Viernes, 17 de nov de 2017
Valledupar, Colombia.

 

Enclavado en Las Sabanas de Chingalé, en la margen derecha del Río Grande de la Magdalena, se encuentra un pequeño pueblo llamado Tamalameque. Es un pueblo lleno de historia y de leyendas que el embate de los nuevos tiempos golpea en lo sociocultural. Este pueblo, su juventud, se debaten entre «el ser y el no ser», están atrapados en medio de unas tendencias globalizantes impulsadas por las redes sociales y los medios de comunicación que les impulsa a dejar de ser lo que son para convertirse en lo que nunca han sido, en lo que no son y en lo que nunca serán auténticos.

Pareciera que se hubiera propagado una epidemia de amnesia histórica y cultural pues nuestros jóvenes no reconocen elementos básicos del hogar de sus padres y abuelos como una tinaja, un musengue o un petate de palma de estera. En mis clases de Cátedra Afro, Ética y Moral, donde tratamos temas como identidad y sentido de pertenencia, se evidencia «el deseo de olvido» que sienten estos jóvenes sobre esta temática, pues si bien es cierto que conocen sus orígenes, también es cierto que desean negarlos y en esa negación tienden a enajenarse de lo propio para correr a abrazar lo extraño, lo desconocido.

Este fenómeno de negación obedece, en primer lugar, a la poca identidad sobre lo propio, producto del descuido de los padres que no les enseñan a sus hijos el orgullo de los orígenes, el honor de ser de donde uno nace, y de pertenecer a una familia como la que nos dio existencia.  Si no se hace, si no se incentiva el orgullo de nuestros orígenes, el honor de haber nacido en nuestro pueblo, de seguro al joven le parecerá «in» -como se dice ahora- querer ser de otra parte, aparentar ser de otra ciudad o cultura, peor aún sentir que debería pertenecer a otra familia, llevar otro nombre u otro apellido.

Otra de las causas de este desarraigo se encuentra dentro de la escuela y el colegio, pues se ha vuelto tendencia en los actos sociales, cívicos y culturales de la mayoría (no de todas), las presentaciones de bailes y cantos de otras latitudes, de otras culturas, lo cual no es malo, siempre y cuando no se pierda el norte que permita también la presentación de lo propio para que lo extraño no prevalezca y se convierta en práctica alienante que implante una subcultura postiza que reemplace lo nuestro.

Se podría agregar como causa secundaria, la poca atención que la alcaldía local le prestan a este tema de la identidad de los pueblos, pues parece ser que no hay política pública desde la institucionalidad que impulse el valor de lo propio, no hay eventos ni procesos que permitan el rescate, la difusión y la resignificación de nuestras costumbre y tradiciones, que permita cimentar la identidad y el sentido de pertenencia sobre el pueblo, su cultura y valores. No hay un festejo de lo propio, no hay un acto que ensalce lo vernáculo, que lo potencie y que haga caer en la cuenta a nuestras juventudes de lo importante y bella que es nuestra cultura.

Por último, en el caso del departamento del Cesar (Colombia), es por todos conocida la tendencia vallenatocéntrica de impulsar solo la cultura vallenata en detrimento del resto de manifestaciones culturales de los pueblos del río y de la ciénaga de La Zapatosa. Es esta actitud arrogante y egocéntrica del centralismo vallenato la que ha puesto en riesgo y en vía de extinción al patrimonio inmaterial más preciado del Cesar: la multiculturalidad.

Desde hace 40 años vengo pregonando a los cuatro vientos la necesidad de enderezar el rumbo cultural de nuestro pueblo y las veces que he tenido factores de poder local lo hemos hecho. Primero con la creación del Festival Nacional de la Tambora y la Guacherna en el año 1978, con el impulso de los grupos de danzas locales, con la creación de la Biblioteca municipal, con la publicación de libros, blogs y artículos de prensa y con otras tantas actividades que tratan y trataron de hacer el rescate, la difusión y la resignificación de nuestra cultura.

Se necesita que se retome desde la institucionalidad el camino perdido, que se reabran los espacios culturales, que se valore el trabajador de la cultura, al cultor, al artista popular, a la cultura natural, a los personajes típicos de cada pueblo. Que se haga reconocimiento de lo propio. Ojalá este año hagan el Festival de la Tambora, falta menos de un mes para la fecha tradicional de su realización, claro el Festival de Tamboras de mi pueblo se volvió cristiano: se hace cuando Dios quiere.

 

Diógenes Armando Pino Ávila

 

Caletreando
Diógenes Armando Pino Ávila

Diógenes Armando Pino Ávila (San Miguel de las Palmas de Tamalameque, Colombia. 1953). Lic. Comercio y contaduría U. Mariana de Pasto convenio con Universidad San Buenaventura de Medellín. Especialista en Administración del Sistema escolar Universidad de Santander orgullosamente egresado de la Normal Piloto de Bolívar de Cartagena. Publicaciones: La Tambora, Universo mágico (folclor), Agua de tinaja (cuentos), Tamalameque Historia y leyenda (Historia, oralidad y tradición).

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