Viernes, 24 de nov de 2017
Valledupar, Colombia.

 

El asunto no era tan sencillo. Primero porque Óscar Javier Vásquez estuvo implicado en un homicidio en el que lo habían declarado inimputable, razón por la que el juez decidió remitirlo a este lugar. Actuamos en consecuencia: abrimos historia clínica y evaluamos sus condiciones psiquiátricas. Justamente por eso sabemos que es el último de siete hermanos, creció en un hogar frustrado por la pobreza y su madre era una mujer trabajadora y víctima del maltrato del esposo, un zapatero que la golpeaba cada vez que se emborrachaba. Lo cual, según decía el propio Óscar, sucedía todos los días.

Una noche Óscar Javier intentó defender a su mamá de una paliza que le daba el papá. El señor, al ver a su hijo envalentonado, lanzó un cuchillo al piso y lo retó para que se decidiera quién era el hombre de la casa. Pero Óscar no aceptó el reto: dio media vuelta y caminó hacia la puerta. Al tercer paso el papá le clavó el cuchillo por la espalda, muy cerca a la clavícula. Luego se le fue encima y le hizo con el cuchillo una Ene en la frente para que lo recordara cada vez que se viera al espejo. A pesar de que tiene una cicatriz en la espalda y otra en la frente, y que las dos son consecuentes con el relato, no pudimos cotejar esa versión porque el padre murió de un infarto en 1990, un año después que el cáncer se llevara a la mamá de Óscar. No se sabe nada de los hermanos, si acaso tiene. Ese es el único antecedente traumático que se puede vincular con una obsesión compulsiva que tiene como detonante del consumo de alcohol.

A mi juicio, ese es el primer problema del caso: en el expediente se asegura que Óscar Javier asesinó a la mujer en estado de embriaguez. Embriaguez avanzada, al decir del abogado defensor. Llegué a creer que realmente había sido un asunto de tragos. Que realmente era inimputable. Era difícil imaginar que fuera asesino un hombre amable y educado. Su única excentricidad era usar chaquetas de cuero con tigres, leones o águilas estampados en la espalda. Amante de la música clásica y de la literatura: recita de memoria a Kavafis, Tolstoi, Gogol o Dostoievski. Tiene un conocimiento profundo de la mitología griega y romana, le gusta la química y la física y tiene conocimientos de geometría clásica. En fin, es un hombre asombroso si se tiene en cuenta que sólo hizo hasta tercero de bachillerato. Ese es justamente el asunto: un hombre con esas capacidades y con tres cervezas encima, que es lo que me dijo que tenía cuando sucedió el incidente, es consciente de la gravedad de sus actos, contrario a lo que se establece por inimputabilidad. Permítame, por favor, leerle el artículo 33 de la ley 599 del 2000: “Es inimputable quien en el momento de ejecutar la conducta típica y antijurídica no tuviere la capacidad de comprender su ilicitud o de determinarse de acuerdo con esa comprensión, por inmadurez sicológica, trastorno mental, diversidad sociocultural o estados similares”. ¿Cómo es posible, entonces, que un hombre que lee a Dostoievski no sea consciente de que está cometiendo un delito cuando asesina a una mujer a puñaladas?

Pero usted sabe cómo es la justicia en este país.

Enviamos decenas de informes para que se reabriera el caso. Pero nadie atendió nuestros requerimientos. Curiosamente no llegaron nuestros informes, pero sí llegó la solicitud de Óscar: le practicaron pruebas en Medicina Legal que ratificó la inimputabilidad. Con este concepto el juez de ejecución de penas le concedió libertad vigilada por diecinueve meses. Tenía que asistir a Alcohólicos Anónimos tres veces por semana y pagar una póliza de $664.000 a L&L Seguros. Una vez que se cumplió el pago a la aseguradora, recobró su libertad. Lo cual, sea dicho de paso, fue ilegal porque no quisimos certificar que había superado su condición psicopatológica. ¡Cómo lo íbamos a certificar si estuvo menos de un mes en la institución! Imagine, un mes para tratar a un tipo que asesinó a una mujer. ¡Eso no le cabe a nadie en la cabeza!

***

Muy poco les puedo decir de Johanna. Ella tenía problemas serios: padecía de una hipersexualidad que estaba más allá de cualquier posibilidad de manejarse clínicamente. Al menos desde la psicología. Por eso fue remitida a psiquiatría, a donde creo que nunca fue.

De las fotos que me mostró le puedo asegurar que ella había salido de cacería. Siempre que iba en busca de sexo casual se ponía jean, camiseta, pashmina y baletas. Nada que llamara la atención. A los hombres los asustan las mujeres lanzadas. Les gusta vernos, es cierto. Pero no se animan a hablarnos. Se quedan quietos, sin saber qué hacer. Por eso a las mujeres nos gusta conquistar de otra manera. No somos depredadoras sino estrategas: construimos el escenario para que el hombre vaya derechito hacia donde queremos. Ustedes, y perdone que se lo diga, son tan tontos que creen que son conquistadores, cuando no son más que un rebaño de ovejas.

***

Era una sílfide. Su cuerpo parecía trazado por un pincel delgado. Tenía ojos negros, manos largas y elegantes. Como de pianista. Me miraba. Primero disimuladamente, luego descaradamente. Una, dos, tres veces. Yo las iba contando a medida que el bus avanzaba por la Avenida Caracas. La gente se quejaba, empujaba, se daban codazos. Los hombres no la veían. Sólo tenían cabeza para obligaciones, trabajos, deudas.

Mientras el articulado continuaba en su ruta, me miraba diez, once, doce veces.

A las ocho de la mañana centenares de gotas levantaron polvo en las calles. ¿Ha visto cómo cae una gota sobre el polvo? Cae lentamente, levantando una corona en cuyas puntas hay fracciones de polvo, tierra, uñas, llantas, suelas que se quedan suspendidas en el aire. Algunas de estas partículas se van con el viento y otras, quizás las más tercas, regresan a su cuna, esperando que arribe otra gota y otra y otra y otra, hasta que no queda polvo porque los riachuelos, densos y malhumorados, la han arrastrado a la alcantarilla.

Ella entretanto me miraba trece, catorce, quince veces.

Yo quería hablarle, yo quería hablarle, yo quería hablarle, yo quería hablarle, pero no me atrevía.

Estación Las Flores. Calle 63. Calle 57.

Decenas de sombrillas que se abrían al paso del articulado, saludando y despidiéndose como manitas de colores que se derriten a la distancia. Como cometas que vuelan sobre un pantano de asfalto. Sueños, silencios y esperanzas que saludan y se despiden y luego vuelven a saludar con sus cuerpos curvos y tensos.

Ella continuaba viéndome dieciséis, diecisiete, dieciocho veces.

No podía ser mi imaginación. No podía ser. Y menos en ese momento que estaba completamente sobrio. Ni un trago me había tomado desde que abandoné la clínica de reposo.

Por fin le hablé en la estación Calle 22.

Sonrió.

Contestó mi pregunta y después preguntó muchas cosas. Pero no preguntó por mi cicatriz, como hace todo el mundo. Ni por hijos o esposa. O por mis papás. Por nadie. Ella sólo quería saber de mí.

Tercer Milenio. Hospital. Hortúa.

“¿Te bajas conmigo en la próxima estación?”, preguntó en Nariño.

“Sí”, respondí con el corazón cabalgando a la misma velocidad de la Danza Macabra de Saint-Saëns.

En la siguiente estación había más sombrillas, más lluvia y más niños llorando. Pero a mí no me importaba porque estaba con un ángel que me quería llevar al cielo en el que Louis Armstrong y el arcángel San Gabriel se compiten con solos de trompeta.

***

A Johanna la conocía desde el colegio. Siempre me gustó. Era lo mejor que había visto en mi vida. Era una mujer maravillosa: alegre, inteligente, dulce, amorosa, juiciosa. Sobre todo juiciosa. Siempre ocupaba el primer puesto. Siempre izaba bandera. Siempre la felicitaban.

¡Siempre!

Pensaba que no volvería a saber nada de ella hasta el momento en el que un amigo me dijo que la había encontrado en Facebook. Le envíe la invitación con la certeza de que no aceptaría. Pero aceptó. No sé por qué, si nunca respondió a los correos que le envíe después, ni los comentarios que escribía en sus fotos. Parecía que todo volvía a ser como fue en el colegio: indiferencia y silencio. Tal vez por eso no me reconoció cuando estuve a su lado en transmilenio. Por eso y porque estaba mirando a un tipo rarísimo que tenía una cicatriz en la frente. Ella le hizo, le hizo, le hizo la conversación al man. El tipo le siguió el cuento, ¡ni marica que fuera!

Pero eso no fue lo peor.

Lo peor fue que se bajaron en Fucha, la estación que está al lado de los moteles. Me bajé con ellos. Los vi hablar un rato. Ella le cogía el cuello de la chaqueta de cuero que tenía estampado un tigre de bengala. En algún punto de la charla se tomaron de las manos. Se fueron acercando hasta que se besaron. Entonces me acordé de los chismes que decían que ella era una perra que se acostaba con todo el mundo. Un parcero me dijo que era una vieja insaciable. Que se había acostado con ella varias veces, que ella tiraba de noche y de día. En cualquier lado: en el baño de una discoteca, en un parque, donde le entraran las ganas. Obviamente en ese momento no le creí. ¡Qué le iba a creer! Usted sabe cómo somos los tipos. Además Johanna no tenía la necesidad de hacer esas cosas: ¿cuál vieja buena tiene necesidad de acostarse con el primero que pase al frente?

En fin.

El caso es que fue al bar con el loco ése. Me senté en la esquina del frente a esperar que salieran. Saqué de la maleta un cuaderno para preparar la clase del siguiente día.

Salieron dos horas después. El man estaba pálido, con una expresión rara: como si le hubiera hecho daño el trago. Hasta dudé que era él, pero lo reconocí porque no se había quitado la chaqueta.

Caminaron cogidos de la mano hasta un motel enorme, de siete pisos, con paredes pintadas de negro. Se besaron en la puerta, bajo el letrero que decía Perla Negra. El tipo le acarició una teta. Después se la apretó con toda la mano como si quisiera exprimirla. Ella le mandó la mano a las huevas, las sobó y después entraron abrazados por la cintura.

Me quedé al frente pensando que eran reales todas las historias. Pensaba que era verdad que se había acostado con todos los huevones del curso.

¡Con todos!

Con todos menos conmigo. El huevón de siempre. El que le toca ver. El que le toca escuchar las historias. El que calla. El que no levanta la mirada. El que no tuvo éxito en nada.

El perdedor.

***

Veía DC Channel cuando golpearon la puerta. Era la pareja del 701. Hablaban ahogados porque bajaron corriendo por las escaleras. A ella se le atravesaron las palabras en la garganta y empezó a llorar. El compañero intentaba recobrar el aliento aferrándose al mesón con la cara hacia el piso. Cuando pudo, me dijo que escucharon unos gritos en el cuarto del lado.

Ahí me dio risa. Eso es normal. Si usted supiera cómo son las personas de retorcidas. En los cuartos ve un montón de cosas: sangre en las paredes, en las sábanas, en el baño. Se dan en la jeta, se dan látigo, se rayan con navajas. En lo que llevo, he visto a más de uno con los inflamados y las caras negras.

Hay gente que se toma en serio eso del sexo fuerte.

El caso es que los tranquilicé y les dije eso: que era normal. Pero ellos me dijeron que no, que era otra cosa, que llamara a la policía. No alcancé a decirles nada porque salieron corriendo.

Intrigada le pedí al guarda de seguridad que me acompañara. Cerré la puerta para que no se metieran a robar. Yo sabía que a esa hora de la mañana no llegaría nadie ni se iría nadie: sólo habían diez parejas.

Cuando se abrieron las puertas del ascensor, alcancé a ver a un tipo que bajó corriendo por las escaleras. Era un tipo alto, como de uno ochenta. Tenía una chaqueta de cuero con un tigre estampado en la espalda. Recordé entonces a la pareja del 702: un tipo con una cicatriz en la frente, pálido, como asustado, acompañado de una muchacha de mi estatura, bonita ella. Hasta pensé qué hace esa muchacha con ese tipo tan feo. Pero usted sabe que para gustos, el sexo.

El guarda intentó irse detrás del tipo, pero le dije que no se preocupara: tendría que esperar hasta que llegáramos porque todo estaba cerrado.

El 701 está al fondo del pasillo. La cama estaba tendida y el televisor encendido. No sé por qué recuerdo que el presentador hablaba del precio del dólar. Giré a la izquierda para quedar frente al 702. La puerta estaba cerrada. Golpeé dos veces. Esperé un poco. Di dos golpes más.

Nada.

Nos miramos con el guarda. Le mostré las llaves. Movió la cabeza. Se acercó, introdujo las llaves y abrió. Entramos. La luz del cuarto estaba apagada, pero estaba encendida la luz del baño.

“Disculpe”, dije suavecito. “Disculpe”, repetí más duro.

Caminé hasta la cama. Había una baleta en la mitad del cuarto. Era blanca con lunares azules. Me acerqué hasta que estuve al lado de la cama. Estaban acostados, con las cabezas tapadas.

El guarda, que estaba bajo el marco de la puerta, me pidió que los despertara. Sacudí el hombro del muchacho. Primero suave, luego más duro. No se movía. En ese momento tuve la certeza de que algo estaba mal. Nuevamente los sacudí. Nada. Entonces los desarropé.

Grité como nunca he gritado en mi vida.

Estaban abrazados sobre un charco de sangre. La cicatriz del tipo brilló con el golpe de luz que llegaba desde el baño. La muchacha, que estaba adelante, en posición fetal, le faltaba un seno. Quise correr, pero no pude. Me quedé quieta, contemplando el hueco donde debía estar el seno. El guarda, en cambio, sí tuvo piernas para correr. Sus gritos rebotaban por las paredes de la escalera. Por alguna razón me acordé de la pareja del 701, de la carrera por la escalera, los gritos y el llanto de la muchacha.

En ese momento el tipo se movió. Grité hasta quedar sin voz. Ahí sí pude correr. Pero no corría hacia la puerta porque me tocaba rodear la cama, y no iba a hacer eso. Corrí hacia el baño, que estaba a tres pasos. Cerré. Me senté con la espalda contra la puerta y me puse a llorar como una loca, hasta que me calmé.

Me levanté después de quién sabe cuánto tiempo. Abrí la llave del lavamanos y me eché agua para tranquilizarme. Mientras me lavaba la cara, vi en el espejo el reflejo de la pared que estaba a mi espalda. En ella había palabras trazadas con marcador. Giré la cabeza y leí:

Eso le pasa por perra.

 

Diego Niño

@diego_ninho 

Palabras que piden orillas
Diego Niño

Bogotá, 1979. Lector entusiasta y autor del blog Tejiendo Naufragios de El Espectador.

[Leer columna]

Artículos relacionados

El puzzle de la Historia o el aroma a trópico de Jorge Eliécer Pardo (Parte 2)
El puzzle de la Historia o el aroma a trópico de Jorge Eliécer Pardo (Parte 2)
El lenguaje El manejo del castellano de la parte de Jorge Eliécer Pardo es de una...
La asesina ilustrada: el libro de la muerte
La asesina ilustrada: el libro de la muerte
Cabe señalar que este libro es particular tanto por su forma como por su  contenido....
Vladimir Holan, el viaje a lo desconocido
Vladimir Holan, el viaje a lo desconocido
En medio de la soledad donde solo gobierna la noche infinita, una voz convertida en...
El pirómano renovador
El pirómano renovador
En Sagarriga de La Candelaria todo andaba bien. El año había culminado y sus...
Décimas a Martín Elías
Décimas a Martín Elías
  Todavía adoloridos por la partida de un cantante brillante como Martín Elías,...
.::La Parranda Vallenata: un rito de amistad::.
.::La arepa de queso: una delicia vallenata::.