Miércoles, 13 de dic de 2017
Valledupar, Colombia.

 

Los campesinos, almas blancas de los campos que, con sus manos y precarios recursos, operan el milagro de poner a producir la tierra para aplacar la insaciable necesidad de alimentos que agobia a pueblos y ciudades. Los campesinos, de manos toscas y de cariño fino, olvidados por el Estado y estigmatizados por una sociedad que odia la violencia y que, sin embargo, se le atraviesa a la paz, le señala y les endilga pertenencia a grupos que, si bien han merodeado sus tierras de labranzas, lo han hecho para intimidarlo o desplazarlo.

Los campesinos, los pobres del campo que han tenido el privilegio de vivir dentro de la naturaleza, como un elemento más de la misma y que no solo disfruta las bondades de la natura, sino que la intermedia con los demás elementos de la misma y que en los últimos 50 años no ha podido gozarla y admirarla en plenitud, pues siempre camuflados dentro del follaje se hallaba la bala dentro de la recamara, esperando el golpe del percutor que la accionara contra su humanidad.

Esas almas nobles que fueron mecidos por intereses políticos ajenos, que abrazaron causas que les hicieron creer propias, sufrieron con creces las consecuencias de esos avatares. Perdieron sus bienes a causa del desplazamiento y de la compra fraudulenta, perdieron sus familias a causa de la guerra. La mayoría partió hacia los centros urbanos y fueron tragados en vida por la furia despiadada de la jungla de concreto, otros permanecieron empobrecidos, constreñidos en sus derechos, humillados y opacados por esa barahúnda violenta que plagó sus tierras.

Esas almas nobles apegadas a una oralidad que les trazaba costumbres y tradiciones, guardianes de saberes ancestrales, capaces de leer en las señales de la naturaleza para predecir lluvias, sequías, pestes y tragedias, vivieron no fuera de su época, sino que detuvieron la suya en el punto donde mejor les fue, y por tanto se apegaron a modas, dichos, costumbres y tradiciones que les sirvieron de escudo para mantenerse incólumes ante la arremetida voraz de la época actual, de las tendencias y farándulas.

Anclados en su tierra y en su tiempo mejor, nunca creyeron en relojes con alarmas, ellos le daban y le dan su voto de confianza al canto del gallo y al de los alcaravanes para desperezarse, si es que alguna vez tienen pereza al levantarse. Ellos son los que sienten frío un “buenos días” por wasap y prefieren mandar a su hijo donde los vecinos a averiguar “cómo amanecieron”. Son los que les puede, todavía, usar el celular, pues prefieren el abrazo afectuoso y cálido de sus compadres.

Son los que, en días de mercado, salen al pueblo en sus caballos a llevar el producto de su tierra y a traer lo que la naturaleza o su parcela no le da. Son los que no han querido treparse en una moto y prefieren el galope mesurado de sus yeguas o el trote o paso cansino de su noble jumento. Ese campesino que mantiene sus cinco perros y veinte gallinas con la dedicación y el amor que les brinda a sus propios hijos.

Son estos humildes seres que la moda no ha tocado, y que todavía usan pantalones de dril color caqui, con bolsillos profundos, repurgo y relojeras, que calza albarcas y adorna su cabeza con sombrero vueltiao, ese que se descubre la cabeza al saludar a una dama, el que honra la palabra empeñada y que no necesita firmar pagarés para recoger sus acreencias, son ellos los que se están acabando, se están extinguiendo, están siendo devorados por la época de la Internet y el wasap.

En reemplazo de esos románticos han venido sus hijos, pálida copia de sus ancestros, los cuales montan motos de alto cilindraje, acomodado al hombro, como un accesorio de su nueva y postiza parafernalia un poncho antioqueño y su cabeza es tocada con sombrero aguadeño, en una imitación irrisoria de la forma de vestir de los paramilitares de la costa. Ahora usan la navaja suiza al cinto, al lado de la funda del celular de gama media. Portan tatuajes en los antebrazos, orejas perforadas con topitos, corte de pelos raros imitando a los futbolistas de la Champions League.

Como añoro a los abuelos y su recia pose varonil, su voz enronquecida por el tabaco y su piel curtida por el sol. Como extraño sus historias plagadas de enseñanzas, su código de ética, su calendario Bristol que le indicaba los pases de luna que él utilizaba como dogma para saber en qué  época sembrar, castrar o cortar los árboles. ¡Como extraño estos abuelos!

 

Diógenes Armando Pino Ávila

@Tagoto 

Caletreando
Diógenes Armando Pino Ávila

Diógenes Armando Pino Ávila (San Miguel de las Palmas de Tamalameque, Colombia. 1953). Lic. Comercio y contaduría U. Mariana de Pasto convenio con Universidad San Buenaventura de Medellín. Especialista en Administración del Sistema escolar Universidad de Santander orgullosamente egresado de la Normal Piloto de Bolívar de Cartagena. Publicaciones: La Tambora, Universo mágico (folclor), Agua de tinaja (cuentos), Tamalameque Historia y leyenda (Historia, oralidad y tradición).

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