Viernes, 17 de nov de 2017
Valledupar, Colombia.

 

En los tiempos modernos, más allá de la situación salvaje de un hombre que devora físicamente a otro ser humano y lo utiliza como alimento, el canibalismo adopta la forma de aniquilación de una cultura dominante sobre las más débiles.

El departamento del Cesar no ha sido ajeno a este fenómeno, incluso me atrevería a decir que es un objetivo misional del ente territorial, que pone todo el aparato estatal a disposición de esta empresa culturicida.

Hablar del departamento del Cesar dentro o fuera de su territorio es hablar culturalmente del folclor vallenato y de la cultura arhuaca, desconociendo y despreciando el resto de expresiones culturales autóctonas de los diferentes municipios del departamento. Fuimos creados mediante Ley 25 del 21 de junio de 1967, pero su vida administrativa se dio el 21 de diciembre del mismo año, realmente se dio la segregación de 13 municipios del departamento del Magdalena y posteriormente por ordenanzas fueron creados 12 municipios más.

Lo más triste es que los pueblos del sur del departamento levantaron su voz en contra del centralismo samario, pensando no solo en mayores oportunidades de inversión pública en los lugares apartados, sino que se les respetaran y valoraran como seres humanos, para que su cultura no se extinguiera, que su dialecto y lengua se protegiera, para que el olor de su comida perdurara y sobre todo que su música se escuchara.

El canibalismo ha opacado aquellos sueños iniciales, puesto que el departamento del Cesar ha levantado un símbolo que lo identifica oficialmente ante el mundo y una música que remplaza su lengua y que no permite otro tipo de manifestación folclórica. Hemos puesto la comunidad arhuaca sobre el resto de nuestras etnias, en las muestras artesanales nuestros dirigentes, expone sin vergüenza alguna la creación legendaria de su hijo amado, por tanto, nunca falta la mochila, el toczuma, la Cuyina y la manta tejida en lana de oveja en representación de los indígenas de la sierra, desconociendo la indumentaria y la cultura Yukpa y de los otros asentamientos antiguos, para no hablar de las esteras del sur y demás muestras artesanales del hombre riano.

Las hermosas notas de la música vallenata, cargadas de amor y romanticismo han asesinado en el silencio el lamento de los pescadores que a través de la tambora se revelan a la aniquilación propuesta por el acordeón centralista. El oficialismo estatal desconoce la existencia de los Yukpas, kankuamos, koguis y wiwas, puesto que el protagonismo lo han dado a los Arhuacos, sin contar con culturas extintas como los Chimilas.

De la misma forma se han desconocido las otras manifestaciones folclóricas como la tambora que se gesta a diario en los municipios de Tamalameque, Gamarra, La Gloria, Chimichagua, Chiriguana (La sierrita), Pelaya (San Bernardo) y El Paso. Al mismo tiempo se desprecia el compendio cultura de los pueblos de San Martín, San Alberto, González, Rio de oro, Aguachica y Pailitas, quienes heredan la música de cuerda de sus ancestros santandereanos.

Hemos llegado al punto del vilipendio cultural que el himno de nuestro departamento, el cual está compuesto de dos estrofas y un coro, resume nuestra la idiosincrasia cesarense en “El lírico canto de nuestros juglares / Con fiel guacharaca, caja y acordeón”, “¡Hoy canta también en la límpida sierra / El férvido Arhuaco de fe y tradición!”.

Esto no es más que una apología al canibalismo cultural, y una lápida al resto de manifestaciones autóctonas e incluso es una afrenta a la gloria del Río Grande de la Magdalena y a la belleza de nuestra inmensa Ciénaga de La Zapatosa.

 

Wladimir Pino Sanjur 

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