Lunes, 23 de oct de 2017
Valledupar, Colombia.

Calixto Ochoa Campo

 

Ocurrió en 1967. La población de Valencia de Jesús descansaba bajo el silencio de la noche y la tranquilidad cotidiana que allí se vivía. Nada usual resultaba que en medio de la penumbra se escuchara un estropicio como de trasteo de cosas. Los primeros en despertarse aguzaron el oído para determinar la procedencia de aquel ruido, logrando identificar que venían de la iglesia, santuario de sus liturgias y plegarias a Dios por todo.

Lo primero era determinar qué pasaba, para lo cual el mecanismo ideal era rendijear a la distancia. Así pudieron ver varias siluetas entrando y saliendo de la iglesia, subiendo los altares en un camión, profanando el patrimonio espiritual, religioso, ancestral, cultural de todos; por lo tanto tendrían que pasar por encima de las cabezas del pueblo entero para sacarlos de allí.

La algarabía fue descomunal. Todos se abismaron con el repique de las campañas a la media noche, el pueblo se volcó a la iglesia, donde atraparon a los obreros del cura, el padre Pachito, quien había dado la orden de cargar los altares y a quien el pueblo no creyó el argumento de reparación para estas piezas, esgrimido por el cura.

Enardecida, la turma estuvo a punto de acabar con fuego el carro en el que pretendían llevarse los altares, pero finalmente la calma volvió, no sin que el pueblo recibiera la sanción religiosa de quedarse sin cura por varios años.

Justo ahí en Valencia, había nacido 33 años antes Calixto Ochoa Campo, cuyo nombre ya se veía desde lejos en el universo musical. A sus oídos llegó la noticia de lo ocurrido aquella noche en su pueblo y él, desde su esencia de valenciano agraviado como todos los otros por el intento de robo y asumiendo el rol de denunciante, mediante las herramientas que su arte le daba, hizo un canto que puso en evidencia al padre Pachito y –de paso- le significó una sentencia de excomunión por parte del Clero.

“Yo no vi, pero la gente me dijo / y por eso es que vengo a preguntarle / quiero que me diga el padre Pachito / pa’onde iba a llevar los altares”… “Me dicen que cuando fueron a la Ermita / ya estaba el camión listo para el viaje / es eso lo que quiero yo que me diga / con destino a donde iban los altares”.

Es una historia cincuentenaria que pone de relieve la función social de la música, en este caso la vallenata, y su papel determinante en la identidad de los pueblos, así como en la apropiación del patrimonio cultural. Es una historia en torno a la cual gira un ambicioso proyecto de salvaguardia de para la música vallenata tradicional, desde la protección de la obra de Calixto Ochoa.

¿Y qué mejor custodio puede tener esta obra que otro hombre nacido en Valencia de Jesús y reconocido como un calixtólogo excelso? Se trata del locutor y escritor William Rosado Rincones, autor del libro ‘El mundo de Calixto’, quien avanza en la producción de la crónica ‘El poder de la denuncia a través de las canciones vallenatas’, que presentará en  dos versiones (texto y audio), teniendo como hilo conductor obras de Calixto Ochoa. Sumado a esto, Rosado Rincones fortalecerá la promoción de los personajes de canciones de Calixto Ochoa en el Festival de Valencia de Jesús, y hará un conversatorio itinerante con estudiantes de esa población, con miras a que conozcan y se apropien del patrimonio universal, salido desde lo local, representado en la obra de Calixto Ochoa.

Las razones le sobran a William Rosado: “Porque nací bajo el influjo de su música. Porque esas cualidades de intérprete y compositor le dieron las calidades de convertirse en mensajero de los acontecimientos, entre estos, el supuesto robo de los altares de Valencia de Jesús. En el año 1967 no teníamos todavía una extensión mediática muy amplia en nuestro medio, entonces se aprovechaban esos canales musicales folclóricos que ya tenían el antecedente de Rafael Escalona, con la custodia de Badillo, del compositor molinero Armando Zabaleta con ‘Aracataca espera’, con ‘La reforma agraria’; creo que él fue el pionero de dar a conocer estas anomalías que se daban a nivel de los gobiernos centrales, las exponían a través de su música”

Es la misma problemática social: “Un pueblo que querían despojarlo de sus tesoros culturales y religiosos que eran los altares y que olímpicamente un cura se los quería llevar y que gracias a esa denuncia, al impacto de la canción, la gente pudo conocer que ahí en ese entorno territorial existían esos altares y mucha gente llegó a conocer qué era lo que el padre Pachito se quería llevar”.

Y es que el interés de que se conozcan las historias narradas en los cantos de Calixto y que se valore a este juglar vallenato ha sido una labor constante de Rosado Rincones, que sin duda le está apuntando a una acción de salvaguardia monumental, pues con este proyecto, que desarrolla tras haber ganado una convocatoria del Ministerio de Cultura, garantiza la pervivencia de ese juglar en la memoria oral y visual de la región, incentiva a los niños al arte y les crea sentido de pertenencia, fortalece los procesos de apropiación de la cultura territorial.

 

María Ruth Mosquera

@Sherowiya

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