Domingo, 22 de oct de 2017
Valledupar, Colombia.

 

Definitivamente hay que quemar la etapa de la máquina de escribir.  Y cada vez estoy más convencido de que éste es el período más fértil y más productivo en la vida de un escritor.  Es una época sencilla, agradable y sin muchas complicaciones, que sirve de afianzamiento para que el aprendiz despeje el miedo y se identifique con sus propias y futuras capacidades.  Por esto, con sobrada razón, en una oportunidad solía decir García Márquez que estando ya en la vejez, aún no había podido desprenderse del fraternal recuerdo que le causaba su máquina de escribir, y que le dolió un jurgo separarse de ésta cuando apenas si escribía, pues al cabo de treinta años de uso ya el teclado era invisible y los caracteres tipográficos lucían totalmente desvencijados.

Y no era para menos: habían transitado por ella los originales de sus cuentos y novelas primigenias y escrito varias veces las cuatrocientas páginas de Cien años de soledad.  Sólo entonces decidió explorar en el fabuloso encanto del computador, y decía que le costó trabajo adaptarse porque recordaba la musicalidad del teclado de la máquina –que tenía grabado en la memoria- y a medida que escribía lo ayudaba a pensar, a corregir las ideas y a eufemizar las palabras.  Afirmaba, también, que en la máquina el oficio le rendía más y gastaba menos papel, mientras que en el computador por cada página que producía desperdiciaba cincuenta, debido a los errores involuntarios que cometía y sólo lograba descubrir cuando ya la página estaba impresa.

Asimismo, me causa sorpresa un amigo que teniendo computador y máquina de escribir eléctrica, cada vez que necesita hacer una carta o cualquier trabajo similar, se desplaza a mi biblioteca para trascribirlos en mi diligente máquina de escribir, que ya sobrepasa los cincuenta años, pues inicialmente fue de mi progenitor.  En muchas ocasiones he percibido la satisfacción que siente cuando la manipula y se desenvuelve en el teclado.  Y algunas veces me ha comentado: “no he podido amañarme con el computador y estoy que me compro una maquinita como ésta, si logro conseguirla”.  También recuerdo que el mandatario Belisario Betancur, cada vez que utilizaba el avión presidencial para desplazarse por Colombia o a cualquier lugar del mundo, cargaba su inseparable máquina de escribir, y en un mini despacho improvisado redactaba sus discursos y documentos oficiales a varios kilómetros de altura.

Hace algún tiempo, un amigo entrañable  –Roy Roger Sierra- de visita en Sincelejo y quien lleva más de veinte años viviendo en Europa, me pidió que le facilitara mi estudio para organizar un trabajo de investigación que debía presentar en la Universidad de Friburgo, Suiza.  En esos días, me ilustró y me enseñó el manejo de su computador personal, y ante un viaje repentino decidió dejármelo por una larga temporada.  Pero no fui capaz de utilizarlo, pues cada vez que lo intentaba, me hacía falta el sonoro tecleteo de mi vieja y servicial máquina de escribir. Sin embargo, más tarde, impulsado por los comentarios y la tecnología, me vi casi obligado a comprar un computador, para incursionar en sus fabulosos alcances. Pero no he logrado amañarme del todo y sólo lo utilizo en lo necesario. Aún me hace falta mucho para dominar los vericuetos inalcanzables que encierran estos aparatos. 

Asimismo, Jorge Luis Borges, el insuperable escritor argentino y quien fue  víctima de una ceguera prematura que lo acosó durante media vida, decía que en sus momentos de creación artística le causaba un inmenso placer oír a su secretaria trabajar largas jornadas en su melodiosa máquina de escribir. Apuntaba que el golpe armonioso de las teclas se armonizaba con el silabeo de las palabras, y daba la impresión de que estos servían para identificar de qué término se trataba.  También, el connotado historiador e intelectual colombiano Germán Arciniegas, autor de unos ochenta libros en los que mezcla distintos géneros literarios, jamás se dejó influir por los novedosos adelantos del computador y cumplió casi cien años al lado de su envejecida máquina de escribir, y fue su postrera voluntad que después de su muerte nunca la separaran de su biblioteca.

Álvaro Mutis, el gran amigo de Gabito,  y quien huyéndole a la frivolidad del pueblo colombiano se residenció en México durante largos años, en diversas ocasiones alcanzó a manifestar que su prestigio de escritor obedece en gran parte a las virtudes de su diminuta máquina de escribir.  Y de esta manera, en los anales de la historia, son muchísimos los grandes exponentes de la humanidad que viviendo en plena época moderna no pudieron apartarse de la magia arrolladora de la máquina de escribir y se fueron a la tumba con el eterno recuerdo de estos generosos aparatos.

Yo, por mi parte, habiendo quemado y superado esta fértil etapa, siento nostalgia separarme de ella y, por el contrario, continúo disfrutándola al máximo, cuando la necesidad me lo exige.  Aún no he logrado amañarme totalmente frente a la, muchas veces  incómoda,  pantalla un computador.

 

Eddie José Daniels García

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Reflejos cotidianos
Eddie José Dániels García

Eddie José Daniels García, Talaigua, Bolívar. Licenciado en Español y Literatura, UPTC, Tunja, Docente del Simón Araújo, Sincelejo y Catedrático, ensayista e Investigador universitario. Cultiva y ejerce pedagogía en la poesía clásica española, la historia de Colombia y regional, la pureza del lenguaje; es columnista, prologuista, conferencista y habitual líder en debates y charlas didácticas sobre la Literatura en la prensa, revistas y encuentros literarios y culturales en toda la Costa del caribe colombiano. Los escritos de Dániels García llaman la atención por la abundancia de hechos y apuntes históricos, políticos y literarios que plantea, sin complejidades innecesarias en su lenguaje claro y didáctico bien reconocido por la crítica estilística costeña, por su esencialidad en la acción y en la descripción de una humanidad y ambiente que destaca la propia vida regional.

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