Sábado, 24 de feb de 2018
Valledupar, Colombia.

 

—Dígame, Alejandro, ¿alguna vez me equivoqué con usted?  

El muchacho no respondió. Avanzaba apoyado en la muleta que se hundía en la arena caliente. El papá caminaba un metro delante de él, gritando, escupiendo las palabras. No le importaba que su hijo no lo escuchara ni rezongara, finalmente estaba acostumbrado a ordenar sin que nadie se opusiera.  

—En cambio usted siempre la cagó. No tenía ni diez años cuando me pidió que lo sacara del Colegio Patria porque no le gustaban los militares. ¿Acaso se avergonzaba de ser mi hijo?

La luna apenas iluminaba los montículos de arena, los cactus que parecían un ejército vencido por un enemigo emboscado detrás de las zarzas que vibraban cuando la brisa pasaba entre sus espinas.

—Después me obligó a pagarle los mejores y más costosos colegios de Bogotá. ¿Y todo para qué? ¡Para hacerme quedar como un culo! Que su hijo robó un discman, que lo acusaron de lesiones personales, que está en la cárcel por desocupar un apartamento.  

El papá se detuvo. Giró para contemplar a Alejandro. Lo examinó de pies a cabeza, como si buscara respuestas en su cuerpo. Pero sólo vio la sudadera remangada en la bota derecha para que no se irritara la herida del pie, la camiseta de los Bulls de Chicago y una gorra de visera recta que le ensombrecía los ojos. Le quitó la gorra de un manotazo y la lanzó a las zarzas. El muchacho lo encaró, pero se detuvo a pocos centímetros de él. Estaban tan cerca que Alejandro sintió el tufo de aguardiente. Movió la cabeza como si negara y reemprendió el camino. El papá no avanzó, se quedó con las manos en la cintura, contemplando la sombra de Alejandro alargándose y acortándose en los montículos de arena.

—¿No le da tristeza la situación de su mamá?  ¿Cree que fueron fáciles los meses que estuvo encerrada en el psiquiátrico? ¿Cree que se enorgullece de tener un hijo como usted?

Alejandro levantaba la pierna derecha ayudándose con la mano, la dejaba caer diez centímetros adelante y se apoyaba con dificultad mientras la pierna izquierda se levantaba para dar el paso. Lanzaba un gemido que reprimía mordiéndose los labios y repetía la operación.

—Si su mamá estuviera muerta, yo lo habría dejado tirado en la calle para que lo remataran como hicieron con las mariquitas de sus amigos.

Alejandro miró a su papá sobre el hombro. Nada quedaba del sargento que admiraba en la niñez, cuando creía que no existía guerra ni guerrillero que pudiera contra él. Pero lentamente fue descubriendo al hombre que robaba la intendencia del batallón para hacerse con un dinero extra, al esposo que le pegaba a su mujer cuando se emborrachaba, al militar que torturó estudiantes para que confesaran que pertenecían a la cuadrilla del M-19 que se tomó el Palacio de Justicia.

—Le juro Alejandro que ésta es la última vez que limpio sus cagadas. ¿Para qué ayudarlo si va a seguir en las mismas?

Alejandro dio un paso con dificultad y se quedó quieto al ver que su papá no avanzaba.

—¿Se cansó o qué? —le gritó para ofenderlo.

Dio otro paso sin que su papá lo siguiera. Miró sobre su hombro y vio un destello que lo obligó a girar lentamente hasta quedar frente a su papá, que le apuntaba con un revólver en el que reflejaba la luna.  

—Es lo mejor para todos —dijo su papá con un hilo de voz.

La detonación correteó por el desierto como un animal herido. Alejandro abrió la boca, intentando decir algo, pero le salió un quejido de entrañas mutiladas. El segundo disparo lo lanzó contra un montículo de arena. La luna brilló en su cara humedecida de sudor. Sus ojos parecían las ventanas de una casa abandonada. El papá cayó de rodillas y lloró a gritos, como si se le empezaran a apagar las luces del alma. Intentó meter la pistola en su boca, pero el brazo no le respondió. Los gritos bajaron en intensidad hasta transformarse en un lamento que se confundía con el rumor del viento.  

 

Diego Niño

@Diego_ninho

Palabras que piden orillas
Diego Niño

Bogotá, 1979. Lector entusiasta y autor del blog Tejiendo Naufragios de El Espectador.

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