Viernes, 17 de nov de 2017
Valledupar, Colombia.

Alfredo Gutiérrez grabó la trilogía de Los Ojos entre 1968 y 1970

 

Siento una profunda nostalgia al recordar aquella hermosa época en que los amantes de la música de acordeón nos deleitábamos hasta el cansancio disfrutando la trilogía de los ojos, las tres bellas canciones  grabadas por Alfredo Gutiérrez que hicieron historia y quedaron impresas en la memoria musical y en los recuerdos de la inmensa fanaticada que ha mantenido vivo el folclor vallenato. “Ojos verdes”, “Ojos indios” y “Ojos gachos”, publicadas en 1968, 1969 y 1970 respectivamente, se alzaron desde su nacimiento con el trofeo de la fama y del respaldo popular.

Recuerdo perfectamente que en esos tiempos la gente se confundía al escucharlas y eran muchos los que no atinaban a acertar sus nombres. La primera es autoría de Rubén Darío Salcedo, el ingenioso creador del pasebol, y las dos restantes son hijas de Alfredo Gutiérrez, quien por esos tiempos ya tenía bien merecido el calificativo  de “El rebelde del acordeón”.

Casi cinco decenios han transcurrido desde entonces, época que coincidió con mis últimos años del bachillerato en el glorioso Colegio Pinillos de Mompós y apenas los condiscípulos de mi generación empezábamos a animarnos para organizar nuestros primeros encuentros etílicos, siempre dentro del respeto mutuo, la cordura juvenil y la sobriedad que exigía el grosor de nuestras edades. Edwin Alvarado Cáliz, Walter Arrieta Galvis, hoy fallecido, Antonio Toloza Mora, Angel Nájera, Gabriel Jiménez Oyaga y mi persona, todos frisando los años mozos, solíamos irnos a una cantina lacustre, que quedaba a orillas del antiquísimo río Magdalena en el barrio arriba de La Valerosa, para tomarnos algunas cervezas y oír la bellísima trilogía de los ojos y, también, otras canciones antológicas de Alfredo Gutiérrez, quien desde hacía varios años era la figura estelar de la música de acordeón, llamada posteriormente música vallenata.

Y también fueron esas mismas canciones las que nos enseñaron a mover los primeros pasos en las casetas y verbenas callejeras, que con escasa frecuencia se organizaban en la gloriosa villa momposina. Movidos por el entusiasmo y la energía, propios de una juventud sana y consagrada en el estudio, aprovechábamos las letras de estas composiciones para susurrárselas en los oídos a las parejas inocentes, tratando  de  empezar con ellas nuestros primeros idilios amorosos. Asimismo, en las temporadas vacacionales, cuando  los estudiantes forasteros viajábamos a los pueblos de orígenes, era Talaigua el sitio perfecto para seguir apreciando, valorando y degustando la hermosura de la trilogía de los ojos. Con Heriberto Felizzola Bravo y Raúl Cantillo Parias, quienes fuimos bachilleres en 1971, y otros amigos menores,  organizábamos parrandas ligeras y durante algunas horas  las canciones de Alfredo Gutiérrez se tornaban incansables en el mini tocadiscos que nos prestaba doña Rafael Bravo, la muy apreciada y complaciente la mamá de Heriberto.

Recuerdo que siempre  la romántica entrada de “Ojos verdes”, el hermoso madrigal de Rubén Darío Salcedo, era la nota distintiva de nuestros encuentros y nos llevaba a la cima de las emociones: “Como las flores tiernecitas de un rosal / como dos perlas de diamantes de un tesoro / son tus ojos verdes como la naturaleza / linda belleza vegetal”. Una metáfora cargada de mucha sensibilidad, que se percibía más hermosa a medida  que la repetíamos. Y nuestro placer continuaba con la hermosa creación lírica de Alfredo, quien paralizaba el ambiente con unas notas impresionantes, difíciles de igualar,  para introducir los versos: “Tiene los ojos indios / como me gustan a mí / elegantes y chiquitos / brillantes como el zafir”. “Pero, ay, si pudiera / arrancártelos de tu faz / a mi lado los tuviera / que me miraran a mí no más”. Un verdadero poema lírico, adornado con la sencillez, la espontaneidad, la  elegancia, y la claridad expresiva que iluminan todas las canciones del insuperable “Rebelde del acordeón”.

Al poco rato, mientras nos embriagábamos más con el hechizo de las canciones, y tras haber escuchado otros temas fascinantes, el entorno se perfumaba al discurrir las impactantes notas que daban la entrada a los versos: “No sé qué tienes Lucila con tus ojos gachos / que cuando me están mirando / me quieren quitar la vida”. “Los ojitos gachos son / una muchacha que tenga los ojos adormitados / y Lucila se robó mi corazón tan apasionado”. Otro poemita romántico de Alfredo, rodeado de ternura, galantería y  delicadeza, e inspirado, por supuesto,  en Lucila, una de las tantas mujeres que motivaron sus composiciones. Al final, casi sin darnos cuentas, habían pasado varias horas, y teníamos que poner punto final a estos minis encuentros parranderos, los cuales muchas veces, terminábamos en rondas serenateras para animar los corazones de nuestras futuras conquistas amorosas. Hoy, solo nos quedan los recuerdos, y la satisfacción de afirmar una vez más la expresión tan popular que citamos diariamente: “recordar es vivir”.

 

Eddie José Daniels García

 

Reflejos cotidianos
Eddie José Dániels García

Eddie José Daniels García, Talaigua, Bolívar. Licenciado en Español y Literatura, UPTC, Tunja, Docente del Simón Araújo, Sincelejo y Catedrático, ensayista e Investigador universitario. Cultiva y ejerce pedagogía en la poesía clásica española, la historia de Colombia y regional, la pureza del lenguaje; es columnista, prologuista, conferencista y habitual líder en debates y charlas didácticas sobre la Literatura en la prensa, revistas y encuentros literarios y culturales en toda la Costa del caribe colombiano. Los escritos de Dániels García llaman la atención por la abundancia de hechos y apuntes históricos, políticos y literarios que plantea, sin complejidades innecesarias en su lenguaje claro y didáctico bien reconocido por la crítica estilística costeña, por su esencialidad en la acción y en la descripción de una humanidad y ambiente que destaca la propia vida regional.

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