23/10/2014
Valledupar, Colombia.

Cantando bajo la ducha / Foto: RollingstoneLa música ha hecho parte de mi vida y, sin ser consciente de su efecto, la he utilizado para mantener estados de ánimo buenos o malos.

Siendo adolescente me encerraba en mi cuarto con el volumen de la música muy alto y cantaba. Era increíble lo que me provocaba la música: o más tristeza o más alegría, dependiendo de su ritmo, su letra y la asociación que yo hacía con determinadas situaciones. Lo único cierto era que potenciaban y mantenían emociones.

Les hablo de mi adolescencia, no porque haya dejado de escuchar música, sino porque ahora la gran diferencia es que soy consciente de las vibraciones que genera en mí. Por lo cual, soy muy selectiva a la hora de elegir la música que quiero escuchar. Tengo claro que mi realidad y mis emociones dependen de mí.

Todos hemos tenido momentos en la vida, donde nos gusta escuchar más un tipo de música que otra. Por ejemplo: canciones románticas, de despecho, de rebeldía, de infidelidad, de nostalgia por la familia o por la tierra, de alegría por la vida, opera, música clásica, instrumental, etc…

Cuando estamos decepcionados y queremos mantenernos en ese estado, buscamos canciones que amplifican ese sentimiento. Cuando nos pasamos por un momento de felicidad y queremos aumentar nuestra emoción, buscamos canciones que nos llenan de satisfacción.

Tuve una paciente que empezó a sentirse triste y buscaba canciones que la hacían llorar. Invertía diariamente una cantidad de tiempo considerable para escuchar estas canciones que le hacían recordar lo desafortunada que era.

Se encerrada y lloraba durante horas. Así fueron pasando los días y, debido a esto, no tenía ganas de salir, de estar en presencia de otras personas y, mucho menos, de seguir escuchando música. Cuando sus familiares la vieron, tuvieron que buscar ayuda profesional porque ya nada la motivaba o la alegraba. Padecía una depresión.

Lo cierto es que así como la música nos puede ayudar a sentirnos mal, también nos puede ayudar a sentirnos bien y a curar enfermedades. Precisamente, la musicoterapia recurre a estas melodías como método para curar o reducir problemas de salud.

Dicho en términos teóricos, la musicoterapia es una técnica que utiliza la música en todas sus formas con participación activa o receptiva por parte del paciente (Congreso Mundial de Musicoterapia de Paris, 1974).

La idea básica es reconocer que gran parte de las enfermedades tienen su origen en el cerebro. En situaciones delicadas, este órgano central tiende a trasmitir a una parte del cuerpo un estímulo determinado que incrementa y reproduce una enfermedad.

Con la musicoterapia se intenta crear un ambiente y mandar la energía necesaria para que el cerebro se relaje o anule su acción sobre la enfermedad a través de melodías con las que se puede conseguir efectos sorprendentes.

La musicoterapia actúa como motivación para el desarrollo de la autoestima, con técnicas que provocan en las personas sentimientos de autorrealización, autoconfianza, autosatisfacción y mucha seguridad en sí mismo.

La herramienta sonora más poderosa, según muchos terapeutas del sonido, es el canto de armónicos. A través de nuestras propias voces, podemos proyectar a la parte enferma la frecuencia de resonancia correcta, y devolver su frecuencia normal. Ya lo hacían las culturas indígenas y las civilizaciones más antiguas. Por ejemplo: los mantras Tibetanos se utilizaban, y se siguen utilizando,  para limpiar los chakras, despertar energía, relajarse, etc.

Lo importante el día de hoy es ser conscientes de lo que la música genera en ti y aprender a elegir muy bien las canciones, melodías y ritmos que se quieren escuchar.

Aquí les dejo una lista de obras clásicas y su virtud por si les interesa:

Para prevenir el insomnio:

Nocturnos de Chopin (op. 9 n.º 3; op. 15 n.º 22; op. 32 n.º 1; op. 62 n.º 1)

Preludio para la siesta de un Fauno de Debussy

Canon en Re de Pachelbel

Contra la hipertensión:

Las cuatro estaciones de Vivaldi

Serenata nº13 en Sol Mayor de Mozart

Depresión:

Concierto para piano nº5 de Rachmaninov

Música acuática de Haendel

Concierto para violín de Beethoven

Sinfonía nº8 de Dvorak

Ansiedad:

Concierto de Aranjuez de Rodrigo

Las cuatro estaciones de Vivaldi

La sinfonía Linz, k425 de Mozart

Dolor de Cabeza:

Sueño de Amor de Listz

Serenata de Schubert

Himno al Sol de Rimsky-Korsakov

Dolor de estómago:

Música para la Mesa de Telemann

Concierto de Arpa de Haendel

Concierto de oboe de Vivaldi

Para la estimulación energética:

La suite Karalia de Sibelius

Serenata de Cuerdas (op. 48) de Tschaikowsky

Obertura de Guillermo Tell de Rossini

Maira Ropero

www.mairaropero.com

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