Sábado, 21 de oct de 2017
Valledupar, Colombia.

Fuente: Revista Cromos

 

Siempre me ha despertado la curiosidad y llamado mucho la atención desde mi llegada a Sincelejo, como docente del Instituto Simón Araújo, hace ya muchísimos años, la facilidad con que en esta hospitalaria y acogedora población se conjuga el verbo elogiar y el placer que sienten muchas personas cuando se hacen alabanzas recíprocas con la intención de impresionar, exhibir un sello de sabiduría o asumir poses de grandes intelectuales.

El “yo te elogio” y “tú me elogias” son expresiones que escuchamos y observamos frecuentemente en los protagonistas que desfilan por los diversos eventos de carácter social o cultural que se realizan en la ciudad. Este mundo de ponderación mutua, en el que viven falsos intelectuales,  no es más que una mampara para ocultar la mediocridad, disfrazar cualquier resentimiento o resarcir un fracaso personal. Y como lo más fácil es esconderse en el ambiente cultural, se busca como refugio el amplio y nobilísimo encanto de las letras, para intentar sobresalir produciendo una sarta de boberías, una literatura fulera que causa el inmediato desconcierto del público, muere “ipso facto” y sólo perdura en el recuerdo de sus progenitores.

Pero, “la sociedad de los elogios mutuos” persiste y es totalmente ajena e indiferente a la desconfianza del medio contemporáneo. En ella se engendran personajes que alegremente transitan por los intrincados vericuetos del extenso y fabuloso mundo literario,  y cuyo propósito no es más que una simple figuromanía que se esfuma rápidamente, como sucede con la gloria de un futbolista o una transitoria moda de vestir. De aquí surgen con una facilidad asombrosa novelistas, cuentistas, historiadores, poetas, ensayistas, catedráticos y tratadistas de Literatura,  que la mayoría de las veces no tienen la mínima idea de lo que están cultivando y carecen de las aptitudes o cualidades innatas que son fundamentales en la creación artística. Este ambiente de rimbombancia cultural hace que vivamos una fingida época de oro, y nos comparemos con la España, posterior a la edad renacentista, cuando la Literatura alcanzó su máximo esplendor. Claro, que la gran diferencia estriba en que mientras hoy, después de cuatro siglos seguimos leyendo con bastante entusiasmo a Cervantes, Góngora, Lope de Vega, Calderón, Quevedo y muchos más, “las grandes creaciones” del círculo de los elogios recíprocos, no presentan ninguna trascendencia y son totalmente ignoradas para la posteridad.

Sin embargo, para satisfacer los intereses caprichosos de esta sociedad descrestadora, la gente, para romper el pasatiempo cotidiano,  acude al llamado y a las constantes invitaciones que se les cursa para asistir a los frecuentes lanzamientos de publicaciones,  donde se hacen fastidiosas disertaciones, extensos recitales de versos estériles y se pronuncian largas peroraciones para llenar de alabanzas la simplicidad y llaneza de estas ridículas producciones. Es aquí donde el verbo elogiar se conjuga en toda su plenitud y las loas destellan en su máxima realización. Y los asistentes, abismados por el desconcierto,  se amordazan la lengua  para contener la burla y aplauden frenéticamente para satisfacer el ego y la impostura de los ilusos debutantes. Así,  transcurre el ambiente de esta criticada sociedad que, como en Sincelejo, Cartagena, Montería, Valledupar  y en otras ciudades de Colombia, pulula en todo el territorio nacional y en donde sus encopetados miembros se consideran los dueños de la intelectualidad y folclóricamente prestan sus nombres para figurar en cualquier acontecimiento de índole cultural, provocando con ello la sorna del pueblo y la profanación de la creatividad literaria.

Y mientras los falsos genios de las letras conviven en su entorno de ilusiones prestadas y se mantienen alimentados por los elogios simultáneos, abundan en la trastienda del panorama local o regional verdaderos artífices del mundo literario, dueños de una profunda imaginación creadora y de un magistral talento que son indiferentes al efecto protagónico, se mantienen en el anonimato y son padres de insuperables y trascendentales creaciones. Ellos, jamás han recibido el reconocimiento del público, ni han merecido siquiera una esquela de congratulación. Por el contrario,  rechazan las alabanzas y son felices disfrutando de los esporádicos asaltos del arrebato genial cada vez que acuden a sus mentes los efluvios de la inspiración. Pero, como raro son los creadores que alcanzan la gloria en el público contemporáneo, es posible que, como Cervantes, sea la posteridad,  la encargada de reconocer los méritos de estos valores intelectuales, que tuvieron razones de sobra para no pertenecer a la falsa sociedad de los elogios compartidos.

 

Eddie José Daniels García 

 

Reflejos cotidianos
Eddie José Dániels García

Eddie José Daniels García, Talaigua, Bolívar. Licenciado en Español y Literatura, UPTC, Tunja, Docente del Simón Araújo, Sincelejo y Catedrático, ensayista e Investigador universitario. Cultiva y ejerce pedagogía en la poesía clásica española, la historia de Colombia y regional, la pureza del lenguaje; es columnista, prologuista, conferencista y habitual líder en debates y charlas didácticas sobre la Literatura en la prensa, revistas y encuentros literarios y culturales en toda la Costa del caribe colombiano. Los escritos de Dániels García llaman la atención por la abundancia de hechos y apuntes históricos, políticos y literarios que plantea, sin complejidades innecesarias en su lenguaje claro y didáctico bien reconocido por la crítica estilística costeña, por su esencialidad en la acción y en la descripción de una humanidad y ambiente que destaca la propia vida regional.

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