Viernes, 17 de nov de 2017
Valledupar, Colombia.

 

En 1975 cuando por fin vio la luz El otoño del patriarca, después de varios años de estar anunciándose su publicación, fue grande el desconcierto que sufrimos los lectores, sobre todo, aquellos admiradores que siempre nos habíamos identificado con la incomparable pluma de nuestro muy querido y famoso escritor caribeño. Y no era para menos, experimentar este ambiente de desilusión, pues todos los colombianos, y en general el mundo entero, esperábamos que esta última novela del futuro Premio Nobel constituyera un estruendoso impacto y que, como mínimo, fuera similar o superior a Cien años de soledad, que se había publicado ocho años antes.

Para sorpresa de los gabófilos, la obra no satisfizo las expectativas reinantes y muy pronto se hizo ostensible la decepción unánime y fue notorio el rechazo colectivo del cual surgieron muchos comentarios -en su gran mayoría desfavorables- y la reciente novela pasó a ocupar un puesto de tercera clase que la apartó para siempre de la simpatía del público y desde entonces la mantiene relegada en el desván el vastísimo mundo literario donde duermen su sueño de siglos muchas producciones que han pasado inadvertidas y engruesan los anaqueles de la mala literatura.

Ciertamente, desde su nacimiento, El otoño del patriarca es la obra menos leída, menos comentada, menos citada y tal vez la menos editada de toda la ingente producción de García Márquez. Por esta razón ocupa una posición inferior ante sus otras creaciones. Al contrario de lo que sucede con Cien años de soledad, Crónica de una muerte anunciada, El amor en los tiempos del cólera o El general en su laberinto, cuyas frases, citas y pasajes perviven en los labios del pueblo, El otoño del patriarca jamás ha influido en la sicología popular y raras son las personas que suelen evocar su contenido.

Es posible que la causa que más ha contribuido al fracaso de su trascendencia sea ‘la frase excesivamente larga’ empleada a lo largo de todo su discurso narrativo. Prácticamente cada uno de sus seis capítulos constituye una sola frase o más bien un solo párrafo de 35 páginas aproximadamente. Esto ha desorientado y con frecuencia irritado a muchos de sus lectores que se han visto sumergidos en una especie de laberinto verbal, al no encontrar las pausas o puntos de descanso en los cuales el período se cierra o la acción se interrumpe. Y a pesar de que el inicio de la obra es un poco impactante, la narración se torna pesada, monótona y fastidiosa a medida que avanzamos, y ante la imposibilidad de conseguir un asidero, terminamos aborreciendo la lectura.

Siempre me ha asaltado la inquietud de saber cuál fue la intención de García Márquez cuando se evadió de la realidad, se sumergió en su mundo fantástico y escogió esta forma narrativa para escribir El otoño del patriarca. Aunque, en ese tiempo, la frase larga estaba de moda en la narrativa contemporánea, y una de sus características era convertir el relato en un discurso continuo, modificando la estructura de la frase tradicional, los amantes de la literatura sabemos que, precisamente, la finalidad esencial del arte literario es producir un deleite emocional que conmueva profundamente la sensibilidad del lector. Basta decir que el artista crea su obra, no para él, sino para el público, que es el encargado de apreciar y valorar el genio de la creatividad. Sin embargo, en El otoño del patriarca se opera el fenómeno contrario: muchas son las personas que me han comentado que ni siquiera han sido capaces de leer las dos primeras páginas porque se han fastidiado con su verborragia interminable. Creo, que el afán perfeccionista y el deseo de experimentar una nueva forma elocutiva, diferente a la utilizada en todas las obras de su extenso mundo macondiano,  impulsaron a García Márquez a estructurar su obra con este procedimiento narrativo, que ha sido la catástrofe dentro de su larga y enjundiosa vida de escritor.

Y refiriéndome  a su contenido, sabemos que el tema del dictador o del tirano siempre estuvo y ha estado de moda en todos los países. En el siglo XIX lo trataron singularmente José Mármol en Amalia y Esteban Echeverría en el Matadero. En España lo inmortalizó Ramón del Valle Inclán con Tirano Banderas y en Guatemala Miguel Angel Asturias con El señor presidente. En América Latina se escribieron, en aquellos años, varias novelas al respecto. Todos los astros de nuestra narrativa contemporánea, como Alejo Carpentier, Augusto Roa Bastos, Rómulo Gallegos, Mario Vargas Llosa y Carlos Fuentes publicaron una o varias novelas sobre su dictador preferido. Estas obras han alcanzado la fama y la trascendencia propia de la creación literaria.

En cambio, El otoño del patriarca, considerada por algunos críticos como una obra magistralmente concebida y escrita, no ha vivido los aplausos de su público contemporáneo y, por el contrario, más de cuarenta  años después de su publicación, está totalmente olvidada del Parnaso Literario y, también, está ausente de la memoria de todos aquellos compatriotas que gozamos plenamente con la producción garciamarquiana.

 

Eddie José Daniels García 

 

Reflejos cotidianos
Eddie José Dániels García

Eddie José Daniels García, Talaigua, Bolívar. Licenciado en Español y Literatura, UPTC, Tunja, Docente del Simón Araújo, Sincelejo y Catedrático, ensayista e Investigador universitario. Cultiva y ejerce pedagogía en la poesía clásica española, la historia de Colombia y regional, la pureza del lenguaje; es columnista, prologuista, conferencista y habitual líder en debates y charlas didácticas sobre la Literatura en la prensa, revistas y encuentros literarios y culturales en toda la Costa del caribe colombiano. Los escritos de Dániels García llaman la atención por la abundancia de hechos y apuntes históricos, políticos y literarios que plantea, sin complejidades innecesarias en su lenguaje claro y didáctico bien reconocido por la crítica estilística costeña, por su esencialidad en la acción y en la descripción de una humanidad y ambiente que destaca la propia vida regional.

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