Sábado, 19 de ago de 2017
Valledupar, Colombia.

 

La aldea es silenciosa, largas las calles y las casas separadas por patios verdes y piedras grandes del color de la tierra. Se llama San Antonio de los ruidos. Los días pasan solitarios y sin discusiones, las estaciones inconstantes y  sin avisos.

Cuando llegaban las mariposas bicolores, al poco tiempo aparecían las flores, algunas negras otras azul triste. En algunos patios tenían flores lilas, muy suaves de aroma, y de pétalos débiles y luminosos. La señora Rosenda vivía en las últimas calles del pueblo, después del rio. Su casa estaba siempre cerrada, oscura y llena se sombras, unos árboles antiguos evitaban que el sol se asomara por muchos años a la casona indefinible. En el techo de la vieja guarida, siempre había pájaros flacos, negros con picos manchados de rojo, que hacían un ruido siempre desesperante cuando alguien se acercaba al lugar.

Solo cuando llovía, la señora Rosenda salía a la única tienda del pueblo. Era una casa enjuta, parda y oscura, donde compraba clavos y sal. Sus pasos antiguos, su vestido, sudoroso y ardiente, -Parece que estuviera quemándose-, decían. Pocas personas vieron su rostro, y su voz era siempre un secreto.

Rosenda no se dejaba saludar ni saludaba, al final solo la lluvia era mensaje de poder salir de su casa, siempre cerrada, misteriosa. Los muchachos que salían a celebrar las gotas celestes debajo de los tejados al principio querían acercarse, pero luego le huían como espantos. Pasaron muchos años que la lluvia ya no era felicidad, sino miedo. Un miedo ambulatorio, seco y contagioso. Un miedo hereditario y eterno.

Desde entonces los pocos habitantes del pueblo, se asomaban a las ventanas para verla pasar silenciosa, a veces sola, otras veces con unos perros flacos y altos con dientes filosos, que nunca aprendieron a ladrar. Siempre adquiría sal y clavos y siempre en mayor cantidad que la vez anterior.  Los niños preguntaban a sus padres por Rosenda y ellos decían que desde niños pasaba lo mismo. Todos los abuelos del pueblo y sus bisabuelos repetían la historia casi al dedillo, lo único que recuerdan es que hubo una época donde pasaron más de tres años sin llover y Rosenda (nadie sabía si realmente se llamaba así) salió a comprar lo de siempre con el ardiente sol de las dos de la tarde. El vestido oscuro dejaba gotas por la calle y de cada gota, instantes después salían animales que volaban  hasta  el techo de su casa, algunos eran como ratas egipcias o gatos ciegos del sur, o pájaros con alas de cristal que también corrían al refugio de la señora Rosenda por los mismos pasos que dejaba en arena. Ninguno había visto un animal vivo cerca del pueblo en muchos años, excepto los de Rosenda, y se había regado el cuento que, al atrapar alguno, el pueblo de inmediato se quemaba sin que nadie pudiera salvarse.

Desde entonces nadie lo intentaba, pero  desde sus ventanas podían verlos, algunos usaban cámaras para fotografiarlos pero en ninguna de las fotos se revelaban a pesar que todos podían verlos. Simón El viejo, tendero curtido, llevaba cientos de años detrás del mostrador, cuando aparecía la “Señora de la lluvia” le entregaba el pedido, guardaba los billetes y luego olvidaba donde los escondía, solo volvía a acordarse cuando ella retornaba en la siguiente lluvia, pero pasaba igual y así por generaciones y generaciones.

A pesar de que existía la prohibición natural de mirar la casa de Rosenda, algunos muchachos se asomaron desde lo alto y cada quien daba una descripción distinta de lo que veían en el patio. Por siglos estaba prohibido referirse a esa casa y quienes se atrevían a hacerlo, pasaban sus vidas tristes y sin dormir nunca una noche completa. Algunos jóvenes lo intentaron con resultados que erizaban.

Miguelito, jura haber visto elefantes muy flacos que bebían un líquido gris desde una pequeña laguna, donde había peces rojos y rayados.

Samuel solo distinguía tortugas negras que se revoloteaban solas y jugaban con hilos en sus patas, mientras Arnulfo definía haber visto unas aves sin plumas que reían entre unas jaulas grandes con puertas abiertas pero nunca intentaban escapar. La señora Rosenda pasaba por el patio en momentos indefinidos, a veces en un solo día podía pasar 12 veces y en ocasiones podía durar hasta 11 meses sin asomarse siquiera. Los muchachos después de algún tiempo de mirar la casona sentían que de sus bolsillos salían pájaros vivos que volaban sin rumbo y entre sus zapatos sentían enormes ciempiés torpes, pesados, quemantes y ruidosos. Un ruido ciego, dijeron. Por eso, convencían a sus otros compañeros, de no mirar el lugar porque después perderían el derecho a soñar.

En todos los techos el sonido de la lluvia era normal, sin importar el material de su construcción; pero donde Rosenda el sonido era seco, duro y los relámpagos entraban despacio por las ventanas que muchos sin querían podían agarrarlos de la cola, desde entonces, ahí reposaban eternamente.

Mientras Rosenda iba a buscar sal y clavos, los sonidos eran opacos, pero, al entrar de nuevo, estallaban truenos en todos los lugares y las piedras rugían como volcanes en formación.

Los jueves de agosto al mediodía, una brisa barría las calles y se llevaba las ollas y los platos de los patios vecinos, que sus dueños recogían semanas después por los lados del rio, siempre cubiertos de arena y grasientos, pero sin olor conocido. En agosto los habitantes amarraban los techos con alambres para evitar que la brisa arrastrara todo. En una ocasión el vendaval se llevó a una abuela que paseaba a tres nietos entre las sombras. Rosenda, le dijo a Simón El Viejo, que algún día de otro agosto regresaban. Fue la única vez que habló sin preguntarle nada. Cuando el tendero cuenta el suceso, siente hielo quebradizo entre los huesos y su cabello suda por cada poro como minúsculos en manantiales humanos.

Volver años después a la aldea, es un acto de constricción, de atrevimiento y de fe. Los arboles saludan con voces pesadas, pero firmes; las nubes pasan sin descanso pero lentas, el rio es una vieja culebra de tormentos. Simón El Viejo busca los billetes que nunca encuentra, y en su armario siempre hay sal y clavos que él nunca compra, siempre aparecen ahí sin saber cómo ni en qué cantidades.

Es agosto, entonces los solitarios habitantes esperan a la abuela y los nietos que deben regresar. La mañana es lluviosa, pero al mediodía, Rosenda de nuevo cruzará el pueblo y de sus huellas nacerán pajaritos por cada paso, que ahora vuelan muy cerca donde los niños leen nerviosos en sus casas, para descifrar cada página en un magro silencio. Cada pajarillo tiene un ojo de color distinto y cada uno vuela de forma diferente, en eso pasan la vida en San Antonio de los ruidos, mientras se aleja por siempre la lluvia.

 

Edgardo Mendoza Guerra 

Tiro de chorro
Edgardo Mendoza

Edgardo Mendoza Guerra es Guajiro-Vallenato. Locutor de radio, comunicador social y abogado. Escritor de cuentos y poesías, profesor universitario, autor del libro Crónicas Vallenatas y tiene en impresión "50 Tiros de Chorro y siguen vivos", una selección de sus columnas en distintos medios. Trata de ser buena gente. Soltero. Creador de Alejo, una caricatura que apenas nace. Optimista, sentimental, poco iglesiero. Conversador vinícola.

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