Viernes, 28 de jul de 2017
Valledupar, Colombia.

 

Los colombianos, por lo menos una gran cantidad, queríamos una Colombia en paz, pero el número de colombianos que creíamos que fuera posible éramos menos, la gran mayoría no creía en la seriedad de la FARC para cumplir los acuerdos que se pactaban en La Habana. Muy a pesar del escepticismo de muchos, y la crítica despiadada de la ultraderecha colombiana alinderada en el mal llamado Centro Democrático, el presidente Santos persistía tercamente en su propósito de conseguir la paz.

La voluntad inquebrantable de gobierno y guerrilla por persistir en el propósito de una negociación silenciosa, y el compromiso responsable de llevar a término la negociación dio sus frutos y, finalmente, en Cartagena se firmó la paz. La creencia de Santos de que ese acuerdo logrado seria razón contundente para que los sectores de ultraderecha más recalcitrantes aceptaran por fin esa realidad le llevó a realizar un plebiscito para que fuera el pueblo el que refrendara dichos acuerdos.

Se equivocó el señor presidente, tuvo un exceso de confianza al pensar que primaría la cordura del pueblo colombiano, no previó que la alianza perversa de la ultraderecha con la grey crédula de los pastores de algunas sectas religiosas, daría al traste con ese cometido. La propaganda negra, las verdades a medias, la mentira, el fanatismo religioso, la homofobia y cuanta bazofia ecléctica pudieron esgrimir en contra de los acuerdos de paz, rindieron sus frutos contaminados y ganó el no por una ínfima mayoría.

El señor presidente no se rinde, y a través del congreso de la República busca la aprobación de dichos acuerdos vía Fast track, de nuevo el gobierno es asaltado en su buena fe, y propicia la infiltración malévola de un “caballo de Troya”, el magistrado Carlos Bernal, quién posesionado dos días antes y prácticamente sin leer el caso, vota en contra del Fast track y manda al traste este mecanismo que facilitaba el camino para cumplir los acuerdos con la implementación de normas y medidas que honraran los acuerdos pactados por el gobierno con la guerrilla en La Habana.

La Farc y el gobierno a pesar de tan serios tropiezos no declinan en sus propósitos, continúan con persistencia, con tesón, tal vez con terquedad en su empeño de sacar adelante este proceso, muy a pesar de la venenosa oposición de quienes quieren el desangre de Colombia. La guerrilla y la ONU continúan su cronograma de desarme, los guerrilleros como nunca, honran su palabra de cumplir los acuerdos y muy a pesar de la natural desconfianza entregan sus armas. El día martes 27 entregan, según ellos y la ONU, 7.132 armas como cumplimiento de su compromiso para reintegrarse a la vida civil.

La FARC y la ONU dan parte de cumplimiento del programa de desminado de un territorio mayor al millón de metros cuadrados libre de minas. Va por buen camino el proceso de erradicación voluntaria de cultivos ilícitos. Las conversaciones con las guerrillas del ELN comenzaron y se dice van bien. La Ley de víctimas y la Ley de restitución de tierras, a pesar de su lentitud van camino al cumplimiento de su cometido. Todo esto muestra que el país bajo el liderazgo del presidente Santos marcha sin reversa hacia la consolidación de la paz.

No obstante, todo lo dicho y lo que queda en el tintero, un sector político atrincherado en El Centro Democrático, se resiste a estos nuevos aires de libertad y se oponen rotundamente, porque sí, a todo lo que signifique la finalización de la guerra. Dicen querer la paz, pero así no. Dicen estar de acuerdos con la Ley de víctimas, pero así no. Dicen estar de acuerdo con la Restitución de tierras, pero no así. Dicen querer la paz, pero así tampoco. Es decir, están en contra de todo y contra todos.

Parece que su único objetivo es mantener al país en guerra para poder tener vigente su discurso vendiendo miedos. Colombia debe reaccionar, ya lo está haciendo, el velo del engaño de este sector guerrerista se ha corrido, el piso del miedo a las guerrillas se ha movido con la salida de La FARC, solo le está quedando la propaganda contra Venezuela y el llamado Castro-chavismo, sin embargo, ya el pueblo colombiano ve muy distante que nos ocurra lo mismo, pues Santos tiene de todos los pelajes, menos el de guerrillero ni comunista.

Estos guerreristas no se han dado cuenta que el país acaba de entrar en una nueva era, la de la paz, no se han dado cuenta que el juego de la guerra, en lo que a La FARC concierne, ha terminado. No se han fijado que Santos, como árbitro de ese partido, ha tomado el balón y se lo ha puesto bajo el brazo, ha hecho sonar el silbato y ha señalado el centro de la cancha, señalando que el juego ha terminado. No han oído al narrador deportivo que grita:

¡Final, final, no va más!

 

Diógenes Armando Pino Ávila

@Tagoto 

Caletreando
Diógenes Armando Pino Ávila

Diógenes Armando Pino Ávila (San Miguel de las Palmas de Tamalameque, Colombia. 1953). Lic. Comercio y contaduría U. Mariana de Pasto convenio con Universidad San Buenaventura de Medellín. Especialista en Administración del Sistema escolar Universidad de Santander orgullosamente egresado de la Normal Piloto de Bolívar de Cartagena. Publicaciones: La Tambora, Universo mágico (folclor), Agua de tinaja (cuentos), Tamalameque Historia y leyenda (Historia, oralidad y tradición).

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