Lunes, 23 de oct de 2017
Valledupar, Colombia.

Antonio García Ángel / Foto: Johari Gautier

 

Historia y Ficción. Dos conceptos enormes, con sus propias leyes (a veces inabarcables). Y en medio, en una zona gris, la novela histórica, un género híbrido que tuvo sus tiempos de oro en este inicio del siglo XXI y que, por apresuramiento o comodidad, tiende a definirse como un simple relato de un hecho histórico.

¿Qué es la novela histórica? La pregunta puede ser engañosa. Es preciso ir con cautela, ponerse los guantes, y escoger el bisturí adecuado para este tipo de disecciones. El escritor Antonio García Ángel ya es un experimentado. En el taller Relata, que alberga la Biblioteca departamental de Cesar (Colombia), nos hace entrar en razón. Con su conferencia (que también sirve de radiografía), nos abre los ojos sobre un mundo lleno de contradicciones y matices, un universo donde coexisten términos que se rechazan y muchas veces terminan desafiándose.

Por un lado está la Historia, una materia precisa, que tiende a la objetividad, que se impone como una verdad absoluta (negarla o tergiversarla puede ser un crimen), y que adula las cifras. Cuánto más números, mejor. Y por otro está la ficción: un arte que ensalza la palabra, que indaga en los momentos privados, en el silencio, en verdades ocultas, diálogos improbables, situaciones que no existieron o que simplemente no fueron reveladas antes. Lo que prima aquí es la emoción, el sentimiento y pensamiento de los personajes, una cierta complicidad con el lector, y la habilidad del escritor para hacer “magia”.   

Ambos conceptos chocan, se enfrentan. Son polos opuestos, y sin embargo coexisten con tanta naturalidad y frescura en el género de la “novela histórica” que sorprende muchas veces leerlos y disfrutarlos sin saber dónde empieza una cosa y dónde termina la otra, como si usaran el mismo lenguaje o la misma ropa, y se pusieran de acuerdo para romper todos los cimientos conocidos.

En esta tarea altamente riesgosa de disección (o vivisección), Antonio García recurre a pesos pesados de la literatura y del periodismo. Cita a William Dietrich, reconocido autor de novelas históricas y premio Pulitzer 1990, para entender la dualidad que habita el género que nos reúne.

“Una novela histórica podría ser un acuerdo, quizás siempre violado, entre una verdad que estaría del lado de la historia y mentira que estaría del lado de la ficción”, explica. Y luego aclara: “Es decir hay una cierta antagonía entre los dos. Hay verdad a un lado y mentira en otro”. 

Entender la novela histórica como un acuerdo implica ciertas realidades. Aquí la ficción puede ser vista como un complemento que viene a embellecer la trama con todo tipo de invenciones u ocurrencias sacadas de la imaginación del autor. El efecto final de la novela, es decir su perfección estética e impacto en el lector, depende de la capacidad de cumplir con la exigencia, incluso ética, de ser verosímil.

Verdad y mentira pueden ser elementos que trabajan en la misma dirección si comparten el mismo objetivo. En ese caso, la mentira hace más rica la verdad o más densa. “A veces –explica Antonio García–, ciertos componentes de ficción pueden hacer más fuerte, o reforzar, la verdad”. La ficción aporta la emotividad, la intensidad y el ritmo, mientras que la historia provee el marco histórico en el que se pasean gran parte de los elementos narrativos.

“Cuando se habla de la novela histórica, se puede hablar de espacializar el tiempo”, argumenta Antonio García. La espacialización –otro término “médico” que aflora en esta disección- nos obliga a reflexionar sobre la función de la escritura, su facultad para ordenar las imágenes, situarlas en un marco claro, y darles un horizonte o perspectiva.

La novela histórica toma un tiempo concluido y le da una organización en un espacio pertinente. Es una ilusión -el fruto de la pericia de un autor, un malabarismo entre dos discursos (la historia y la ficción)- que busca crear un objeto conocible e identificable. Se trata de hacer que el pasado tome una forma más asequible, más entendible, en una época totalmente diferente.    

La espacialización consiste en darle una cara a las estadísticas, crear personajes y resaltar los conflictos que existen entorno a un suceso histórico. “Cuando la historia presenta la creación de una calle y datos generales, la ficción permite que un personaje transite por esa calle, y nos muestra a qué olía, o la dificultad de caminar por la acera izquierda, o el sentimiento que producía”, explica Antonio García.

Otro ejemplo elocuente: Simón Bolívar renuncia el 8 de mayo de 1830 a la presidencia de la Gran Colombia. Así lo recoge la historia, como un acto de claudicación o resignación. Es el resultado de un sinfín de inestabilidades y atentados, procesos que pueden ilustrarse con cifras y fechas. Sin embargo, el Simón Bolívar de ese periodo de la historia, aparece de otro modo en la obra “El general en su laberinto” de García Márquez. En ella nos cuenta Gabo que su mayordomo lo encontró esa mañana de ese día “flotando en las aguas depurativas de la bañera, desnudo y con los ojos abiertos, y creyó que se había ahogado. Sabía que era uno de sus muchos modos de meditar, pero el estado de éxtasis en que yacía a la deriva parecía de alguien que ya no era de este mundo”.

Tras este examen profundo, Antonio García se quita los guantes, se detiene unos segundos, y como buen médico, recuerda los dos pilares de la novela histórica: por un lado está la historia que estructura los acontecimientos y, luego, la ficción que se sirve de los acontecimientos y personajes para ponerlos en escena. Luego, mirando la audiencia (todavía asimilando los pormenores de la disección), pregunta en voz alta: “Entonces, ¿Cuál es la novela histórica que vale?

De antemano descarta la novela que sólo tiene como finalidad hacer un cubrimiento edulcorado (o recreativo) de la historia. Estas novelas sólo buscan simplificar la lectura de los acontecimientos, limando las dualidades y asperezas, aclarando las incertidumbres y creando al mismo tiempo una suerte de caricatura que no cuestiona nada, sino que hace todo lo contrario: viene a justificar algunas situaciones o escenificar lo que ya sabíamos.

La buena ficción bebe de otras aguas. Según Antonio García, “la novela histórica que vale es la que viene a contar de otro modo, trasciende los epítetos del bien y del mal, busca los claroscuros”. Este tipo de novela no puede limitarse a escenificar o justificar a los personajes o acontecimientos, sino ir mucho más allá: entenderlos, darles una nueva lectura introduciendo nuevos datos o estudios, nuevas voces o contextualizaciones.

La anamnesis (literaria) –es decir la evocación del pasado para descubrir los elementos reprimidos de una época anterior–, puede representar esa forma de novela histórica que entra en esos parámetros de “nueva lectura” ya que aquí se concibe la historia como una problemática, generando preguntas en nuestro presente. Esta metodología implica recurrir a la memoria, buscar documentos o testimonios no registrados, para trascender el modo en que se escribe.

En la camilla, la novela histórica sigue abierta de par en par para los estudiantes, expuesta a los comentarios y reflexiones. Antonio García se frota las manos. La operación le salió bien. Mira el público: ¿Hay alguna pregunta?  

 

La disección en su laberinto

Discutir sobre la novela histórica –su conceptualización y objetivo– con el escritor Antonio García Ángel fue una sorpresa de aquellas que sólo se conciben en el taller de Relata de Valledupar.

Invitado a compartir un par de días en la capital del Vallenato, el autor de “Animales domésticos” y “Declive”, se instaló desde muy temprano en la sala del segundo piso en la Biblioteca departamental a la espera de los alumnos. La espera fue larga, tan larga que el escritor pudo sentarse y hablar sobre una buena serie de temas diversos con el director del taller, Luis Alberto Murgas, y algunos otros alumnos puntuales.

Así son las madrugadas de un sábado en estos lares. Antonio García pareció entenderlo y, de hecho, instalado cómodamente sobre su silla, mirando al horizonte, los pies descalzos sobre las chanclas de cuero, la camisa rosada, el hombre estaba en sintonía. El recuerdo de la noche anterior en el bar Tlön, compartido vagamente con los presentes, confirmaba esa idea de viaje exótico-literario por la geografía de Colombia.

El tema histórico entró de manera inesperada, poco antes de empezar el taller. Por lo visto, Antonio Ángel tenía contemplado otra “disección”, la de algunos temas trabajados anteriormente con los asistentes (como la evolución del cuento). La presencia de un computador y una selección de relatos corregidos eran la mejor prueba de esa intención. Sin embargo, los comentarios de un tipo inquieto, algo obsesionado con la novela histórica, hicieron que el taller tomara otra ruta.

Antonio García es un hombre de terreno, un perfecto mochilero literario. Con toda la naturalidad propuso leer una de sus conferencias que tenía en su computador, y sin más complicaciones –¿Por qué iba a haberlas?-, Luis Alberto Murgas accedió. A partir de aquí todo fue mucho más serio.

 

Johari Gautier Carmona

@JohariGautier

 

 

Artículos relacionados

Julio Ramón Ribeyro: una vocación de sangre, sudor y humo
Julio Ramón Ribeyro: una vocación de sangre, sudor y humo
En medio del fervor patrio por la reincorporación de la heroica ciudad de Tacna...
Corraleja
Corraleja
Esta si es la fiesta buena… (Rubén Darío salcedo) Hacía poco más de un año que...
Kazuo Ishiguro, premio nobel 2017: un regreso a la normalidad en Noruega
Kazuo Ishiguro, premio nobel 2017: un regreso a la normalidad en Noruega
  Tras la elección de Bob Dylan como premio Nobel 2016 y las polémicas nacidas...
Las inquietudes y ventajas de los pequeños editores
Las inquietudes y ventajas de los pequeños editores
En una serie de conferencias realizadas por el Ministerio de Cultura, figuras de la...
Macondo: perfil de Gabo
Macondo: perfil de Gabo
Gabriel García Márquez era niño cuando su abuelo lo llevó a la plaza de mercado...
.::Cumbia, Salsa, Salsa Choke, Bachata, Merengue - en 7 minutos::.
.::¿Cómo hacer arroz con coco colombiano?::.