Sábado, 21 de oct de 2017
Valledupar, Colombia.

Harold Alvarado TenorioUna vez oí decir a Harold Alvarado Tenorio que las corridas de toros eran un espectáculo terrible, que era horrible ver cómo se festejaban la tortura y la muerte. Luego de un silencio, agregó: “pero hay momentos maravillosos.

Una vez tuve una epifanía en una plaza de toros y, en un pase del torero, me pareció ver a un ángel”. Creo que podemos extraer de aquí una de las claves de la poesía de Alvarado Tenorio, una poesía que muestra –sin decirnos— que la vida es un pasaje terrible y al mismo tiempo la única posibilidad de la dicha.

De esa visión surge la cualidad proverbial y epigramática de muchos de sus poemas; que se sitúan en el resbaloso límite entre la sabiduría, la contradicción y la tautología. Aquí la poesía no es un mero accidente, sino más bien el único recurso expresivo para la percepción de la realidad.

Por eso el credo poético de Alvarado Tenorio oscila entre el consuelo y la necesidad, en esa delgada franja que habitamos entre el todo y la nada: “Para ti, madre del dolor, sólo hay gloria y pesar, / el mediodía no está escrito en tus agendas”.

Pero también la poesía es “la más larga y gozosa de las noches”. Otra variante de esta incierta fe es la que ve en la poesía, no el último refugio de la vida, sino el único sitio de la misma: “La patria es el habla que heredaste/ y las pobres historias que conserva”. Porque la vida queda reducida a la visión poética o, mejor, no es otra cosa: “No había realidad/ y si la hubo/ resultó también quimera”. La poesía es, como el recuerdo, el único registro de la vida; es todo y nada: “Nuestro pasado vale tres cuartos. / Vale nada”.

Esta oscilación otorga a la poesía de Alvarado Tenorio una tensión entre la desesperanza absoluta y el goce sensual. Es así como en una de sus escenas, mientras siente la llegada inminente de la guerra, el yo poético le dice a alguien, a cualquiera: “Ven a mí, mírame a los ojos”. Ojos que permiten una comunión transitoria, a la vez que son los túneles que nos mantienen separados, como cuando “después de los goces del cuerpo, / cada presencia mira por su ojo”.

La tensión surge además de un vaivén entre dos puntos de vista. El primero se manifiesta en el uso de las primeras tres personas pronominales y revela una percepción cercana, que va desde la intimidad de la vivencia personal hasta el testimonio de la experiencia ajena. El segundo corresponde a la visión abstracta de la historia, en la que los seres humanos son si acaso meros personajes y sus vidas son intercambiables, meros acontecimientos de la materia.

A veces las dos perspectivas se entrecruzan en un mismo poema, como en el que relata la muerte de Francisco Garnica, donde asistimos al recuento de la detención y tortura de un hombre, para luego ver cómo “un cadáver fue escupido/ por dos descargas de pistola”. El acontecimiento terrible, personal, también es un suceso más en la historia y el olvido de los hombres. Otras veces la voz poética habla en primera persona, en la situación de un personaje (como el poeta Taliesin o Sigurd el cruzado) o en la del propio poeta, pero el efecto general sigue siendo el de la ambigüedad que pone los eventos humanos simultáneamente cerca y lejos: aquí, en la inmediatez de la experiencia, y allá, en el polvo de los siglos. ¿Cuál de las dos perspectivas es la verdadera? La mirada poética parece responder: ambas, o ninguna. Porque mientras vivimos todo importa, pero al final nada importa. “Gran vida que das y todo quitas. / Ni siquiera el recuerdo quedará en nuestros huesos”.

Esta visión paradojal expresa lo que Albert Camus llamaba, en El mito de Sísifo, la experiencia sicológica de la nada: “nuestra propia nada adquiere verdaderamente su sentido cuando se considera lo que sucederá dentro de dos mil años”. Se trata del punto de partida de mucha filosofía, pero también del punto de llegada de muy poca. Para seguir con los términos en que Camus plantea el asunto, la tendencia natural del hombre ante el reconocimiento del absurdo consiste en negar alguno de sus términos. Pero la evidencia mundana, que es lo único que tenemos, nos muestra lo ilusorio de tal negación. De tal modo que no queda más que, como en la poesía de Alvarado Tenorio, permanecer fieles a la evidencia, en medio del sinsentido, aferrados a la efímera conciencia que constituye nuestra vida y nos da en dosis desiguales la lucidez de lo banal, de lo serio, la ironía y la premonición del desastre.

De los gozos del cuerpo (Manizales, 2012), es una antología de la poesía de Alvarado Tenorio. Sería ocioso hacer aquí una presentación de la vida y obra de su autor, puesto que él es, al mismo tiempo, una de las personalidades más reconocidas y obliteradas de la literatura colombiana. A este respecto quisiera hilvanar tres anécdotas.

En una de sus novelas Milán Kundera comienza recordando un episodio de la historia checa: en un discurso celebratorio del triunfo de la revolución comunista, el líder que parlotea bajo la nieve ha recibido de un amigo que está a su lado el favor de un gorro de invierno. En la fotografía oficial aparecían ambos: el orador y el amigo generoso. Años después, este último fue degradado como traidor del régimen y entonces en todas las copias de la fotografía su presencia fue borrada. Sólo quedó su gorro en la cabeza del líder.

Según cuenta Eduardo Arroyo, cuando Boris Pasternak recibió el premio Nobel de literatura, en la prensa española –franquista, desde luego— se vieron de todos modos en la obligación de publicar una nota con foto. La fotografía que tenían mostraba a Pasternak más o menos abatido por la certeza de que no podría salir del territorio comunista a recibir el premio y, detrás, se veía una nevera. Pues la prensa franquista retocó la foto, para borrar la nevera.

Finalmente, en una historia de la poesía colombiana publicada hace años por una reconocida casa editorial bogotana, aparecía una breve mención de Alvarado Tenorio. En la segunda edición de la misma obra, publicada recientemente por la misma casa, la nota había desaparecido. Borren la nevera, dejen el gorro.

Consuelo Triviño decía, a propósito de la poesía de Alvarado Tenorio, que “todo ocurre en el cuerpo y allí acaba”. Pero en la metafísica de Alvarado, como se ve en la presente selección, en realidad lo que ocurre es que el cuerpo es el único lugar, no hay más posibilidades, es todo lo que tenemos o, mejor, lo que somos. Sólo alcanzamos a escapar de esta pesadilla solipsista, por momentos, a través de la esquiva palabra precisa o el roce de otro cuerpo.

PABLO R. ARANGO

Maestro en Filosofía de la Universidad de Caldas

Acerca del autor de “De los gozos del cuerpo” Harold Alvarado Tenorio (Buga, 1945) se doctoró en filosofía y letras en la Universidad Complutense de Madrid. Profesor Titular de las literaturas de América Latina en la Universidad Nacional de Colombia y Director del Departamento de Español de Marymount Manhattan College de New York, trabajó para la Editorial China Hoy, donde tradujo más de un centenar de poetas, reunidos en Poemas Chinos de Amor [1992]. Director de la revista de poesía Arquitrave, fue editor de la Página 8 Cultura de La Prensa de Bogotá. Traducido al alemán, árabe, chino, francés, griego, inglés, italiano, portugués y rumano ha sido incluido en repertorios como Antología crítica de la poesía colombiana, de Andrés Holguín, (Bogotá, 1974), Antología de poesía latinoamericana, del Grupo Latinoamericano y Caribe, (Beijing, 1993), 100 Autores colombianos del siglo XX, de J.G. Cobo Borda, R.H. Moreno Durán, S. Gamboa y D. Saldívar, (Madrid, 2006), Revista Nacional de Cultura, número antológico 1938-2006, (Caracas, 2006), La hora sagrada, XIII encuentro de poetas iberoamericanos, de A.P. Alencart (Salamanca, 2010), Poesía colombiana, antología 1931-2011, de Fabio Jurado Valencia (Bogotá, 2011) y Um país que sonha, cem anos de poesía colombiana, de Lauren Mendinueta, traducciones de Nuno Júdice, (Lisboa, 2012).

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