le pareció que el escrito era genial y el estilo, el de un gran escritor que fantaseaba con los hechos y jugaba con las palabras.

Se dijo que algún día tendría el valor de redactar de esa manera, pero que primero debía aprender a escribir a máquina. Desde ese momento, se prometió que averiguaría por algo más del tal Septimus.

En la siguiente noche, se acercó a la oficina de don Juan Goenaga Pérez y como quien no quiere la cosa, le preguntó que si él conocía a un columnista del diario que se hacía llamar Septimus.

El experimentado Maestro, con cierta sorpresa, preguntó a qué se debía la curiosidad del recién ingresado miembro de la plantilla de El Heraldo. Sin mencionar su hallazgo, inventó que un amigo, a quien le había contado en donde había ido a escribir sus crónicas deportivas de los intercolegiales y los muebles viejos que le asignaron, le dijo que su papá no se perdía de las crónicas de La Jirafa y que de pronto, el escritorio era el de ese cronista, el tal Septimus.

Con paciencia infinita, Don Juan le dijo que Septimus era el seudónimo con el cual Gabriel García Márquez, escribía a su modo, algunos aconteceres curiosos de la ciudad y del mundo, de las letras, de la ciencia y de todo lo que se le ocurriera.

Que había trabajado en el periódico por los años 50 a 52 y que ahora se había convertido en famoso escritor y periodista internacional.

Medio satisfecha la curiosidad, el jovenzuelo se despidió del Jefe de Redacción y se dijo: “Entonces, el escritorio viejo que tengo era el de García Márquez.” Y siguió elucubrando:

“Luego la máquina en la cual escribía sus crónicas y algunos de sus cuentos debe estar por aquí”. Y empezó una búsqueda por los sitios más recónditos del rotativo. Escribía a mano sus trabajos sobre la jornada de los juegos escolares, los entregaba al Jefe de la Redacción Deportiva y al escrutinio de don Juan, los pasaba al armador y cada noche, religiosamente, se perdía entre los pasillos del vetusto edificio en busca de la bendita máquina de escribir en donde lo cogía más allá de la medianoche.

Parecía un fantasma insomne que recorría sin parar las instalaciones ya casi a oscuras.

Sus apariciones repentinas en cualquier sitio del diario y la extrema delgadez que en ese entonces le caracterizaban, agregadas a su afanosa misión, habían asustado a más de uno por la forma silenciosa en que actuaba.

El asunto terminó cuando los juegos llegaron a su final y, por sustracción de materia, el joven cronista tuvo que regresar a sus clases normales en el Colegio de Soledad. La soñada máquina no apareció por parte alguna.

En cuanto a la página de Septimus que con tanto recelo guardaba, cuando recogía sus bártulos en el periódico, una noche de diciembre, se le deshizo entre las manos y solo un consuelo le quedó: había aprendido a escribir a máquina y su crónica final fue publicada a ocho coles en el decano de los periódicos de la Costa.

 

José Joaquín Rincón Cháves

Periodista y abogado 

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