Sábado, 16 de dic de 2017
Valledupar, Colombia.

Hijos del matrimonio García Márquez: arriba (izq. a der.) Jaime, Alfredo Ricardo (fallecido), Ligia Esther, Gabriel (el nobel), Gustavo Adolfo, Hernando, Eligio Gabriel (fallecido) y Luis Enrique. Abajo, Germaine (hija sólo del padre), Margarita, Luisa Santiaga Márquez (la madre), Rita y Aída Rosa. / Foto: Cromos

 

Escribir un anecdotario completo sobre el historial de la familia García Márquez  es un tema que  alcanzaría para editar no uno, sino varios libros de cientos de páginas que  servirían para ilustrar el género anecdótico, de muy poco cultivo en la literatura colombiana. Porque, con ligeras excepciones, son escasos los escritores nacionales que se han dedicado a mirar la historia desde este punto de vista. Y considero que la familia García Márquez, incluyendo los padres, los once hermanos y la profusa parentela, merecen por derecho propio que se les honre con una obra de esta categoría. Y, a pesar de que sobre Gabito se han editado cientos de libros de corte biográfico, donde se tocan, con obvia razón, el ambiente y el contacto con sus familiares, aún no se ha lanzado una obra que sea  típicamente anecdótica. Sin embargo, con todo lo que se ha publicado sobre el escritor, incluyendo tratados completos, ensayos analíticos e infinitos artículos de prensa, existen todavía, alrededor de él y de su familia, abundantes recuerdos y comentarios que son aún  desconocidos por el público. Algunos de ellos hoy me sirven para ilustrar este sutil anecdotario.

Aunque sé y conozco de sobra la razón, siempre me ha despertado alguna curiosidad ver que el número predilecto de Gabito era el once. Es un número que, a pesar de la cantidad plural que encierra, el escritor lo utilizaba con marcada frecuencia y,  en algunas situaciones, de manera hiperbólica: por ejemplo, varios  personajes de sus novelas cuando viajan, generalmente, lo hacen con “once” maletas, si necesitan hospedarse en un hotel, lo hacen en  el piso “once” o en la pieza número “once”,   las residencias o prostíbulos que entran en sus relatos, siempre tienen “once” habitaciones y cualquier objeto que se compra o pasaje que se paga, vale “once” pesos.  Además, cuando necesita mencionar la edad de un niño, éste siempre tiene “once” años y si  algo sucede antes del mediodía, siempre escoge las “once” de la mañana. En este sentido, son muchos los  analistas y curiosos que afirman que la afición por el “once” se debe a que este número coincide con el total de letras que tiene su nombre de pila: Gabriel José. 

Para mí, con toda seguridad, el maestro utilizaba este número porque con él evoca y pone de presente los once hijos que, entre 1927 y 1947, tuvieron sus progenitores: Gabriel Eligio García Martínez, nacido en Sincé el 1 de diciembre de 1901, y Luisa Santiaga Márquez Iguarán, nacida en Barrancas, Guajira, el 25 de julio de 1905. Un número de hijos que para esa época era más que natural, comparado con otros matrimonios que alcanzaron a tener una prole superior. Todo obedecía, en efecto,  a las facilidades que en ese entonces encontraban las familias, orientadas por la sencillez, la tranquilidad, el facilismo alimenticio, la privación educativa y, sobre todo, por  la solidaridad comunitaria y los apoyos de la parentela. 

En los pueblos, especialmente en aquéllos que quedaban a orillas de los ríos o los mares, era común encontrar matrimonios con más de quince hijos. Una razón solo atribuida al consumo permanente de pescado, alimento que, según afirman los comentarios, posee un alto poder afrodisiaco. Hoy, el procedimiento es diferente, y los matrimonios  o parejas simples se conforman con tener máximo dos o tres descendientes.

Es natural que,  con el uso reiterado del número once, nuestro querido novelista quiere hacer mención de Gabriel José,  Luis Enrique, Margarita, Aida Rosa, Ligia, Gustavo,  Rita del Carmen,  Jaime, Hernando, Alfredo Ricardo  y Eligio Gabriel, los once descendientes del humilde telegrafista sinceano, el hijo natural del maestro Gabriel Martínez Garrido y su alumna Argemira García Paternina, que en 1924 fue a parar  a la población de Aracataca,  y allí conoció a Luisa Santiaga, la hija consentida del coronel Nicolás Ricardo Márquez Mejía y Tranquilina Iguarán Cotes, quienes eran primos hermanos en primer grado, habían nacido en Riohacha y se llevaban un año de diferencia. Como caso llamativo, observamos que los García Márquez comienzan con Gabriel y terminan con Gabriel. Curiosidad que se le debe a la niña Luisa, como la llamaban familiarmente, quien, al nacer el último hijo, le comentó a su marido: “Como nuestro primogénito se llama Gabriel, como tú, y ya no está con nosotros, éste, como se parece a ti,  también llevará el Gabriel, pero invertido para no confundirlo contigo”.

En la familia García Márquez, siguiendo la tradición de los pueblos caribes, encontramos que casi todos los descendientes tenían sus apelativos cariñosos, los cuales son el resultado de alguna costumbre, de una  travesura, de una forma de expresión infantil o de cualquier otra curiosidad espontánea. Todas estas nominaciones son formas hipocorísticas llamativas, que trascienden de familia en familia hasta convertirse en calificativos cariñosos y corrientes en toda la comunidad.  Por ejemplo, al coronel Nicolás Ricardo Márquez Mejía, todos los nietos lo llamaban “papá Lelo”, a la abuela Tranquilina, le decían “Mina”, a Elvira Carrillo, media hermana de Luisa Santiaga, la llamaban “tía Pa”, a Francisca Simodosea, prima hermana del abuelo, le decían “tía Mama”, a Wenefrida, hermana del Coronel, la llamaban “Nana”. Luisa Santiaga, por todas sus virtudes y cualidades de mujer educada, era conocida como “la niña Luisa”. Y Gabito, en secreto, apodaba a su novia, Mercedes Barcha, “la jirafa”, por tener ésta el cuello largo, muy parecido al de Venus, la diosa de la belleza en la mitología griega.

 

Eddie José Daniels García

 

Reflejos cotidianos
Eddie José Dániels García

Eddie José Daniels García, Talaigua, Bolívar. Licenciado en Español y Literatura, UPTC, Tunja, Docente del Simón Araújo, Sincelejo y Catedrático, ensayista e Investigador universitario. Cultiva y ejerce pedagogía en la poesía clásica española, la historia de Colombia y regional, la pureza del lenguaje; es columnista, prologuista, conferencista y habitual líder en debates y charlas didácticas sobre la Literatura en la prensa, revistas y encuentros literarios y culturales en toda la Costa del caribe colombiano. Los escritos de Dániels García llaman la atención por la abundancia de hechos y apuntes históricos, políticos y literarios que plantea, sin complejidades innecesarias en su lenguaje claro y didáctico bien reconocido por la crítica estilística costeña, por su esencialidad en la acción y en la descripción de una humanidad y ambiente que destaca la propia vida regional.

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