Lunes, 20 de nov de 2017
Valledupar, Colombia.

Qué envidia te tengo manantial, ¡mírate! siempre igual. Hace mucho te conozco y el tiempo no te ha pasado. Estás lleno de vida, de historias, de secretos. ¿Cómo lo haces? En todo tu recorrido logras mantener ese espíritu joven y atrevido, esa fuerza incesante que te acompaña desde siempre, esas ganas de vivir; esas mismas ganas que hoy me faltan. ¡Mírame condenado manantial, mírame! ¡Ya no soy nada, ya no tengo nada!

Mi vida es una bolsa de recuerdos, y yo, un enclenque inútil que ve pasar el tiempo con dos de sus extremidades en el pasado. El pasado, sin duda mí mejor momento, mi único buen momento. Hoy decanto recuerdos; al hacerlo puedo ver cómo mis venas se marcaban en mi piel, ¡qué buena sensación! Mis cascos azotando el suelo con la fuerza de mi coraje, mis patas apenas rozaban el pasto mientras el azabache de mi piel conquistaba el reflejo del sol. Era imponente. Así como éste valle mi grandeza no tenía medida. Recorrí estas praderas con fogosa libertad, sustituí a mi padre con gallardía y mantuve la unidad de la manada. Fui noble y valeroso. Conocí cada rincón de este lugar. Los pastos más frescos estaban separados para que el gran macho comiera lo mejor. Respiré libertad, abracé la compañía de quienes seguían mis consejos y aceptaban mis órdenes. Los potrancos, herederos de mi linaje, jugaban a imitarme, y aquel que osaba desafiarme sabía que tendría que alejarse de mi valle; mi valle, mi vida, mi bolsa de recuerdos.

Qué mierda, qué mierda tan seca en la que se convirtió mi historia, ¡ah...! Mi historia, un relicario de buenos momentos y de arrogantes encuentros sexuales; monumento a la virilidad, escalera ascendente al triunfo o a una caída en picada, da lo mismo. Mi actividad sexual se reduce a desear lo que no puedo tener, a ver en primavera un par de hermosas hembras pavonearse calurosas entre el pasto florecido. Cuantas ganas de montarlas, de mostrarles que aún puedo dar buenos críos. ¡Dios…! ¡Qué manera de hablar de más, a quién le miento! Con estas patas entumecidas por la edad no podría saltarlas, no podría aunque el olor de su intimidad logre calentar a este remedo de semental.

¡Ay manantial…! Recuerdo cuando conocí el amor. Cómo me gustó; una potranca mora, las ancas más lindas de toda esta pradera, de mirada coqueta y arrogante, de galope agresivo y ligero. Despectiva con los potros que la cortejaban; las yeguas más viejas se ponían celosas, la miraban mal. Nunca le importó, en su mundo de fantasía ella era una princesa y en el mío una reina, una reina que me acompañaría a ser el rey.

¡Como me gustó la condenada…!

Este no era cualquier potro. Toda esta pradera me pertenecía, mi padre era el garañón de la cuadrilla y yo ocuparía su lugar. Qué suerte la mía, qué suerte. Y qué suerte la de ella, todo un portento de semental. Quién podría pensar que terminaría convertido en un escueto ladrón de oxigeno, simplemente el ocupante de un espacio que no le pertenece, o que no pertenece a ningún espacio.

Manantial, ¡viejo amigo! Ojalá tus aguas fueran de whisky para olvidar mi vejez. Me intoxicaría en buchadas grandes y olvidaría tanto mal sabor que me ha quedado en la vida. Correr para escapar no puedo; si pudiera, este mal sabor correría conmigo. Qué ironía, el viento que jugaba a alcanzarme se burla de lo corto de mis pasos. Qué ironía ¡viejo amigo!

Ya ni la parca me quiere, sólo queda quejarme y esperar a que las luces se apaguen del todo. Qué maldita la muerte, me está quedando mal, teníamos una cita y se está demorando. Es probable que no quiera escuchar tanto lamento y por eso no aparece la condenada.

¡Vamos…! Ven por mí, mira que los buitres sobrevuelan mi existencia, miran atentos esperando que mi aliento me abandone, malditos carroñeros, no creo que encuentren carne en medio de tanto hueso.

No quiero prolongar mi sufrimiento, todo está dicho, no aumentaré tu tristeza con este dolor ajeno. Aceptaré con garbo mi derrota, ésta que me propinó el tiempo. Guardaré silencio, esperaré, como lo he estado haciendo, bajo la sombra de este ceibo escuchando a uno que otro pájaro. Armaré un rompecabezas de recuerdo para luego desarmarlo, clamaré perdón al cielo y esperaré a que la noche eterna venga y me guarde bajo su manto.

 

Pepe Morón Reales

Habemos PepeM
Pepe Morón Reales

La Paz (Colombia, 1984). Después de interrumpir su carrera de medicina en la ciudad de Barranquilla, viajó a Bogotá a estudiar comunicación social. Ahí descubre su gusto por el teatro y comienza a introducirse, de a poco, en el mundo de las tablas. En el año 2007 se radica en Buenos Aires para formarse como periodista y combina su aprendizaje histriónico con su fascinación por la literatura.

En el 2009 participa en el concurso de Argentores y Metrovía y abre su primer blog donde intenta mostrar algunos de sus trabajos. A mediados del mismo año comienza a escribir Muerte De Cruz, su primera novela y la publica a finales de 2010.

Los años siguientes se vinculó con Gramática Comunicaciones, encargados de redactar los suplementos de Pymes y arquitectura de los diarios Clarín y Nación.

En el año 2012 se radica nuevamente en Colombia y ahí se prepara para el lanzamiento de su segundo libro llamado El Juego del Ahorcado.

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