Sábado, 19 de ago de 2017
Valledupar, Colombia.

 

En enero de 1590, por voz de pregonero y en presencia de gran cantidad de gente, se publicaron las ordenanzas de buen gobierno para la ciudad de Cartagena hechas por el Cabildo, justicia y regimiento de ésta, que recogían todas las que se habían emitido en la ciudad desde el año de 1552.

Entre estas ordenanzas, un buen número de ellas tenía que ver con el control de los esclavos y la gente negra en cuanto a sus personas, comportamientos y costumbres. Daban cuenta de la numerosa población negra y de la necesidad de ejercer su vigilancia. Se les prohibió salir de noche por la ciudad después del toque de queda, por los hurtos y robos que se les achacaban. Ninguna persona podía negociar con ellos ni comprarles maíz, gallinas, ropa, oro, plata, y otras cosas. Se les impidió tener sus propios aposentos, y casas, y se los redujo a vivir junto a sus amos. Asimismo, en las tabernas, no se les podía vender vino. A los libertos de color negro se les prohibió recibir en sus casas a fugitivos negros, guardarles o comprarles algún género.

Las infracciones seguían sucediendo puesto que en 1570, el cabildo volvió a ordenar y a repetir muchas de las ordenanzas anteriores anunciando mayores castigos. Se volvió a insistir que los taberneros no vendieran vino a la gente negra. Se les prohibió el porte de cuchillos, machetes, macanas o cualquier otra arma so pena de cien azotes en el rollo, por la primera vez, y el corte de los miembros genitales, por la segunda. El hombre que osare levantar un arma contra un blanco para agredirlo sería condenado con la pena de muerte. No se les permitió reunirse los días de fiesta a cantar y a bailar por las calles acompañados de tambores; sólo podrían hacerlo en la parte donde el cabildo lo determinara, con la amenaza de azotes en la picota de la plaza para quienes lo infringieran.

Las ordenanzas más severas y completas tenían relación con los cimarrones; éstas obligaban a las personas a notificar al cabildo los nombres de los esclavos que tuvieron fugitivos y a éstos se los amenazaba con la pena de azotes si permanecían huidos por quince días y el corte del miembro genital si no regresaban a la custodia de sus manos en un mes. Aquel que anduviere fugitivo durante un año se haría acreedor a la pena de muerte. Asimismo, se recompensaría a los indios y españoles que trajeren ante la justicia un cimarrón vivo o muerto y se penalizaría a las personas que encubrieren a los esclavos fugitivos. [1]

Malos tratos y castigos impuestos a la población esclava africana

En el Nuevo Reino de Granada y en las provincias vecinas, los castigos más frecuentes propinados a los esclavos eran los azotes; se les azotaba con látigos de diversa índole, cuero de vaca, soga y otras fibras, apostados en los árboles o colgados de éstos. Asimismo, el cepo apareció con frecuencia en las viviendas de los amos. Allí eran colocados al sol y al agua y mientras se infringía el castigo de azotes. También fueron comunes los grillos y cadenas. Una variada serie de instrumentos como tizones encendidos o untados con cera o brea, y otras unciones fueron utilizadas para causar mayores penas y daños.

El propietario tenía dos tipos de recursos para entablar su defensa ante una demanda de crueldad por parte de un esclavo. Por una parte, el derecho del amo a castigar a sus esclavos cuando lo consideraba necesario. Por otra, argüir sobre lo que constituía un tratamiento cruel, negando que el trato que se le había dado al esclavo era realmente despiadado o argumentando que el castigo había sido merecido.

La muerte del esclavo después de un castigo se consideraba obviamente accidental. Se pensaba que el esclavo sufría de alguna dolencia que el propietario desconocía o se había infectado con alguna enfermedad después del castigo. Estas muertes no eran premeditadas y no debían ser atribuidas a la crueldad del propietario. Los amos acusados de maltrato fueron pocas veces castigados con dureza. La pena más grande fue la obligatoriedad de vender el esclavo.

Hernando Domínguez, un mercader preso en la cárcel real de Santa Fe por haber dado muerte a Sebastián esclavo negro de su propiedad, fue acusado de desnudarlo, atarlo a una viga por el cuerpo y los brazos, sin permitirle que los pies llegaran al suelo, y con un látigo de vaca propinarle muchos azotes, hasta cansarse. Después, mandó a un hombre que trabajaba en su tienda que tomara el látigo y continuara con los azotes. Cuando le estaba azotando mandó traer un hacha de cera blanca que mandó encender y amenazó el esclavo que si no confesaba donde estaba la esclava con quien había huido le pringaría con ella. Sebastián quedó con muchas heridas sangrantes en la espalda y nalgas, y una herida grande encima de los riñones. La causa de tal desafuero se debió a que el esclavo huyó junto con una esclava llamada Gracia. A los cinco días del castigo, Sebastián murió.

El mercader argumentó en su declaración ante el receptor que para que Sebastián no volviera a huir y causara inconvenientes, intentó tomarle de los brazos y amarrarle; como el esclavo no se dejaba, con la fuerza que hizo cayó sobre unas piedras de espaldas y se golpeó en los riñones. Cuando cayó le echó la cabuya por encima de una viga para amarrar al esclavo y con un látigo le dio entre veinte y treinta azotes. Cuando el esclavo confesó dónde se encontraba la esclava fugitiva, dejó de azotarle. Dos años más tarde, los señores presidente y oidores de la Real Audiencia fallaron que absolvía a Hernando Domínguez del juicio criminal con el fiscal de su majestad y le dieron por libre de la causa. Le condenaron a pagar las costas del juicio.

Sentencia parecida recibió el vecino Pedro de Aguirre, acosado por el fiscal de su majestad de haber causado la muerte a Francisca, su esclava negra, haber cortado las orejas y nariz a otra esclava llamada María y haber dado muerte con azotes y malos tratamientos a varios esclavos suyos. Originalmente, presidente y oidores de la Real Audiencia lo condenaron a pagar 500 pesos de oro corriente y las costas y salarios de la causa. Se lo amonestó de abstenerse de causarle mal a los esclavos. Posteriormente, después de haber estudiado el proceso y los autos, y de recibir las pruebas, rectificaron la decisión y dijeron que sólo debía pagar trescientos pesos de oro [2].  

 

Referencias:

[1] Extracto de la obra “Génesis y desarrollo de la esclavitud en Colombia” de María Cristina Navarrete, páginas 265-266

[2] Extracto de la obra “Génesis y desarrollo de la esclavitud en Colombia” de María Cristina Navarrete, páginas 274-275 

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