Lunes, 23 de oct de 2017
Valledupar, Colombia.

Armando Uhía en plena parrandaHace mucho tiempo que quería escribir sobre este personaje que tuve el honor de conocer. Sin embargo, por falta de información, no me había decidido a hacerlo.

Reconozco que es un reto para mí, porque muchos de sus amigos de parranda están vivitos y coleando. Además, sus hijos, sobrinos y demás familiares, estarían prestos a corregirme, si mintiera o cambiara la veracidad de sus anécdotas.

Fue quizás el vallenato que mas parrandeó en su vida. Por su casa pasaron muchas personalidades, como también gente humilde, que para él significaban una sola cosa: eran sus amigos.

Era feliz mostrando la comida que tenía guardada en la nevera para preparar los animales vivos en el patio que algún compadre o amigo le habían enviado. Siempre orgulloso, se regocijaba diciendo quién se los había regalado. Además, calculaba los días que podía beber y complacer a sus amistades con las provisiones que tenia.

Son tantas las anécdotas de Armando Uhía Morón. Ese corpulento hombre que parecía incansable se levantaba cada día con el entusiasmo de ver nuevos amigos en su casa. Si unos se dormían o se emborrachaban, otros tomaban su sitio y, de esta manera, la parranda siempre seguía viva.

Los contertulios de un día eran diferentes a los del día siguiente. Armando podía comenzar una charla en la sala y terminarla en el baño mientras se duchaba. Cuando la discusión se calentaba, el hombre salía desnudo, semejante a un colosal buda enjabonado,  para continuar con la discusión en medio de los presentes.

En una ocasión se presentó a su hermana María Uhía, indignado y completamente mojado. Ella se sorprendió verlo así y le preguntó qué le había sucedido. Él le respondió que un hombre en los jardines de la gobernación lo había mojado con una manguera, pero no sabía quién era porque el hombre se escondía. Su hermana soltó la carcajada y le dijo apenas sosteniendo la risa:

––ve mando, ése no es ningún hombre, son los surtidores automáticos para regar el jardín.

Sin lugar a dudas, Armando Uhía fue un hombre singular y muy querido en Valledupar. En el corregimiento Los Corazones, su compadre Romelito Diaz iluminaba su fotografía con velas, como si se tratara de un santo.

Su vida sentimental estuvo ligada con varias mujeres. Tal vez la más importante fue Ana Cecilia Decaro (chila), su esposa, la conoció en La Jagua, cuando laboraba como maestra de escuela.

Un día, Armando se presentó en la casa de Fela Morón, donde Cecilia vivía y le dijo: “Quiero casarme contigo y que sea ya”. Ella contestó: “¿Cómo? Si aquí no hay cura”. “Aquí no, pero en La paz si”, contestó él. “En qué nos vamos”, preguntó Cecilia. “¿En qué ando yo?”, fue la repuesta de armando. “En un caballo”, le dijo ella. “Aquí cabemos los dos”. Se montaron, picaron espuelas y fueron a parar a la iglesia de La Paz. De esta unión nacieron nueve hijos.

Como todo parrandero, Armando era un gran romántico, pero Cupido le tendió una trampa en la cual cayó redondito. En una de sus andanzas conoció a una mujer que marcaria su vida para siempre. Su querida negra: Nelfida Pérez. Con ella tuvo seis hijos.

Mientras que Chila, por su educación, detestaba el bullicio y la rochela de gente en su casa, la negra por el contrario le celebraba todas sus gracias. Preparaba los grandes sancochos y atendía a sus amigos. Así que como un buen descendiente de los Buendía, una noche durmió donde la negra y no regresó más a la casa de su esposa.

Con la ayuda de sus amigos carpinteros: Alejandro Rodríguez, el Macaro y Arcalá, Armando construyó una casa de tabla para su negra, llamada “El Tablón”. Para esa época se desató una epidemia de gripa fuerte, que afectó a casi todos los habitantes de la ciudad y, como las epidemias suelen tomar el nombre de algo a la moda, entonces los vallenatos la llamaron El Tablón, para burlarse de la casa de la negra.

En esos días, Armando venía de los alrededores del balneario “la ceiba”, donde había preparado varias botellas de ron caña con limón. Al pasar en frente del consultorio del doctor maya, éste le gritó: “Armando, veo que usted, el Macaro y Arcalá, son los únicos que no han sido afectados por El Tablón. A lo que Armando respondió: “Doctor Maya, para El Tablón, ron caña con limón”,  y a continuación se tomaron el ron.

No murió picao de culebra por andar robando gallinas, como se lo pronosticó el cantante Poncho Zuleta. Murió de tristeza, de nostalgia o tal vez de amor. La negra, la mujer que le brindó tanta alegría, que se ponía de acuerdo con sus amigos para hacerle travesuras,  murió cuatro meses antes, víctima de un paro cardiaco fulminante.

A partir de entonces, desapareció la risa en su rostro. Se enflaqueció y el  veinte de julio de 1997 cerró los ojos para siempre por causa de una trombosis.

ARNOLDO MESTRE ARZUAGA

 

Finalista del Primer Premio de Crónica Ciudad Valledupar 2012: “No murió picao´ de culebra” resultó finalista del Primer premio de crónica ciudad Valledupar 2012. Su autor, Arnoldo Mestre Arzuaga, nació en Valledupar. Es abogado y ganadero, y ha publicado varios libros entre los que cabe destacar “El hombre de las cachacas” (2006) y “Gracias Cupertino” (2010).

La narrativa de Nondo
Arnoldo Mestre Arzuaga

Arnoldo Mestre Arzuaga (Valledupar) es un abogado apasionado por la agricultura y la ganadería, pero también y sobre todo, un contador de historias que reflejan las costumbres, las tradiciones y los sucesos que muchos han olvidado y que otros ni siquiera conocieron. Ha publicado varias obras entre las que destacamos “Cuentos y Leyendas de mi valle”, “El hombre de las cachacas”, “El sastre innovador” y “Gracias a Cupertino”.

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