Martes, 21 de nov de 2017
Valledupar, Colombia.

Juan Gabriel Vásquez / Foto: Milton Ramirez Juan Gabriel Vásquez llegó casi puntual a la cita en la oficina de su editora en el norte de Bogotá. Un estrecho cubículo, lleno de libros y revistas que cubren las paredes. Juan Gabriel se sentó en la silla al otro lado del escritorio y pidió un tinto. Ofreció disculpas por la tardanza, un retraso normal en una ciudad caótica, muy parecida a la que describe en sus novelas.

Vásquez nació en Bogotá en 1973, estudió derecho en la Universidad del Rosario, pero descubrió que su pasión era otra. “La revelación de que hacía esto o me moría de la infelicidad me llegó a mitad de la carrera”, dice Vásquez y luego sonríe,” entonces decidí que la terminaba y con el cartón de abogado me iba a hacer un doctorado en literatura, como pretexto para empezar ese tránsito, como pretexto de poder pasar al mundo en el que yo podía tratar de ser novelista”.

Su primera novela la publicó a los 23 años y la tituló Persona, le guarda un especial cariño, no sólo porque con ella hizo su debut en el campo de la ficción, sino porque con la mirada que dan la distancia y la experiencia, aún piensa que esa novela tiene algunos méritos. De la que no le gusta hablar mucho es de Alina Suplicante, su segundo libro, publicado tres años después. “Le faltan muchas cosas para llegar a ser novela”, dice, mientras se acomoda en la silla―, “a mí no me satisfizo el resultado, y te agradezco que hayas seguido leyendo mis libros después de haber empezado con Alina”.

Ahora vive entre Barcelona y Bogotá, hace poco envió su biblioteca en barco, y los únicos que llevó en la maleta fueron los libros de Shakespeare, “para mí él es dios”, dice, mientras le da un sorbo al vaso de café. Sus influencias literarias van desde Vargas Llosa, pasan por Philip Roth, de quien dice, le ayudó a resolver los problemas que tenía para escribir sobre Colombia y llegan hasta Faulkner. Pero entre esos recorridos, dice Vásquez,” hay escritores a los que uno les coge cariño porque le ayudan a resolver un problema técnico”.

Uno de los principales temas de su novelística es la memoria, sus personajes recorren las ciudades desesperados para recobrarla, pero también busca encontrarse con Bogotá. Sus novelas ficcionan la historia del país, en Historia secreta de Costaguana, asistimos al momento preciso de la separación de Panamá; en los Informantes nos damos cuenta de los inmigrantes nazis en el país y en El ruido de las cosas al caer, al inició del narcotráfico en Colombia.

¿Por qué escoges temas relacionados con la historia, especialmente la historia del país?

Lo primero que me gusta decir es que yo no elijo temas, no pienso en esos términos. El punto de partida para un libro no es un tema, es algo mucho más concreto, no es que sienta la necesidad o que crea en la conveniencia de hablar de los alemanes en Colombia o de Conrad en el Canal de Panamá en abstracto. Sino que hay algo mucho más concreto que pasa y siento como parte de mi experiencia y que a lo largo de muchos años se va convirtiendo en una necesidad, sin que eso tenga nada de esotérico. Siento, más bien que mis temas me escogen a mí. Es un proceso muy largo en el que una conversación, algo que vi, algo que supe que le pasó a alguien se va convirtiendo poco a poco en una obsesión y en la columna vertebral de algo más grande.

Lo que pasó con los informantes fue eso. Conocí a una judío alemana que llegó a Colombia con 12 años y me contó algo que le había ocurrido que me interesó mucho, entonces le seguí haciendo preguntas hasta que me contó toda su vida y ése es el origen de uno de los personajes de la novela, que da la estructura al resto de la misma. Mis novelas no salen de consideraciones abstractas sobre un tema, si no de cosas concretas que están ligadas a mi experiencia y a partir de allí, se va creando una especie de obsesión y de ganas de tratar una época en la ficción.

Sus narradores se instalan en situaciones que hacen parte de la memoria colectiva del país. ¿Por qué toma esta decisión narrativa para contar sus novelas?

Creo que es por una sensación de que la historia no nos está diciendo la verdad completa. O más bien es el descubrimiento, que es un poco espantoso, de que la historia, como la conocemos, es un relato, algo que nos han contado. Si aceptamos esa premisa, tenemos que aceptar también que un relato tiene un narrador y que ese narrador tiene unos prejuicios, una agenda política y que ese narrador va a ocultar algunos datos y va a hacer que otros se noten más. Eso es lo que viene del viejo cliché, muy cansón y perdón por eso, de que la historia la cuentan los ganadores o el poder, que es lo que me gusta más pensar a mí. Hay gente que tiene el poder de imponer su versión a la historia. Entonces las novelas se vuelven el espacio en donde podemos confrontar esa versión única, son el espacio para meter un poco de desorden de multiplicidad para dar otras versiones, para levantar la mano y decir no, las cosas no son como las está contando usted.

Y sobre todo las novelas son un espacio en donde puedes, esas son una de las cosas que nos hace humanos me parece a mí, decir las cosas como sucedieron, sino también cómo hubieran podido suceder. Es el terreno de la imaginación, el terreno de lo probable que eso nos enriquece como seres humanos. El totalitarismo se define por no tener más de una versión de la historia. Parte de nuestra libertad, en las sociedades libres es dar distintas versiones, confrontar la versión oficial y creo que la literatura hace muy bien esas cosas.

¿Cómo la literatura reinventa la historia?

Hay algo que la literatura da que la historia no puede dar, Igual al revés. Hay un novelista que es muy importante para mí, E.L. Doctorow, que dice que “el novelista que se ocupa de la historia es simplemente alguien que finge una especie de documentos que en realidad no existen”. El historiador puede contar hasta aquí, porque hasta allí hay documentos y el tipo no se puede ir para allá porque sería un mal historiador. El novelista si puede fingir que hay esos documentos que demuestran que Bolívar fue un mediocre, un tipo enamorado del poder y simplemente eso y escribe La carroza de Bolívar.

Los que nos ocupamos de la novela, los novelistas, somos creadores de pruebas ficticias y eso enriquece la percepción del mundo y eso nos permite a todo, a mi como escritor a ti como lector, no solo conocer el mundo como lo dicta la historia oficial, no solo conocerlo con el lente de lo que pasó en realidad, sino conocerlo con el lente de lo que hubiera podido pasar, con el lente de la versión que cuestiona, digamos la versión monolítica que da el poder y eso es inmensamente provechoso. Esa es una de las grandes justificaciones para seguir leyendo literatura.

¿Qué es el arte de la distorsión?

Eso responde por un lado a la vindicación del novelista. Estamos viviendo una época de la dictadura de lo real y lo literal, y esto lo saben los publicistas, y la mejor manera de que un producto venda, es decir que está basado en una historia real. Eso me aburre profundamente.

Lo que busco en una novela es justamente lo contrario, que me cuente lo que no me cuenta la historia. Esa es la distorsión que yo defiendo. En ese ensayo, yo hablaba de cómo la única obligación de la novela como género es no ser redundante, es decir, no contarte lo que no te puede contar la historiografía, lo que no puede contar el periodismo. Una novela no está para reproducir la realidad. Carlos Fuentes iba más allá, decía crear había que una realidad nueva, completamente autónoma. En Terra Nostra,  Fuentes altera el orden de los reyes españoles. Luego lo llamaron los historiadores a insultarlo por no haber investigado bien, cuando él lo que estaba planteando era una nueva cronología, que tenía implicaciones distintas en la historia de España y Latinoamérica. Y eso que parece una tontería nos recuerda que la historia es una narración y nos enseña un poco a ser escépticos con el relato histórico que nos están imponiendo.

¿Por qué cuenta una Bogotá tan caótica?

Yo me fui de a los 23 años, y tengo una Bogotá muy restringida a ciertas memorias. Como además no viví en Bogotá cuando estaba aquí en Colombia sino en las afueras, entonces la Bogotá que yo conozco es la de los años de universidad, que es además la Bogotá que me interesa por razones emocionales e intelectuales a la vez, la Bogotá histórica. Yo estudiaba a los 50 pasos de donde mataron a Gaitán, estudiaba a seis cuadras de donde mataron a Uribe Uribe, a cinco cuadras de donde casi matan a Bolívar, entonces el centro de Bogotá está muy vivo para mí y ese es mi imaginario y mis novelas vuelven ahí todo el tiempo, y prácticamente no salen de ahí.

¿Cuál es la salud de la literatura en Latinoamérica?

Creo que está muy bien. Hay una preocupación constante por esas cosas. A mí eso me conmueve, pero me parece que en muchos sectores hay un deseo soterrado de que la literatura latinoamericana o colombiana o argentina o peruana de repente se enferme y muera. Mucha gente está deseando eso, para decir que después del Boom no hay absolutamente nada. Yo creo que Alan Pauls, Rodrigo Fresán en Argentina; Alonso Cueto en Perú; Alfonso Barrera Tyzka en Venezuela, no sé seguir hablando de un tipo como Juan Villoro, que tiene una obra muy grande y muy importante. Pero luego leí el viajero del siglo de Andrés Neuman y me parece que es una novela formidable, las novelitas de Alejandro Zambra me interesan mucho. Es decir hay mucho movimiento, mucha vida hay una pérdida de prejuicios de lo que debe ser la literatura latinoamericana. Es decir, el escritor latinoamericano ya se quitó el cinturón de seguridad y ya estamos recogiendo los frutos de lo que fueron las grandes osadías del Boom. El escritor latinoamericano no tiene por qué escribir sobre Latinoamérica, el escritor latinoamericano no tiene por qué escribir sobre la tradición de su lengua. Esas son cosas muy buenas que le han permitido a los escritores de las generaciones como la mía o las que la rodean. De manera que soy muy optimista, el hecho de que pueda, en este momento, nombrar a un escritor por país que está haciendo una obra seria, de calidad, las dos cosas no siempre van juntas, pues es maravilloso.

¿Por qué sus personajes siempre persiguen la memoria?

Porque a mí me preocupa, evidentemente, como individuo privado. Me preocupa y me inquieta mucho que la vida esté hecha de relatos. La idea que tú tienes de ti mismo es un compuesto del pasado de tu país y de tu familia, y eso es muy angustiante, porque somos la creación de días que no conocimos. Entonces no veo cómo pueda llevar una vida razonablemente fértil y satisfactoria sin conocer el pasado. A un nivel social tenemos una tendencia muy grave al olvido, y a eso nos ayudan nuestros gobernantes que están constantemente pidiéndonos que olvidemos cosas o que desconozcamos una parte de la historia o cambiando la historia. Todos, desde la versión uribista de la violencia colombiana que es restrictiva y falsa, hasta la versión chavista de Bolívar que es restrictiva y falsa. Todos están tratando de reconstruir nuestro pasado.

Y ahí creo que la literatura hace cosas muy importantes. La literatura es la que mantiene vivo el pasado y viva nuestra memoria. Sebald, que es un escritor al que admiro mucho, decía que la memoria, en ese sentido, es el espinazo moral de la literatura. Entonces la literatura se construye en ese nervio del recuerdo y el recordar es un acto moral. La literatura se ha resistido a la fuerza del olvido, que es una de nuestras falencias como individuos pero que es algo que nos imponen desde arriba. Si no fuera por algunos libros, no sabríamos muchas cosas de los campos de concentración, por ejemplo. La literatura tiene esa posibilidad de hacer una atalaya contra el olvido.

Alina es la novela que no quiere, ¿cuál es la que más quiere?

Los libros se ponen celosos si empiezas a decir esas cosas, pero yo creo que El ruido, es el que más se parece a la idea que yo tenía del libro antes de escribirlo. Esa es un poco la medida de eso. Creo que uno fracasa cuando la idea original de un libro es tremendamente diferente o superior a la idea original, pero cuando las dos cosas se parecen, entonces ahí puedes decir que estas contento, y El ruido es en donde esa distancia es menor.

¿Qué viene?

Ahora estoy escribiendo una novela, pero llevo muy poco y todavía no sé qué va a contar, no sé esas cosas con anticipación pero siempre parto de una situación y luego voy descubriendo qué es esto que estoy escribiendo, pero todavía no he llegado a eso.

 

Gustavo Bueno Rojas


Acerca de esta entrevista: Esta entrevista fue previamente publicada por el Ministerio de Cultura de Colombia bajo el título “Juan Gabriel Vázquez y las justificaciones para leer literatura”.

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