Jueves, 14 de dic de 2017
Valledupar, Colombia.

 

No hay cosas más frustrantes que la lentitud paquidérmica de una administración en cuanto a la toma de decisiones para resolver los problemas urgentes de la comunidad. Algunos mandatarios endiosados por el poder que les da la credencial, se estiran, bostezan, hacen roña para todo, como si ser portador de una credencial de mandatarios de un municipio les diera licencia para flojear en el mullido sillón donde acomodan sus pretenciosas posaderas de perezosos redomados.

Hay otros que, sin entender que el poder marea, sienten que han subido de estatus, y por el simple hecho de ser gobernantes, creen estar por encima del resto de ciudadanos de su comunidad. Parece que sintieran en sus cabezas la resplandeciente aura que, según el arte religioso, solo les asomaba a los escogidos. Tal vez embriagados de poder sientan el calor gratificante de la corona de laureles que adornaba las sienes de los emperadores romanos.

Estos alcaldes se han caracterizado por el trato displicente que les dan a las quejas de los ciudadanos, por la ríspida actitud con que atienden a las comunidades y, peor aún, por la animadversión mal disimulada contra quienes en el ejercicio democrático optaron por votar por otro candidato. En estas actitudes se nota la poca madurez política de esos gobernantes y el desconocimiento de lo que es la política, pues siguen pensando como candidatos y aspiran solo en complacer a sus mansas huestes electorales ya que en su ignorancia no se han dado cuenta que la campaña pasó hace año y medio y que ahora es el funcionario de todo el municipio y por tanto debe y tiene la obligación de atender a todos los ciudadanos hayan votado o no por él.

En esa actitud pueril de creerse todavía en campaña y de sentirse como candidato, asumen actitudes rayanas en la ridiculez, tal como desplegar la vigilancia de una pléyade de batracios que medran del presupuesto municipal, para que alimenten su ego y su deseo tiránico de chisme y entonces le dedica largo tiempo a escuchar todos los días a los mismos con las mismas, en charlas interminables donde sus áulicos despotrican de los contrarios y siembran cizaña y odios en la mente enferma del gobernante quien se apropia de esas habladurías y asume una actitud de retaliación contra quienes no le acompañaron en la política.

El burgomaestre, ocupado en estos menesteres y desconociendo sus funciones, se dedica a hacer turismo con los recursos municipales y viaja a cuanto foro hay en las grandes ciudades del país, ya que dichos certámenes están concebidos para satisfacer la necesidad de turismo de las capitales y para copar la cobertura hotelera de las mismas, y el alcalde regresa a su pueblo con las mismas falencias y lagunas con que llegó a la alcaldía, pues a los foros llegan regularmente abotagados de la resaca de la ingesta de whisky que en las noches realiza en compañía de esa casta escogida que asiste a dichos eventos a gozar de la vida con el dinero de las comunidades.

Mientras ocurre todos estos despropósitos, hay un descuido total sobre la gestión administrativa y sus municipios se caen en pedazos por la desidia del resto de funcionarios que ante la ausencia de la autoridad del burgomaestre andan con la cabuya arrastra imitando las actitudes de su referente cercano que turistea, hace roña, se alimenta de infundios y persigue a sus contradictores. Es por ello que los proyectos inscritos por la administración anterior están durmiendo el sueño de los justos en los anaqueles de los Institutos descentralizados y los ministerios en Bogotá sin tener dolientes que los mueva.

Esta actitud irresponsable contrasta con la diligencia y premura con la que dilapidan los recursos que entran a las arcas municipales, y encuentra uno que en los municipios de quinta y sexta categoría la administración municipal ha gastado fortunas en la sumatoria de la contratación de los famosos planes que tan de moda están y que en resumen son copia de la copiadera, pues éstos son calcados de otros municipios y donde lo único que ha realizado el contratista en contubernio con el alcalde es la de cambiarle el nombre del ente territorial. Es tal el descaro en esta práctica que si un ciudadano lee con detenimiento estos documentos encuentra que hay resguardos indígenas, oficina de tránsito, hospitales de segundo y tercer nivel, zona industrial y otras cosas inexistentes en el municipio contratante pero que, al contratista, al alcalde y a su equipo se les olvidó leerlo y dejaron el rastro del calco en el documento.

Hay municipios que por la abulia de sus alcaldes están para recoger con pala. Afortunadamente todos los alcaldes no son así.

 

Diógenes Armando Pino Ávila

@Tagoto  

Caletreando
Diógenes Armando Pino Ávila

Diógenes Armando Pino Ávila (San Miguel de las Palmas de Tamalameque, Colombia. 1953). Lic. Comercio y contaduría U. Mariana de Pasto convenio con Universidad San Buenaventura de Medellín. Especialista en Administración del Sistema escolar Universidad de Santander orgullosamente egresado de la Normal Piloto de Bolívar de Cartagena. Publicaciones: La Tambora, Universo mágico (folclor), Agua de tinaja (cuentos), Tamalameque Historia y leyenda (Historia, oralidad y tradición).

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