Lunes, 20 de nov de 2017
Valledupar, Colombia.

Ernest Hemingway en Cuba / Foto: CubaDebate

 

El otro día, un joven me llamó la atención al decirme que estaba leyendo una obra de un escritor colombiano, Andrés Caicedo. No recuerdo bien cuál era la obra que leía pero, en realidad, lo que más me llamó la atención fue otro comentario de su parte: “La mayoría de los escritores acaban suicidándose o muriendo en condiciones extrañas”.

Enseguida entré a discutir esa idea y no tuve dificultad en enumerar los casos de escritores muertos a una edad tardía, pero él –muy apasionado por el tema de la muerte y la escritura– persistió con dos casos adicionales que me llevaron a la reflexión.

El primero, aunque él insistiera en ello, no tiene realmente vínculo con el suicidio. Se trata de Rafael Chaparro: otro joven escritor colombiano que murió de lupus a los 22 años.

El segundo caso me pareció mucho más pertinente y me estimuló a hacer esta búsqueda que ahora resumo en este artículo literario. La imagen de la escritora Virginia Woolf abalanzándose en el año 1941 en las aguas de un río con los bolsillos llenos de piedras me hizo pensar que tal vez existía una relación especial entre escribir y suicidarse.

Averiguando en las breves biografías de un libro que me ayuda en esos momentos, pude (re)descubrir algunos de los suicidios más sonados de la literatura internacional.

El disparo mortal de Hemingway en la boca en el año 1961 es el episodio que me vino enseguida a la cabeza, quizás por ser el más conocido. Luego siguió el caso de Emilio Salgari quien, atrincherado detrás de las deudas y las contiendas familiares, decidió ponerse un fin honorífico (al estilo japonés) abriéndose el vientre con un cuchillo de cocina.

El gran poeta y novelista italiano, Cesar Pavese, también quedó en los libros por su ingestión impulsiva de 16 sobres de somníferos en un hotel de Roma que le llevó a la muerte el año 1950.

A estas alturas era claro que los ejemplos no faltaban, pero quise seguir y me encontré con otros casos tan intrigantes como el de Stefan Zweig quien huyendo de los nazis con su secretaria Alejandra Pizarnik decidió darse la muerte en Brasil en un suicidio que también tenía un extraño tinte a muerte colectiva y desesperada.

El escritor japonés Yukio Mishima fue durante el año 1970 el centro de un extraño episodio y de una gran polémica. Después de entregar su último manuscrito a su editor “La corrupción de un ángel”, el hombre decidió abandonar el mundo real. Su suicidio evidenció su profundo desencanto e inconformismo con el Japón de la posguerra. Se comentó en múltiples ocasiones que Mishima se había suicidado por honor.

Finalmente, el escritor francés de origen judío Paul Celan decidió acabar con todo y arrojarse al río Sena un día de abril del año 1970. Algunos biógrafos señalan que fue el resultado de una fuerte depresión.

Tras estos ejemplos que abarcan todo tipo de edades y estratos, me quedé impresionado. Es cierto que la muerte de un escritor impacta, pero no podemos atar irreversiblemente la idea de la muerte al arte de narrar historias.

La figura del escritor va ligada ciertamente a la idea de existencialismo, de ideales o, simplemente, de la búsqueda de un sentido, pero enumeremos a los escritores famosos que mueren de manera “natural”  o a una edad avanzada (con los casos recientes de Carlos Fuentes, José Saramago, etc..) y comprobaremos que la escritura también mantiene un vínculo visceral con la vida.

La gran mayoría de los escritores viven para escribir y escriben mientras viven. Sin pensar en acabar con sus días.

 

José Luis Hernández 

La Lupa literaria
José Luis Hernández

José Luis Hernández, Valledupar (1956). Abogado, docente y amante de la literatura. Ofrece en su columna “La Lupa Literaria” una perspectiva crítica sobre el mundo literario y editorial. Artículos que contemplan y discuten lo que aparece en la empresa especializada, pero aplicándole una buena dosis de reflexión y contextualización.

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