Lunes, 29 de may de 2017
Valledupar, Colombia.

William OspinaCuando leo un ensayo, me encanta encontrar las emociones de su autor, entender por qué quiso lanzarse en esa aventura, sentir lo que le une especialmente con el tema tratado, y en el caso de “Esos extraños prófugos de Occidente” de William Ospina (Ed. Mondadori, 2012) todo queda bien claro.

El autor colombiano presenta el perfil de algunos de los poetas y escritores que más le han marcado en su infancia. Los expone detalladamente, ligando las vivencias de cada uno con sus escritos, como si hubiese sido testigo de esos momentos tan íntimos  y eso delata su apasionamiento.

En palabras del autor, el fin de esta obra es compartir su entusiasmo por esos personajes y libros que lo acompañaron –y siguen acompañándolo– en los momentos claves su existencia y por qué no, incentivar el mismo sentimiento de amistad que siente con ellos.

Los escritores escogidos por William Ospina responden todos a un perfil parecido. Todos ellos han mostrado un nivel de expresión literaria extraordinario, han revolucionado la literatura de su época, y sin embargo, han sentido la necesidad de dejarlo todo, lanzarse en un viaje inexplicable e ilusorio, o incluso, marginarse y olvidarse de todo lo producido en el campo literario.

Arthur Rimbaud –ese joven francés que huyó hacia el África para emprender un negocio de comerciante– es el poeta que encabeza este listado de extraños prófugos. William recrea todo el contexto histórico y social en el que creció el joven –la revolución francesa inacabada y el espectro de Robespierre–, antes de estudiar el proceso creador de un genio precoz que abandonó la literatura a los diecinueve años.

“Dejó de escribir, como suele decirse, a la edad en que muchos aún no han comenzado. Y a los diecisiete años ya le había dado a las letras francesas una obra maestra: “Le bateau ivre” (“El barco ebrio”) [W. Ospina, p.16].

La admiración del autor no solamente se centra en la expresión madura del joven francés sino también en su capacidad de anteponerse a los hechos y plasmar en muchos versos su propio futuro. Esa faceta ambivalente –reflejada en la imagen de un niño inocente que termina construyendo una obra de una sensibilidad y madurez difícilmente conocida en aquel entonces (y ahora también)– es lo que más seduce y desestabiliza. ¿Cómo tanto talento pudo encontrarse en una persona tan joven?

En el caso del poeta Walt Whitman –“el infatigable y cósmico hijo de Manhattan”–, William hace una defensa férrea, casi activista, de una poesía que ha sido criticada en términos generales por su excesiva inocencia y positivismo. En ella, el autor descubre una obra que intenta abarcar la totalidad de lo creado, que se esfuerza en nombrar todo lo que le rodea, y que al mismo tiempo encarna un ideal de vida.

“Whitman simplemente creyó en el hombre y en su milagroso destino. No necesito soñar con cielos maravillosos porque vio la maravilla en cada gota de agua y en cada árbol y en cada rostro” [p.57]

Así pues,  Whitman fue un prolijo inconformista, pensador independiente que se empeñó en ver en la Grecia Antigua un modelo para occidente y en la muerte una forma de liberación.

En la poesía de Emily Dickinson, William Ospina rescata una fuerza existencial inconmensurable, capaz de derivar los fundamentos de su propia educación. “Hija de puritanos ortodoxos, Emily supo renegar de la fe de sus padres, y durante toda su vida hizo más que apartarse de la sociedad y de la historia de su tiempo”.

La fuerza de la poesía de Emily no sólo radica en los detalles y conmociones que la habitan sino también en el contexto en el que se gestó. Tras las muertes de dos personas con las que mantuvo una relación estrecha (Newton y Wadsworth), la vida de Emily Dickinson quedó totalmente vacía y´, como respuesta, ella optó por encerrarse en la poesía. Esa perspectiva de la literatura como único nexo con la vida es fuente de reflexión y cuestionamiento para William Ospina.

El caso del británico Lord Byron también debe ser comentado. Con el abandono definitivo de su tierra natal a los 28 años (como consecuencia de su carácter rebelde e idealista), el  poeta se entregó a una vida tumultuosa y llena de escándalos. En Venecia, sus peripecias sentimentales llamaron la atención de medio mundo, y sin embargo, su interés iba dirigido especialmente a América del Sur. Su deseo más profundo era el de unirse al ejército de Bolívar para apoyar un movimiento de independencia histórico.

“Tanto habló de aquel proyecto en las reuniones con sus amigos que éstos llegaron a pensar que los sueños guerreros del poeta eran apenas delirios de un dandy que quería pasar de radical”.

Finalmente, la historia quiso que el Lord Byron viajara a Grecia para participar en su proceso de independencia. Su idealismo y compromiso con la libertad lo obligaron a embarcarse a bordo del Hércules el 13 de julio de 1823 rumbo a las islas helénicas y poco después moriría en Misolonghi.

Como conclusión quiero invitar a leer este relato apasionado sobre la vida de estos poetas (y de los que no he mencionado: William Faulkner y Hölderlin), en el que William Ospina recrea los hechos con esa naturalidad y luz que engrandecen las lecturas y los personajes.

También es cierto que el enfoque del autor elude las vivencias de los prófugos en suelo extranjero y la realidad que tuvieron que enfrentar (pienso, por ejemplo, en la experiencia de Rimbaud en África), pero, por todos los detalles que contiene,  este ensayo permite construir un contexto y entender las preocupaciones existenciales de cada artista.

 

Johari Gautier Carmona

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