Sábado, 16 de dic de 2017
Valledupar, Colombia.

El cuarteto Machín, compuesto por Plácido Acevedo, Daniel Sánchez, Antonio Machín y Alejandro Rodríguez

 

Lo que parecería mezclar el agua con el aceite resultó un híbrido espectacular para la música de Norteamérica y el Caribe: la mezcla del son y sus variantes con el jazz. El jazz  en sus “big bands”,  asimiló instrumentos de percusión afrocubanos, en su original formato con un piano, contrabajo, una batería, saxofones, trompetas, trombones, que paulatinamente integraron con negros en los lujosos cabarets.

En tanto las charangas provenientes de Cuba y las tradicionales de Son, empleaban la marímbula, guiro, maracas, el tres, el bongo, la botija, y algunos instrumentos como el contrabajo, donde se destacaron soneros de la talla de Sindo Garay, Matamoros, Piñeiro y Arsenio Rodríguz, con las grabaciones de los sextetos Habanero y Nacional en las disqueras RCA Víctor y la Columbia, que bautizan el son como “rumba”, y después “salsa”.

Tal híbrido fue el riesgo supremo, el reto, nunca visto que fue capitalizado por dos grandes creadores y músicos cubanos, Mario Bauzá y Frank Grillo, quienes se habían cultivado con las famosas charangas habaneras, y después en los 30’s llegan a Nueva York al tumultuoso barrio de Spanish Harlem, pletórico de la cultura puertorriqueña desde que la isla de Borinken, entregada por los españoles como botín de guerra a EE.UU. en 1898 y estos emigran al Norte para trabajar, estudiar y prestar, obligados o no, el servicio militar. Allí llevarían su gran influencia musical, tal como en el siglo XIX lo hicieron cubanos y mexicanos en Nueva Orleans, donde habían impuesto los famosos músicos aztecas Florenzo Ramos y Juventino Rosas, sus éxitos “La mazurca para piano”, “Dorados ensueños” y  el vals “Sobre las olas”, respectivamente.

El sentido crítico, musical y de identificación del hispano termina por imponerse en la Gran manzana. Allí miles de inmigrantes aparte de ganarse la vida a brazo partido, los fines de semana integraban sus agrupaciones musicales para las fiestas familiares como alternativa a su dura condición económica. En ellas se impone la tradición, como cuando llega Rafael Hernández y crea su Trío Borinquen, a su vez Bauzá se acomoda en la agrupación de Don Azpiazu, donde canta su amigo Antonio Machin, y luego son quienes  dejan grabado el testimonio de la más grande composición de la época (1930): El manisero, del compositor, pianista y director cubano Moisés Simon, compuesta para la cantante Rita Montaner, que originalmente era un pregón de un vendedor ambulante, expresión auténtica del folklore cubano, donde cada comerciante de un producto tenía una canción, su particular marketing.

Poco tiempo después, Azpiazu graba un cortometraje (The peanut vendor)que motiva a centenares de músicos de la época a grabar sus propias versiones de El manisero: Duke Ellington,  Benny Goodman, la película Cuba  Love Songs, y muchos años después Judy Garland hace la película A Star is Born, y otras creaciones que consiguen sensibilizar al mundo ante la cultura latinoamericana.

La descarga abre camino al andar

Los nombres más famosos de la época comienzan a desfilar en cabeza del excelente pianista Ramón Bebo Valdés, quien en 1952 graba la primera descarga en Cuba, superando el desinterés que en la isla despertaba el bebop y el swing mezclados con los ritmos locales. Tampoco existía su difusión comercial, con la dictadura de Batista y la segunda guerra mundial que impiden el desarrollo de los preceptores musicales de la fusión del jazz con los ritmos cubanos.

Pero ya Arturo Chico O’Farril había dado a conocer la suite de jazz latino con carácter sinfónico, lo cual como es obvio, inspira a su generación deseosa de fusionar la música popular con el jazz, con lo que Chico denomina Cubop, o afrocubop, intercambiando experiencias con descargas con la orquesta de Oréfiche, los Hermanos Labatard, la Casino de la Playa.

A ellas se unen con presteza muchos músicos del staff de los grandes cabarets, para sorprender al mundo con su obra maestra The Afro-Cuban Jazz Suite I, triunfadora en Nueva York, empleando las técnicas clásicas y modernas de orquestación. El resultado es una fusión del jazz con los ritmos cubanos, donde tuvieron la suerte de encontrarse reunidos Frank Machito Grillo y Mario Bauzá, con Charlie Parker en el saxo, el piano de René Hernández, y Buddy Rich en la batería. Ahí –según Chico O’Farril-, se logra gran coherencia con la clave y la parte rítmica, en cinco movimientos básicos con sus  20 músicos: canción, mambo, 6/8, jazz y rumba abierta, con un solo de trompeta por Bauzá.

 

Jairo Tapia Tietjen

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Jairo Tapia Tietjen

Codazzi, Cesar (1950). Bachiller Colegio Nacional A. Codazzi, 1970. Licenciado en Filología Española e Idiomas, UPTC, Tunja, 1976; Docente en Colegio Nacional Loperena, 1977-2012. Catedrático Literatura e Idiomas, UPC, Valledupar, 1977-2013. Director Revista 'Integración', Aprocoda-Codazzi, 1983-2014; columnista: Diario del Caribe, Barranquilla, El Tiempo, Bogotá, El Universal, Cartagena, El Pilón, Vanguardia Valledupar: 1968-2012. Tel: 095 5736623, Clle. 6C N° 19B 119, Los Músicos, Valledupar- Cesar.

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