Martes, 22 de ago de 2017
Valledupar, Colombia.

Enrique Díaz, Rey Sabanero del Acordeón en Sincelejo / Foto: Gala Galeano

 

El libro “Sabanerología, Fundamentos de la música sabanera, Tomo I”,  de coautoría de Alfonso Hamburguer y Víctor Uribe, editado en 2016, me suscitó una gran expectativa, por la posibilidad de encontrar una disertación que, apoyada de manera transversal en varias disciplinas, permitiera no sólo conocer los orígenes y fundamentos de la música hecha en las sábanas y sus interacciones con las del resto de la región y el país, sino una especie de inventario cultural que procurara la reafirmación cultural en torno a los valores de esta subregión del caribe colombiano más allá de la respuesta en tono de piqueria, que de inmediato sugiere su título, al libro Vallenatología de Consuelo Araujonoguera y a los demás textos conexos a este.

Siendo claro y directo: el libro me decepcionó.

El libro es, básicamente, la exposición de una postura regionalista en reacción a otra y esto no conduce a nada. El regionalismo no es malo en esencia, pero esperaba fuera superado por un discurso que buscara no sólo la reivindicación de unos valores que se sintieron y se sienten atacados, degradados y menospreciados, sino la superación de los distanciamientos causados por la formulación intencionada y desinformada de un discurso que en base a la subjetividad apasionada y la exacerbación del etnocentrismo se ha convertido en hegemónico sin aportar la claridad conceptual necesaria para sustentar sus propios fundamentos. Este libro tampoco supo aportar esa claridad conceptual y, por tanto, no logró superar la subjetividad desbordada ni el etnocentrismo exacerbado sufrido por la mayoría de los textos publicados sobre vallenato, incluso desde antes del libro pionero de Araujonoguera y que han creado su historia y sus referentes.

El libro está lejos de  ser un vehículo para defender y divulgar los valores, costumbres y modos de expresión del sabanero, llegando a ser, a duras penas, una descripción del proceso de conformación de una Red de Sabaneros que busca defender el difuso concepto de la Sabanerología. Una descripción que, por lo general, resulta tediosa debido a la innecesaria y excesiva enumeración de nombres y oficios de los miembros de la red y sus constantes reuniones, así como de los elementos culinarios, etílicos y mobiliarios que las caracterizan, además de los continuos desencuentros y decepciones en el proceso muchas veces ingrato de gestión cultural llevado a cabo en los territorios de las sabanas del viejo Bolívar.

El libro tiene problemas de edición que se reflejan en errores de configuración de algunas páginas, mostrando parte del título de un capítulo al final de una y el complemento al inicio de la siguiente. Tienen muy pocas citas bibliográficas, llegando a considerar que faltan por lo menos unas 90 que permitan rastrear algunos textos o investigadores que referencian de manera somera e inadecuada, cosa que le resta rigor y credibilidad al texto y sus planteamientos, como en los casos en los que se habla de los “indios farotos” citados por Pacheco en La hamaca grande, o cuando se alude a periodistas sabaneros que, sin darse a conocer en otras latitudes, se trenzaron en duelo ideológico con “La Cacica” sin detallarse ni los periodistas ni sus textos o cuando se asegura que Aniceto Molina vende en el mundo mucho más que cualquier grupo vallenato, sin aportar estadísticas, y que la palabra acordeonero existe en el Diccionario de la Lengua Española, aprobado por la RAE, definida como: “Persona que arregla el acordeón” sin especificar la edición del diccionario donde aparece esa definición específica.

Un grave error de edición puntual se identifica en la página 15, donde se comenta que se ha escrito mucho sobre vallenato, sin citar los textos, 3 y 33 años después de la aparición de las obras: “En cofre de plata” y “Vallenatología”, lo que sitúa a la obra en el 2006, debiendo haberse escrito 13 y 43 años puesto que el libro aparece editado en 2016, así desde 10 años antes se haya redactado este fragmento del segundo capítulo.

En cuanto a su redacción, sufre de ser un texto repetitivo con párrafos inconexos, principalmente en los primeros tres capítulos, que dificultan el seguimiento del hilo argumentativo que se pierde con frecuencia por la inadecuada distribución de párrafos y los cambios de voz discursiva no marcada o marcada con poca claridad. El tono es informal, más cercano al de una conversación de café que a la exposición de unas tesis derivadas de una investigación sociocultural. En ocasiones se excede en el uso de expresiones coloquiales que son innecesarias y no terminan aportándole o  enriqueciendo de manera significativa al texto, sino lo contrario.

En el texto se asegura, de manera incorrecta, que el acordeón fue inventado por Buchman, quien realmente inventó la Mundarmonika, usurpándole, de paso, la paternidad de ésta a Demian. Se asegura, también erróneamente, que Carlos Martelo es de Guamal, Magdalena, siendo realmente de El Piñón y que éste creó el Paseaito, ritmo atribuido a Calixto Ochoa, en vez del Jalaito, ritmo por el cual se le da crédito al director de la famosa banda de Los Hermanos Martelo.

En lo argumentativo, el texto no pasa de ser una reacción al discurso hegemónico del vallenato, repitiendo las inconsistencias de este que han incomodado u ofendido a los sabaneros y centrando la defensa de estos, principalmente, en los planteamientos de Pacheco Anillo en varias de sus canciones, siendo la más famosa de estas La hamaca grande. No se presentan más argumentos y se comete el error de reducirse la musicalidad sabanera, que es polirrítmica, a la música de acordeón cultivada en esta región, a pesar de que con frecuencia se aluden varios otros formatos instrumentales, como los de Pitos y Tambores o los de las Bandas y Orquestas.

La descripción de los instrumentos es muy simple y no habla de su aparición en la región ni de su evolución, si es que la hubo. La descripción de los ritmos no es técnica ni desde el ámbito musicológico y, por tanto, las diferencias estilísticas entre los vallenatos y los sabaneros tampoco lo son y se limitan a ser “marcadas” aludiendo a la obra de un acordeonero de cada región o a la de algunos compositores, cometiendo el error de hablar de manera genérica de “narrativa vallenata” y “poética sabanera” sin definir ambos conceptos ni tener en cuenta que en ambas regiones se presentan obras que se pueden inscribir en los mismos géneros literarios.

El ser sabanero se asimila en el libro como ser nacido en los territorios pertenecientes a la antigua provincia de Cartagena, aunque casi siempre se excluye de esta denominación a los atlanticenses, que también hicieron parte de dicha provincia, en contraposición al ser vallenato que se asimila con ser nacido en los territorios pertenecientes a la antigua provincia de Santa Marta, cosa incorrecta, aunque a veces se limita esta denominación a los guajiros y cesarenses haciendo eco a la división arbitraria e injustificada hecha por Araujonoguera en su libro pionero.

La ubicación de la “tierra sabanera” es imprecisa, así como la descripción de los supuestos fundamentos de la música sabanera, la de sus ritmos, bailes e instrumentos típicos, al igual que la descripción de la idiosincrasia que caracterizaría a los pobladores de estas tierras que, sinceramente, no es muy diferente a la de la mayoría de los pobladores de las zonas rurales de la mayor parte de la costa caribe colombiana a ambos lados del río Magdalena, accidente geográfico que en ocasiones es tenido como barrera y en otras como puente entre dos regiones políticas que, en realidad, no son tan distintas culturalmente como se pretende hacer ver desde ambos lados.

El objetivo de definir para defender los conceptos fundamentales de la cultura y la música sabanera no fue cumplido a lo largo del libro y deja abierta, con sus fallas, la invitación a la revisión minuciosa del concepto de Sabanerología y sus implicaciones, así como de las formas adecuadas y eficaces para su formulación y sustentación formal y académica.

 

Luis Carlos Ramírez Lascarro

@luiskramirezl 

A tres tabacos
Luis Carlos Ramirez Lascarro

Luis Carlos Ramírez Lascarro nació el 29 de junio de 1984 en la población de Guamal, Magdalena, Colombia. Es técnico en Telecomunicaciones y tecnólogo en Electrónica. Estudia actualmente Ingeniería de Telecomunicaciones y trabaja para una empresa nacional de distribución de energía eléctrica. Finalista de la cuarta versión del concurso Tulio Bayer, Poesía Social sin Banderas, 2005, en cuya antología fue incluido con el poema: Anuncio. Finalista también del Concurso Internacional de Micro ficción “Garzón Céspedes” 2007. Su texto El Hombre, fue incluido en el libro “Polen para fecundar manantiales” de la colección Gaviotas de Azogue de la CIINOE, antología de los finalistas y ganadores de dicho concurso, editado en 2008. El poema Monólogo viendo a los ojos a un sin vergüenza, fue incluido en la antología “Con otra voz”, editado por Latin Heritage Foundation. Esta misma editorial incluyó sus escritos: Niche, Piropo y Oda al porro en la antología “Poemas Inolvidables”, de autores de diversos lugares a nivel mundial. Ambas ediciones del 2011. Incluido en la antología Tocando el viento del Taller Relata de creación literaria: La poesía es un viaje, 2012, con los poemas: Confidencia y guamal y con el texto de reflexión sobre poesía: Aproximación poética. Invitado a la séptima edición del Festival Internacional de Poesía: Luna de Locos de Pereira (2013) e incluido en la Antología nacional de Relata, 2013, con el poema: Amanecer.

Es autor del libro, publicado de manera independiente: El Guamalero: Textos de un Robavion y de los libros aún inéditos: Confidencia y Libro de sueños.

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