Lunes, 23 de oct de 2017
Valledupar, Colombia.

Las calles polvorientas de Sagarriga de la Candelaria, transitadas hasta entonces sólo por recuas de burros y mulas, cargados unos con recipientes llenos de agua y otros con arrumes de troncos de leña, amanecieron de la noche a la mañana ocupadas por vehículos de todo tamaño y uso.

También deambulaba una muchedumbre muy distinta a los lugareños. Las tiendas y cantinas estaban repletas de foráneos, parecía una invasión por gente de distintas costumbres e idiomas. Los lugareños no sabían qué estaba sucediendo, la cantina del negro córdoba estaba repleta y fue el primer lugar donde llegaron para mitigar su sed con cervezas y bebidas gaseosas frías, las mesas de billar también las coparon y empezaron a jugar partidas interminables.

Mientras unos jugaban otros apostaban cajas de cervezas. El perdedor pagaba la ronda a la barra apostadora. Eran hombres blancos de cabellos rubios y de exuberante altura, masticaban chicle permanentemente y lo que hablaban era incomprensible para los propios del lugar.

Súbitamente, entró un hombre alto, de cutis blanco y cabellos rubios, lo que se podía apreciar en la parte postrera de su cabeza que no cubría el casco que llevaba puesto, se paró en medio del salón y habló fuerte para que lo escucharan todos: ok guys, let´s go! (bueno, muchachos, ya está bien, vámonos) . Prontamente, suspendieron lo que hacían. El hombre salió y todos lo siguieron.

Después, en un orden rigoroso, fueron abordando los vehículos. Acorde llegaron, los conductores a un mandato del hombre rubio, encendieron los motores y se pusieron en marcha, una camioneta Dodge Power conducida por el hombre que encabezaba el grupo de carros. Despacio se fueron desplazando hasta salir del pueblo, seguidos por una manada de perros que ladraban permanentemente queriendo morder sus ruedas.

Atrás quedó una polvareda que penetró en las casas, y se fijó en todos los muebles, ropa y utensilios de cocina, dejando un olor a aceite quemado que permaneció por mucho tiempo. En el pueblo todo venteaba a aceite quemado, hasta las comidas preparadas tenían un dejillo aceitoso. Cinco años después cuando el ministro de minas en compañía del arzobispo de Bogotá fue a inaugurar y a bendecir al pozo San José, en la comida brindada por la compañía petrolera, a los ilustres visitantes, todavía se sentía el mismo sabor.

En su discurso, el ministro hizo mención al hecho: “Estas tierras son tan ricas en hidrocarburos, que aquí todo sabe a petróleo, el país entero está atento al gran descubrimiento que de un momento a otro se dará en esta región. Vendrán grandes cambios y Sagarriga de la Candelaria pasará a la historia como el pueblo más rico del mundo”.

Finalmente, después de recorrer unos tres kilómetros fuera del pueblo, se parquearon en una parte despejada de arboles, en el mismo orden como lo hicieron antes. De los camiones fueron bajando: buldóceres, moto-niveladoras, rodillos motorizados y muchos equipos para construir vías.

Un camión con un taladro gigantesco en la parte de atrás era la atracción de todo el módulo, en sus puertas tenía un rótulo que decía: Troco Petroleum Company y aparecía dibujado el camión en plena actividad.

Al día siguiente, empezaron las labores. Se dividieron en dos grupos, unos quedaron en el mismo sitio construyendo un aeropuerto y un inmenso campamento, los buldóceres derribaron algunos árboles secos y troncos que había en el sitio. Después, junto con las moto-niveladoras, empezaron a construir la gran pista, para recibir más adelante a los aviones. Los rodillos iban atrás afirmando el terreno, un carro tanque con regaderas rociaba agua para compactar el suelo.

El otro grupo penetró la parte espesa del bosque. Obreros con machetes y hachas despejaban la maleza para dar paso a los encargados de medir y trazar el área que iban a explotar, de modo que había mucho trabajo por realizar ya que el área era extensa, así que emplearían mucha mano de obra, por eso ocuparon personal del pueblo en diferentes actividades. Surgieron también empleos indirectos que favorecían a muchas personas desocupadas, especialmente a las mujeres, como lavado y planchado de ropa, preparación de comidas y venta de bebidas refrescantes.

Los fines de semana parecía que la población estaba de fiesta. Todos los empleados salían a disfrutar de su descanso, entonces aparecieron los salones de bailes, las cantinas, algunas con servicio de meretrices, como al personal les pagaban en dólares, empezó a circular esta moneda en el pueblo. Al principio, los dueños de negocio no querían recibirla, después entendieron su valor y circuló libremente en el pueblo dándole la similitud en pesos colombianos.

Los dueños de los salones de bailes se inventaron una modalidad para ganar más dinero: invitaban a las muchachas del pueblo a los bailes semanales, con la condición de que cada parejo debía entregarles un vale para sacarlas a bailar. Sin éste, no era posible y, desde luego, el vale lo vendía el dueño del salón. Por cada canción bailada, el parejo tenía que entregar antes el vale a la pareja, pero eso sí, esta no podía negarse a bailar la pieza completa, el hombre se acercaba a la dama y con un ademan sonriente le extendía la mano, le entregaba el vale y le decía: –Miss, can we dance?

Las muchachas aprendieron que también tenían que sonreír y responder al instante –“the pleasure is mine” (el placer es mío) –. En poco tiempo, los visitantes extranjeros aprendieron a bailar la música que les ofrecía el salón y lo celebraban con algazaras resonantes, frases como: –can I have a beer, please? (una cerveza fría por favor)– se volvieron populares.

Sagarriga de la Candelaria estaba viviendo su mejor momento. Los dólares se veían por todas partes, los únicos afectados fueron los ganaderos, que no encontraban personal para realizar sus labores del campo, nadie quería trabajar en esta actividad y, mucho menos, que les pagaran en pesos colombianos. Llegó el momento en que solo circulaba el dólar en el pueblo.

La pensión YADY de la viuda de Pinto siempre estaba llena, tanto en sus habitaciones como en las ventas de comidas, así que para facilitar más la atención al público la viuda le asignó funciones a sus hijos. Su hija Yady recibía los pagos anticipados después del pedido. Para evitar que algunas personas aprovecharan la afluencia y se fueran sin pagar, Chepe, su hijo mayor, se ocupaba de surtir al negocio de carne, especialmente de animales salvajes, como conejos, ñeques, guardatinajas y, de vez en cuando, algún venado sabanero, también traía de la región de Camperucho muchas gallinas, que según su versión, su padrino Pompilio Quiroz, le había regalado cien con la condición de que se las fuera trayendo poco a poco.

Sin embargo, la verdad era otra. Chepe tenía una cauchera a la que llamaba la gitana y no había coclí ni alcaraván que se fuera con vida después que estirara su honda (cauchera). En la pensión Yady, nunca faltaba el sancocho de gallina. Era el plato especial. Adherido a las mesas del comedor había un papel escrito a mano, en inglés y español, donde aparecía lo que ofrecía la pensión para comer: Desayuno --- BREAKFAST: arepa with fried eggs--- huevos fritos, con arepa asada, croun beef and yuca-------carne molida con yuca. Almuerzos--------LONCHES: chicken soup-------- sancocho de gallina, ----- gallina guisada etc.

La afluencia de personas a Sagarriga de la Candelaria era permanente, los aviones y helicópteros aterrizaban en el aeropuerto El Can, como así lo denominó la compañía petrolera, por la cercanía a un pueblo de ese mismo nombre. En un principio, los muchachos corrían para ver a los aviones aterrizar y decolar, pero esto se volvió tan común que ya no les causaba ninguna impresión. La exploración continuaba y por donde iban pasando dejaban mojones con rótulos de la empresa petrolera –troco petroleum companu.

En una de sus andanzas, Chepe Pinto observó que un pájaro cucarachero volaba con algo blanco en el pico, lo siguió con su vista sigilosa de cazador y vio cómo se metió en su nido. Se acercó y, con una vara de guácimo que cortó allí mismo, empezó a desbaratarlo para ver su interior. Logró precipitarlo por partes y, al examinar su interior, se encontró con lo que buscaba, era un billete de un dólar, estaba en buen estado, sin signos de maltrato por la lluvia o la exposición al sol.

Lo tomó y su emoción fue tan grande que comenzó a correr y a gritar: nojodaaaaaaa nojodaaaaaaaaaaaa…, aquiii… en Sagarriga de la Candelaria hasta los cucaracheros son millonarios. En su loca alegría, llegó a la pensión Yady gritando lo mismo, y emocionado contó su aventura que escucharon atentamente los comensales que se encontraban en ese momento allí.

Sorprendidos, no daban crédito a lo que Chepe decía. Muchos, cautelosamente, se fueron parando de sus sillas e iban abandonando el lugar. De modo que la noticia se regó como pólvora en el pueblo, al poco rato bandadas de muchachos y adultos salieron en busca de cuanto nido de cucarachero encontraban para destruirlo y buscar en ellos los codiciados dólares. En pocas horas también llegaron vehículos repletos de gente procedente de los pueblos vecinos atraídos por el hallazgo de Chepe Pinto.

Llegó tanta gente a Sagarriga de la Candelaria que era difícil andar fácilmente por sus calles. La codicia, la desesperación y el andar se notaban en ellos. El inspector Hernando Alí, tuvo que intervenir en varios encuentros, donde un bando con otro se disputaban un nido, dándole la razón a quien demostrara que lo había visto primero.

Los comentarios en las esquinas y sitios concurridos eran: que la compañía Trocco Petroleon Company disponía de una bodega repleta de dólares para pagar a sus empleados y comprar el preciado líquido a los dueños de terrenos y, de allí, los cucaracheros sacaban los dólares para construir sus nidos.

La destrucción de nidos duró aproximadamente dos semanas y los buscadores de dólares solo encontraron en ellos mudas de pieles de culebra, pelos de caballo, trapos viejos y plumas de gallinas. Desilusionados, abandonaron el pueblo renegando de Chepe Pinto y pensando que todo había sido una inventiva suya para distraer a los demás muchachos.

Lo cierto fue que el alboroto causado por los nidos de los cucaracheros y la posterior frustración de los buscadores de dólares trajeron a Sagarriga de La Candelaria un problema nunca visto antes: los cucaracheros despojados de sus nidos no dejaban dormir a nadie, especialmente a los niños. Se acercaron al pueblo y se posaron en los techos de las casas. Eran muchísimos y cantaban todo el día y toda la noche, con un piar penumbroso, largo y triste, como si atisbaban algo grave que comenzaba para el pueblo.

Solo Chepe Pinto, como cazador experimentado, ingenió una manera fácil y eficaz de ahuyentarlos. Después de cazar y degollar varias iguanas, las colgó muertas en las esquinas del pueblo de modo que el sol y el viento las descompuso a las pocas horas, lo que agradó a muchos gallinazos que atraídos por el hedor de la carne se lanzaban en picada buscando su delicioso y “aromático bocado”. Esto asustó tanto a los cucaracheros que huyeron despavoridos creyendo ser presa fácil de estas aves de rapiña.

La noticia esperada por todos al fin se dio. La compañía petrolera había descubierto un gran yacimiento en la finca San José. Según el decir general, sería el pozo petrolero más abundante del mundo. El futuro de Sagarriga de la Candelaria estaba asegurado. Fue así como a los pocos días aterrizaron en el aeropuerto el Can, varios aviones y helicópteros militares, trayendo a ilustres visitantes que llegaron a promover y a bendecir al pozo San José. El arzobispo de Bogotá, Crisanto Luque, dio en su bendición gracias a Dios y a la virgen de la Candelaria patrona del Pueblo por el milagroso hallazgo. El ministro de minas y petróleo, Pedro Nel Rueda Uribe, excusó al presidente y expresó que vino en su representación,  -“ el general Gustavo Rojas Pinilla, presidente de la republica de Colombia, quería estar con nosotros en este día tan importante para el país y para la región, pero sus múltiples ocupaciones gubernamentales no se lo permitieron, pero aquí estamos en su representación para anunciar a el país, que Colombia entera está de pláceme, y su economía se disparará con este nuevo hallazgo que será en un futuro no lejano, orgullo patrio, lo que le permitirá al gobierno comprometerse en mega obras para el progreso nacional”.

Varios meses después de esa visita de personalidades del gobierno, y del arzobispo de Bogotá, algo fuera de lo común sucedió con la compañía petrolera. Los campamentos fueron desarmados y los camiones cargados con todos los equipos de su llegada. Abandonaron al pueblo en el mismo orden como lo habían llegado a conocer, seguidos por una jauría de perros que ladraban sin cesar tratando de morder sus ruedas.

Los comentarios en las esquinas y sitios concurridos eran desiguales. Unos afirmaban que sí era cierto que el pozo san José era abundante pero que el petróleo encontrado allí, no tenía la calidad que requería la empresa para su explotación. Los más positivos afirmaban que la compañía regresaría muy pronto con el equipo adecuado para empezar la explotación del pozo, pero la mayoría del pueblo afirmaba que el fracaso se debía al castigo de los cucaracheros con su canto melancólico tras la destrucción de sus nidos.

Sagarriga de la Candelaria cayó en desgracia, los dólares dejaron de circular, los pocos que quedaban fueron comprados a muy bajo precio por Billy Neuman, un polaco que apareció en el pueblo buscando goma de bálsamo y pieles de animales salvajes. Los grandes salones de baile quedaron reducidos en cantinas, y sus clientes eran hombres de otros departamentos que llegaron  a trabajar al lugar atraídos por el cultivo del algodonero que prometía ser la nueva salvación.

Estos acabaron con el baile del “vale” e impusieron el famoso baile del barato, donde la pareja en pleno actividad podía ser interrumpida por cualquier espontaneo que quería bailar con la mujer. El hombre se acercaba y decía: -compa, un barato- y ni el hombre ni ella podían negarse a la petición del nuevo parejo, de modo que una mujer podía ser requerida a bailar en una misma pieza musical por muchos hombres.

Los años pasaron y nunca se supo lo que realmente encontró la compañía petrolera en el pozo San José y porqué lo abandonaron sin explicación, sólo se hace mención a ella cuando algún extraño pregunta, ¿por qué el pueblo huele a aceite quemado?


Arnoldo Mestre Arzuaga

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La narrativa de Nondo
Arnoldo Mestre Arzuaga

Arnoldo Mestre Arzuaga (Valledupar) es un abogado apasionado por la agricultura y la ganadería, pero también y sobre todo, un contador de historias que reflejan las costumbres, las tradiciones y los sucesos que muchos han olvidado y que otros ni siquiera conocieron. Ha publicado varias obras entre las que destacamos “Cuentos y Leyendas de mi valle”, “El hombre de las cachacas”, “El sastre innovador” y “Gracias a Cupertino”.

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