Lunes, 22 de ene de 2018
Valledupar, Colombia.

 

Hace pocos días tuve la oportunidad de recorrer algunos lugares de la Costa Caribe colombiana: Valledupar, Fonseca, Maicao, Riohacha, Palomino y, por último, un lugar que, aunque no estaba entre mis expectativas, siempre escuché decir a mis amigos extranjeros que “el peligro de visitar el Tayrona, es no querer irte de allí”. Incluso Shakira asegura que Gerard Piqué, lo preferiría a Barcelona, y eso que los catalanes son nacionalistas.

Ellos tienen razón: cada vez que visito la casa de un amigo y me tratan como parte de la familia, me genera cierto aprecio por ese territorio y no quisiera irme de allí; pero me siento mal, muy mal, cuando veo que me tratan mejor que a los dueños de la casa y que incluso, tratan de disfrazar situaciones para hacerme sentir bien. Como si para que yo duerma en una cama cómoda, los dueños de la casa deban dormir en el suelo.

Llegar al Tayrona, el “Parque Natural Nacional” ubicado en la carretera que de La Guajira conduce a Santa Marta, es pasar por una infinidad de paisajes a lado y lado de la carretera. Como muchos de los atractivos turísticos del país, tiene un costo el ingreso y eso está bien, es lo más normal en un sistema capitalista.  Iniciando el camino se observa un letrero en madera que dice algo como: “Este lugar es de los colombianos que están presentes, de los que no han nacido y de los que ya murieron…”     

Nada más alejado de la realidad: según la Superintendencia de Notariado y Registro, solo el 3% de este territorio es propiedad del estado: (ver ¿De quién es el Parque Tayrona?). Aseveran que al país le costaría más de un billón de pesos recuperarlo. Aunque de poco serviría que pase de unas manos a otras.

El lunes 20 de noviembre del 2017 ingresé a este territorio con 33 universitarios, dos docentes y dos niños; cada uno pagó $17.500 (los extranjeros debían pagar $40.000). Se nos dijo: “El hospedaje por persona que lleva carpa es de $15.000 y quienes no, se les renta una carpa por $20.000”. Craso error confiar en esta información; después de más de dos horas de camino, una compañera señaló: “solo espero que lo que vea ahora, se parezca a la tierra prometida”. Pues tenía razón, con la excepción que era una tierra prometida, pero que los colombianos “la podían observar, pero no disfrutar”.

Al llegar al Cabo San Juan, lo primero que se nos dijo fue: “el costo del alojamiento es $20.000 quienes trajeron carpa y $30.000 quienes no la tengan”. Cifra diferente a la que se nos dijo a la entrada del sitio; el guía solo optó por decir: “Es que como son 4 puntos de información, todos manejan cosas diferentes”. ¡Ah!

Después de un tiempo de “regatear”, se llegó a un acuerdo de rebajar 5.000$ por persona (éramos 37). Minutos después llegó otro hombre, al parecer de seguridad, porque portaba un arma de fuego a la altura de la rodilla, diciendo: “El restaurante lo cierran a las 10:00 pm, ustedes no pueden consumir licor ni drogas en este sitio; pero en el restaurante les pueden vender “Casillero del diablo” hasta esa hora”. Algo como: “No pueden consumir si ustedes lo traen, pero sí pueden hacerlo si nosotros lo vendemos”.

Ahí no terminaba todo. Tras organizar las carpas y ver los precios altos de los alimentos: desayuno sencillo: $7.000; almuerzo: $25.000, sobre la playa cayó un fuerte aguacero que inundó el terreno de las carpas, el mar golpeaba de manera férrea y los relámpagos alumbraban todo el firmamento. No exagero. De los 37 ocupantes de las carpas, un grupo de 6 o 7 personas se dieron a la tarea de sin importar la lluvia, pasar por cada carpa para saber si todo estaba bien. El personal del Tayrona brilló por su ausencia. Poco importó que en el terreno se encontraran más de 30 personas. Total, eran los colombianos que solo podían pagar una carpa: es decir, “sobrevivan como puedan”.

Al siguiente día el regreso del Cabo San Juan al sitio de entrada fue gracias a la memoria que se hizo durante el camino recorrido. De necesitar guía habría que pagar más dinero.

Ahora, ¿por qué siento que este lugar es pensado para extranjeros? Antes, aclaro que no digo que sean los visitantes de otros países los culpables. Lo señalo porque los precios parecieran pensados en otras divisas: un desayuno en 7.000$ colombianos lo que equivale a poco más de dos dólares. El servicio de buceo subacuático, incluidas fotografías: 17 dólares. Además de esto, pareciera que los únicos que necesitan “recomendaciones” sobre el comportamiento somos los colombianos, ya que la mayor parte de los que están ubicados con peticiones como: “No consuma drogas”; “No bote basuras”, etc., están en español. En contraste, los avisos: “En esta playa han muerto más de 100 personas”, sí tienen traducción. 

El Tayrona seguirá siendo un lugar para disfrutar, las comunidades indígenas seguirán trabajando bajo su cosmovisión para que no se siga ultrajando este territorio; aunque en manos de éstas, que son sus verdaderos habitantes, debería estar este territorio sagrado. Mientras tanto, seguirán las dudas sobre quiénes son los dueños legales e ilegales de estos predios, y detrás de quién está ese interés de prestar un óptimo servicio de acuerdo al nivel adquisitivo de la persona, generalmente relacionado con la divisa que maneje.

 

Jhonwi Hurtado

Periodista de la Universidad Tecnológica de Pereira

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