Martes, 23 de ene de 2018
Valledupar, Colombia.

 

Es de locos pensar que Gabriel García Márquez en su obra pretenda divulgar o enseñar verdades históricas. En absoluto. Sus libros no son manuales de historia colombiana o latinoamericana, sin que esto modifique, disminuya o anule el hecho de que Gabito haya tomado parte de la realidad que le envolvía para construir sus personajes y sus tramas y su mundo literario.

Todo empezó con Miguel de Cervantes Saavedra, cuando en 1605 publicó la primera parte del Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha, obra en la que podemos encontrar referencias a sucesos históricos reales, como la batalla de Lepanto o el ambiente intelectual de la época, magnificados o atenuados con el fin de acentuar la trama y mantener alerta al lector. Cervantes es el germen literario, la semilla que luego daría frutos con Jorge Luis Borges, William Faulkner, Vargas Llosa y el propio Gabo.

Cuenta Gerald Martin que en 1962, Gabriel García Márquez estaba sumido en una profunda crisis existencial. No había podido escribir la novela con la que soñaba. La intranquilidad aumentaba a medida que pasaban los días y no estaba seguro de si sería capaz de escribir al menos una línea. <<Estoy jodido, víctima de una buena situación>>, le escribió a su compadre Plinio Mendoza.

Después de tres años, una visita inesperada y unas vacaciones familiares repentinas, mientras conducía su Opel blanco hacia Acapulco sucedió. Surgió en su cabeza la primera frase de una novela: <<Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento…>>. Gabo, en trance, comprendió que debía contar las historias de sus abuelos, tal y como ellos lo hacían. Algunos dicen que dio media vuelta enseguida, cancelando las vacaciones, otros afirman que estas continuaron, lo que sí es cierto es que dieciocho meses después el mundo entero sería testigo del nacimiento del prototipo de la novela latinoamericana: Cien años de Soledad.

Uno de los relatos más fuertes de “Cien años de soledad” es la masacre de las bananeras. Pero, ¿sucedió realmente? ¡Claro que sí! Y el relato lo recibió el niño Gabriel por boca de su abuelo, el Coronel Nicolás Márquez. Esta historia le marcó profundamente, tanto que el año de su nacimiento se pierde en las penumbras de la incertidumbre y él mismo llega a afirmar que nació el mismo año del hecho sangriento, 1928.

Con el eterno devenir, las versiones de lo sucedido han ido mutando, cambiando, transformándose, siendo moldeadas por los intereses de los narradores. Sólo meses después de lo ocurrido, el joven aún Jorge Eliecer Gaitán denunciaba ante el Congreso el crimen. Con el cráneo de un niño en las manos exigió claridad y justicia: <<Los heridos son rematados con las bayonetas. Ni el llanto ni la imploración, ni el correr de la sangre conmueve a estas hienas humanas… Los muertos son luego transportados en camiones para arrojarlos al mar y otros son enterrados en fosas previamente abiertas. Pero digo mal: se entierra no solo a los muertos, se entierra también a los vivos que estaban heridos. No basta la imploración para que no se les entierre vivos. Estos monstruos ebrios de sangre, estos fugados de la selva, no tienen compasión. Para ellos la humanidad no existe. Existe solo la necesidad de complacer al oro americano>>.

Desde la Embajada Norteamericana en Colombia se reportaron primero 100 muertos, después entre 500 y 600, y un informe al Departamento de Estado afirmó que las víctimas sobrepasaban los 1.000. En una entrevista de 1990, Gabo afirmó con descaró que en “Cien años de soledad” necesitaba que las víctimas de la masacre fueran tantas como para llenar los vagones del tren y se decidió por un número exagerado: el de 3.000. De esta manera evitó que el acto violento cayera en el olvido.

Paradójicamente han pasado ya casi cien años de la masacre de las bananeras, y todavía rondan la impunidad, el olvido, la indiferencia y la ignorancia cabal en una sociedad victimizada que se esfuerza por echar las bases para la construcción de una paz estable y duradera.  

 

Carlos Luis Liñán Pitre 

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