Domingo, 21 de ene de 2018
Valledupar, Colombia.

 

Ahí está Adán picando el acordeón con los ojos cerrados. Dios, que ahora es un pájaro que bebe Old Parr, suelta un grito de arena: “¡Juepaaa, compadre!”. Luego aparece Rana Méndez recitando La diosa coronada, hay que verla: sus ojos destilan una poesía recién florecida, sus piernas ocultan el baile de las piedras biches y sus senos tienen los colores de la Sierra Nevada. Claro, Pedro Olivella Solano traza su universo literario con un tono mágico, delirante. Él es (o tal vez fue) una brisa ebria que engendra trampas bíblicas y héroes cotidianos.

La revista Exilio, que es dirigida por Hernán Vargas Carreño, acaba de sacar al ruedo una antología poética de Olivella Solano que se titula (genuinamente) Ebria alegría del canto. El libro reúne los versos de ocho libros, entre los que se destacan: Signo de pez (2015), La abuela Tupe (2003), Soles de juglaría (2002) y Apocalipsis rural (1998). Allí Pedro sale a cantar desnudo, exhibe un surrealismo que no deja el raciocinio a un lado, un revolver que se llama Tío Conejo y un ahogado que resucita a cada instante.

Ebria alegría del canto es el himno vagabundo de un poeta local, una visión fantástica de un paisaje provinciano: Valledupar y San Diego. Sin embargo, no deja de ser una obra que tiene cierto contenido universal. En sus páginas se puede oler la sangre de Abel sobre la tierra, la agonía de un dios que se suicida y las sombras desnudas que hacen el amor en las pesadillas de Borges. Pedro delinea sus versos en forma de sonetos, versículos y epígrafes. Busca reconciliarse con Gabriel García Márquez a través de la poesía y los abrazos del viento ciego, así se aleja de la prosa beligerante que pelea contra el dinosaurio:

“La mano que construía el mundo dijo:

—Hay que atrapar a ese pájaro.

La voz le respondió:

—No hay jaula para el ave del viento.

Entonces nació el acordeón”.

Olivella Solano nació en San Diego, Cesar, en 1967. Estudió abogacía en la Universidad de Cartagena, en donde conoció a Raúl Gomez Jattin, el juglar del Valle del Sinú. Tiene varias especialidades: derecho público, administrativo, contencioso administrativo, probatorio y laboral. En este momento, trabaja como magistrado del Tribunal Contencioso Administrativo de Córdoba. Fue miembro fundador del famoso Café Literario Vargas Vila, una pandilla de escritores que alcanzó a ser un referente artístico del Caribe. Pedro era más distinguido como gestor cultural, pero las flechas rotas, los secretos de la abuela Tupe y los sorpresivos galardones (ganó el Premio Departamental de Poesía del Cesar en dos ocasiones), hicieron que se consolidara como poeta.

Es un tipo de caminar sereno, hablar preciso y mirada tímida. Admite que sus primeros poemas eran demasiado emotivos, eran un grito de desilusión y tal vez de enfado. Ahora Pedro pretende ser comprendido como un poeta regional y vivencial, pero con ambiciones estéticas: “Soy poeta hasta el último hueso de mi muerte / Sin disfraz de mendigo o santo sucio / Y me gusta el agua limpia del Guatapurí”. Leandro Díaz le enseñó que la oscuridad permite oír el murmullo del hielo derretido, olfatear el perfume de la muerte y saborear el reloj de café que dice cuando se abre la puerta del verano. Por eso Pedro escribe con los ojos cerrados.

 

Carlos César Silva

@CCsilva86

La curva
Carlos Cesar Silva

Carlos César Silva. Valledupar (Cesar) 22 de noviembre de 1986. Abogado de la Universidad Popular del Cesar, especialista y magister en Derecho Público de la Universidad del Norte. En el 2013 publicó en la web el libro de artículos Cine sin crispetas. Cuentos suyos han sido publicados en las revistas Puesto de Combate y Panorama Cultural. Miembro fundador del grupo artístico Jauría. Cocreador del bar cultural Tlön.

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