Domingo, 22 de oct de 2017
Valledupar, Colombia.

 

En el libro recientemente publicado en colaboración con Panorama Cultural y  dedicado a la memoria del poeta Marcos Ana, Aurea Loira  incluyó un poema titulado Cárcel es hoy. Mientras la sensación de libertad de la que gozamos en la actualidad parece ser mayor a la de tiempos pasados, la realidad nos demuestra día a día que las cosas suceden al contrario.

Somos libres si -y solo si- tenemos la capacidad económica suficiente para comprar nuestra libertad. Estamos encerrados en la cárcel del consumo, y ese consumo impone pautas de comportamiento bajo la apariencia de hacernos más libres, al supuestamente tener la posibilidad de elegir. Aquella posibilidad se limita en múltiples casos a hacerlo entre una serie de marcas o estereotipos que nos uniforman dentro de una diversidad perfectamente controlada y nos estratifica en grupos según nuestro poder adquisitivo. No en vano, Lipovetski (El Imperio de lo Efímero, 2004) hablaba de la moda como “arquitectura de la sociedad neoliberal”, pues a través de ella no sólo se imponen pautas en el vestir, si no también pautas de comportamiento y valores acordes con la ideología del mercado: la ideología neoliberal.

Si el neoliberalismo genera una brecha económica y social cada vez más amplia, la capacidad de consumo nos sitúa a uno u otro lado de la misma. Frente a ello, la denominada "Sociedad del Bien Estar" facilita a ciudadanos y ciudadanas una serie de servicios esenciales que posibilitan el cumplimiento de sus derechos. El acceso a la salud, la educación y otros tantos derechos recogidos en las correspondientes Constituciones nacionales o en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, son garantizados por el Estado, haciéndose realidad con independencia del nivel económico. Sin embargo, mediante el argumento de una crisis económica prefabricada y los recortes aplicados para salir de la misma, la deficiente gestión pública o pretextos similares, dichos servicios se privatizan y de ser un derecho, pasan a convertirse en un privilegio.

La sintonía de la moda como mecanismo disparador del consumo es sabiamente orquestada por los medios de comunicación tradicionales a los que se suman ahora las redes sociales, que nos dan una gran sensación de libertad. ¿A quién le importa que los ataques contra la libertad, incluida la de expresión, sean cada día más intensos, si nosotros disponemos de espacios en los que podemos expresarnos libremente? El problema es que se trata únicamente de una sensación; la realidad es otra. En multitud de ocasiones, dichas redes contribuyen a difundir los mismos valores que los medios masivos.

A tal sensación de libertad, a esa “euforia digital” a la que nos referíamos en nuestro artículo publicado en Panorama Culturalbajo el título Euforia digital, tecnorealismo y sociedad del siglo XXI, colabora el carácter gratuito de las citadas redes. Esta presunta gratuidad manifiesta de nuevo el engaño al que a diario nos vemos sometidos.

Las redes sociales no son gratuitas. Si lo fueran, ¿cómo se explica que en el año 2016 Facebook triplicara sus beneficios? Según dice Rocío Flores (Redes Sociales, la nueva era de la publicidad),estos espacios permiten mantener una conexión con sus integrantes a través de una cuenta activa llamada perfil, en la cual el usuario coloca cierta información sobre su persona, gustos, aficiones políticas, religión e intereses; dando como resultado un banco de datos que se puede llegar a convertir en oro molido para cualquier empresa que busque adentrarse en las preferencias de sus clientes potenciales”. Es decir, nosotros pagamos en concepto de utilización de las redes nada menos que cediendo aspectos de nuestra intimidad.

¿Somos realmente libres cuando una parte de nuestra intimidad se encuentra hipotecada? La Constitución Española, al igual que el resto de las Constituciones de los países democráticos, dice en su art. 16: “Nadie podrá ser obligado a declarar sobre su ideología, religión o creencias”; sin embargo, cada vez que colgamos una noticia en Facebook o enviamos un tuit, o similar, sin ser conscientes de ello facilitamos toda una declaración de nuestra forma de ser, pensar, etc. Una declaración, una información que, como todo en la sociedad global, se compra y se vende

Los Doctores en Psicología, Mariano Chóliz y Clara Marco señalan (Adicción a Internet y Redes Sociales, 2013) cómo la utilización de las redes sociales en particular, y de la tecnología en general, tiene un gran componente adictivo, el cual -como todas las adicciones- en lugar de desarrollar nuestra personalidad, colabora a su aniquilación. Dicha adicción puede transformarse en una poderosa herramienta para convertir a la sociedad en unrebaño digital”, según explicábamos en nuestro artículo citado en líneas anteriores. Un rebaño formado por individuos aislados entre sí, aunque con la sensación de hallarse interconectados; conocedores en tiempo real de la actualidad informativa, pero ajenos a todo análisis de la misma, y en general a todo análisis que supere los estrechos límites del momento real, de las modas impuestas por los medios como elemento uniformizador, a la vez que antídoto frente al mundo de la reflexión y la cultura, tan opuesta a sus intereses ideológicos y comerciales. Como señala el poema de Aurea Loira al que hicimos referencia en las primeras líneas:

“¡Cárcel es hoy como ayer la incultura

que nos vuelve fáciles de gobernar!”

 

Antonio Ureña García

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Contrapunteo cultural
Antonio Ureña García

Antonio Ureña García (Madrid, España). Doctor (PHD) en Filosofía y Ciencias de la Educación; Licenciado en Historia y Profesor de Música. Como Investigador en Ciencias Sociales es especialista en Latinoamérica, región donde ha realizado diversos trabajos de investigación así como actividades de Cooperación para el Desarrollo, siendo distinguido por este motivo con la Orden General José Antonio Páez en su Primera Categoría (Venezuela). En su columna “Contrapunteo Cultural” persigue hacer una reflexión sobre la cultura y la sociedad latinoamericanas desde una perspectiva antropológica.

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