Martes, 19 de sep de 2017
Valledupar, Colombia.

 

Cada vez que un periodista en Colombia abandona el computador, micrófono o cámara de televisión para saltar a la arena política, dejando atrás todas sus críticas al Gobierno de turno, para batirse en las urnas con otros candidatos de elección popular, que también buscan la aprobación de los votantes, queda a su alrededor una nube de dudas sobre si su compromiso social era desinteresado o no.

Si bien ambos oficios están relacionados con el negocio de extraer, publicar información, explicar, dirigir y persuadir, es difícil cambiar de acera,  de manera acertada, transparente para cumplir con un mandato popular.

Los periodistas que sufren de egomanía piensan que pueden ser mejores políticos, que los políticos; después de todo, muchos exfuncionarios electos se han lanzado a los medios de comunicación (en especial radio, televisión) porque consideran que pueden hacerlo igual o mejor que cualquier periodista. El idealismo que comparten tanto los políticos como los periodistas es apenas comprensible: ambos quieren un cambio para tener un mejor futuro, pero ¿quién lo demuestra realmente? Algunos lo logran;  otros se estrellan.

Un periodista egomaniatico, quiere hacer un mundo  mejor, pero para sí mismo: reconocimiento laboral, premios de CPB, Simón Bolívar, Rey de España, Ortega y Gasset, etc, etc ; un aumento salarial, aparecer en el Jet Set criollo y trepar a un estatus social más alto, ¿y qué mejor trampolín que la política? Una vez electos, entonces se convierten en los poseedores de la verdad revelada y  solo transpiran agua bendita. La mutación es total.

Y como las redes sociales siguen creciendo como canal preferido para informarse, utilizan esta arma de doble filo para lanzar sus ataques contra ese mismo sistema, que tanto criticaron, pero del cual hacen parte activa ahora. Si algún ser humano osa  cuestionarle  su “afamada integridad”, entonces recurren a declararse “víctimas del manoteo en las redes”, así vemos el tira que jala de trinos, en donde el burro le dice orejón al cerdo: un periodista que ahora ostenta un mayor “estatus político” le habla de honestidad, transparencia e independencia ideológica a un colega completamente comprometido con un partido, o se enfrenta con otro que vive al servicio de un mandatario , con un jugoso contrato… ¡Todo un circo!

Los periodistas deben ser independientes, observadores imparciales de la  gestión de un gobierno y parte importante del proceso de rendición de cuentas, para fortalecer el ejercicio del control social a la administración pública, no están destinados a pasar a la política, camuflados en X o Y partido, apoyando todo tipo de maniobras, incluso una que otra “non sancta”, para mantenerse en el poder.

Quienes cubren las noticias  conocen bien los vicios de la política en Colombia: la galopante polarización, los escándalos de corrupción, el tráfico de influencias, los intereses creados a través de prácticas de financiamiento, además conocen el significado del faccionalismo, el tribalismo, la difamación, el fanatismo, hasta los atentados contra la democracia. Asimismo, no son ajenos a la gestión de los medios de comunicación, las manipulaciones retóricas y políticas de los llamados Cacaos, capaces de trastornar el compromiso honesto del electorado. Con toda esta experiencia ¿para qué incursionar en la política, si no van a ser coherentes? La contribución del periodismo es ir más allá de los estrechos objetivos de la  izquierda socialista o de la derecha capitalista. El rol de un periodista es informar, descodificar, descifrar, exponer las agendas ocultas y el abuso de poder.

Con este cambio de “châpeau”, se ha deformado la idea del famoso Cuarto Poder, ese que inspiró a muchos a pensar en el periodismo como una de las profesiones más honorables, de seres humanos que de corazón buscaban conocer la verdad, confrontar las dos caras de la moneda, hacer tambalear a los actores del poder con sus denuncias y hallazgos… Ese mismo que ejercía un papel crucial en el funcionamiento de los Estados de Derecho y las Democracias.

Solo nos resta lidiar con político-periodistas exhibicionistas, egocéntricos, sedientos de poder, que se valen de sus colegas para difamar y condenar a todos sus contradictores políticos, con micrófono en mano, hasta que un  Tribunal pide que se retracten y lo hacen en voz baja.  Ver cómo a un periódico de reconocimiento nacional le meten un gol (inocentemente), por cederle una de sus columnas de opinión a alguien famoso,  pero irreverente que no se escapa a señalamientos sobre su ética profesional, o escuchar a periodistas defender su dignidad ventilando a los cuatro vientos el adjetivo femenino de la palabra “can”, que empleó  un sindicado de corrupción, al mencionar su nombre,  ¿Así, o más grave el panorama del Cuarto Poder?

Finalmente,  ¿quién ha logrado combinar correctamente los oficios de periodismo y política? Yo postulo a Michael Ignatieff, escritor canadiense, académico y ex político,  líder del Partido Liberal de Canadá y Líder de la Oposición Oficial de 2008 hasta 2011. Ignatieff ha sido reconocido por su trabajo como historiador y ha ocupado cargos académicos en las universidades de Cambridge, Oxford, Harvard y Toronto.

 

Natalia Gnecco

@NataliaGnecco 

Natalia Gnecco Blog
Natalia Gnecco

Natalia Gnecco es una periodista y comunicadora social independiente. Ganadora del Premio Literario y Periodístico Cesar Vallejo 2011 (Caracas, Venezuela). Su columna “Natalia Gnecco Blog” contiene su trabajo periodístico producido en Canadá y en Colombia sobre personajes interesantes, temas culturales, sociales y turísticos.

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