Martes, 23 de ene de 2018
Valledupar, Colombia.

“Nada influencia tanto los valores
y costumbres de la gente
como la música”

(Shu Ching, siglo VI A.C.).

La música influye definitivamente en la cultura, ha estado presente en la historia de la humanidad desde sus inicios, se aprecia en las tradiciones de los pueblos, en sus eventos como participante o como protagonista, y hasta como icono representando una causa, un país o una persona.

Son conocidos por muchos los numerosos cuestionamientos y respectivos estudios que se han realizado acerca de si la música moderna tiene algún factor influyente en la conducta de los jóvenes, que son el grupo poblacional que más la escucha. Por supuesto, la opinión en cuanto a este tópico está polarizada. Mientras un grupo afirma que la música sí determina el comportamiento juvenil, otros argumentan que ésta sólo afecta a los adolescentes si no tienen definida su personalidad en bases sólidas y es fácilmente manipulable, y el otro grupo sustenta que la música es sólo una expresión cultural y que no tiene ningún tipo de influencia en los jóvenes.

Para analizar este tema hay que mencionar algunos datos relevantes: según el Centro de Investigaciones Sociológicas y Eurostat (El País, 11.3.2000), el 78% de los jóvenes ente 18 y 24 años escuchan música todos o casi todos los días. En una amplia encuesta realizada a jóvenes entre 14 y 16 años, éstos escuchan música un promedio de 40 horas a la semana. Ahora bien, hay que anotar también que los jóvenes escuchan música todo el día, desde que se levantan hasta que se acuestan, cuando van en transporte, cuando esperan, en clases, en el tiempo libre, como música de fondo, incluso cuando duermen. Entonces no cabe duda de que la música tiene algún factor influyente en el joven.

La música se compone de ondas, éstas llegan al cerebro del oyente; se afirma, pues, que es un estimulante, como todo estímulo provoca respuestas, que son el resultado de la interacción entre el individuo y el entorno. Aquí entra a jugar el conductismo; su máximo exponente, Watson, considera que el conocimiento es una copia de la realidad y que el hombre es una tabla en blanco donde se imprimen los datos de la realidad. Se confirma ya que en el período de la infancia y juventud se forma el sistema de valores en el ser humano. Al escuchar determinada música el joven va adquiriendo como propios ciertos valores, opiniones y creencias en cuanto al bien, el mal, la moral.

Por su parte, y siguiendo en la misma línea, Bandura y Walters sostienen que el hombre sigue un modelo de aprendizaje imitativo, que tiene una base mediacional. El joven busca en la música su identidad y autonomía, siguiendo los ídolos musicales y reforzándose en sus homólogos, genera grupos de pertenencia, produce alienación. Y ahora se tocan temas que antes no, como el sexo, las drogas, el alcoholismo, la prostitución, el satanismo y de una manera permisiva, por tanto el adolescente imitará la conducta en cuanto a estos tópicos guiándose por las letras de sus canciones preferidas.

La música, así, se puede enmarcar dentro de un proceso cognoscitivo en el individuo, implica criterios ideológicos y psicológicos; la sociedad genera la música como su producto cultural, vende un mensaje y se vale de la significación inconsciente de palabras, actos y pensamientos (mencionada por Sigmund Freud), para afectar al joven en su conducta y que éste siga comprando su música. En este punto, es factible afirmar que la música tiene un gran impacto en lo más profundo del individuo y que valiéndose de la ruta que siguen los caracteres adquiridos para llegar a ser propios y considerados verdaderos, modifican la conducta del joven que se encuentra en una etapa muy susceptible, pues está formando su identidad.

 

Andrea Carolina Uribe Ávila

 

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