Sábado, 21 de oct de 2017
Valledupar, Colombia.

 

Esta visita del sumo pontífice, representante de la Iglesia Católica, a Colombia, generó tantas inquietudes de católicos, creyentes y no creyentes, ateos y algunas que otras personas de diferentes religiones.

Inquietudes que me hicieron recordar un discurso de Gabriel García Márquez, que escribiera para una conferencia en Ixtapa- México en 1986; en el despliegue de ese escrito, deja ver la torpeza del hombre y su afán ciego por alcanzar el poder, aún a sabiendas que será objeto de destrucción por su propio invento.

El inicio de ese discurso dice: “Un minuto después de la última explosión, más de la mitad de los seres humanos habrá muerto, el polvo y el humo de los continentes en llamas derrotarán a la luz solar, y las tinieblas absolutas volverán a reinar en el mundo. Un invierno de lluvias anaranjadas y huracanes helados invertirá el tiempo de los océanos y volteará el curso de los ríos, cuyos peces habrán muerto de sed en las aguas ardientes, y cuyos pájaros no encontrarán el cielo. Las nieves perpetuas cubrirán el desierto del Sahara, la vasta Amazonía desaparecerá de la faz del planeta destruido por el granizo, y la era del rock y de los corazones trasplantados estará de regreso a su infancia glacial. Los pocos seres humanos que sobrevivan al primer espanto, y los que hubieran tenido el privilegio de un refugio seguro a las tres de la tarde del lunes aciago de la catástrofe magna, sólo habrán salvado la vida para morir después por el horror de sus recuerdos. La Creación habrá terminado. En el caos final de la humedad y las noches eternas, el único vestigio de lo que fue la vida serán las cucarachas.“ [1]

Y lo cito como algo parecido al sufrimiento que ha padecido el pueblo colombiano con tantas vicisitudes desfavorables en el contexto social, económico y cultural, una nación que en medio de funestos acontecimientos, su gente se despierta con pie derecho y con la frente en alto para continuar en la lucha por el bien de su familia y el crecimiento del país.

En medio de todo persiste el mal que quiere acallar la alegría de las personas honestas y trabajadoras de un país que inmisericordemente fue mancillado y en algunos casos continúan mancillado por quienes presionan y obligan llevarlo por la senda del odio, más no la reconciliación.

Como invoca nuestra Constitución Política de 1991, artículo 19: “Se garantiza la libertad de cultos. Toda persona tiene derecho a profesar libremente su religión y a difundirla en forma individual o colectiva. Todas las confesiones religiosas e iglesias son igualmente libres ante la ley”.  Siendo Colombia una nación que así lo determina, no quiero herir el sentir de otras religiones, al expresar en este escrito sobre la inmensa necesidad en los corazones de los colombianos de la llegada del  jerarca de la Iglesia Católica  a Colombia.

Una muestra de júbilo y bienvenidas fueron las manifestadas por muchas personas, que como lo vimos agrupó a tantos que se fundieron en un solo sentimiento y su presencia en algunas ciudades calmó los corazones ávidos de amor y quizás enfureció a los que en su mezquina creencia no encuentran significado en la gran cantidad de adeptos que tiene la Iglesia Católica en Colombia. Fue merecida esa visita, enaltece la fe en Dios, en el poder creer en la paz que nos merecemos, la misma que merece el mundo; ese que se encuentra en peligro por acciones de guerra y controversias que trascienden la espiritualidad del ser humano y pretende la creación de mortales armas que no permitirán más que solo muerte, desolación y miedo en un mundo anhelante de reconcilió y hermandad.

Un mundo que merece la atención de los grandes gobernantes de las naciones que presumen del poder, el poder; de someter, de esclavizar con políticas económicas y accionar belicoso lo que solo genera consecuencias o respuestas que tienden llevar a la especie humana a una extinción absoluta, tanto así que ni los creadores del mal encontraran espacio, porque el poco tiempo que les quedará, ya estará maldito y ocupado de manera abrumadora; como dijo nuestro extinto premio Nobel García Márquez, en su discurso “el único vestigio de lo que fue la vida serán las cucarachas”.

 

Luis Alcides Aguilar Pérez

@luisaguilarpe

 

Referencias:

[1] Huellas. Historia Socioeconómica de Colombia. Pág. 90. Edi. Voluntad. Bogotá. 1999.

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Luis Alcides Aguilar Pérez

Luis Alcides Aguilar Pérez (Chiriguaná- Cesar). Lic. En Ciencias Sociales de la Universidad del Magdalena. Docente de secundaria. Fiel enamorado del arte de escribir. Publicaciones: La Múcura de Parménides – Compendio de cuentos, poesías y reflexiones; Sueños de libertad – Cuentos, poemas y diez reflexiones; Chiriguaná. Historia y Cultura. Novela inédita “¡Y la culpa no es de Dios!”

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