Sábado, 25 de mar de 2017
Valledupar, Colombia.

Cien años de soledad en AracatacaEn la costa Caribe de Colombia, al sur de Santa Marta, la ciudad de Aracataca desprende un intenso perfume a mango y guayaba.

La ciudad que vio nacer al premio Nobel de literatura, Gabriel García Márquez, se estanca en el tiempo, revive la obra del escritor, palpita con cada metáfora, y hace de las obras más conocidas del autor una realidad innegable.

Todo invita a la inmersión literaria. El color vivo de las casas, la diversidad de sus gentes, la parsimonia de sus calles o el tren que la atraviesa a cada hora. En sus más pequeños detalles reside la magia de una obra inmortal.

El misticismo de la realidad

Nos detenemos ante al monumento consagrado a la obra “Cien años de Soledad”. El mítico libro esculpido en la piedra, reflejo de las maravillas de una ciudad inventada, y observamos el vacío que la envuelve. No figura ninguna placa. Ninguna mención a Gabriel García Márquez, el Coronel Aureliano Buendía o Úrsula Iguarán ––personajes memorables del autor––. Todo está por descubrir o por imaginar.

Detrás de ese monumento solitario, suena un viejo tema vallenato en los altavoces de un bar con terraza. Descubrimos a un hombre con un sombrero volteao´, sentado en una silla de plástico, sorbiendo una cerveza Águila que no parece tener fin.

Un suspiro. Una leve sonrisa y entendemos que Aracataca no necesita pancartas ni señales para recrear el Macondo del genial escritor. Está en todas partes. En el aire. En las miradas. En el sonido de sus ritmos cadenciosos. En el tiempo detenido. Y en la estación de tren desértica. Allí nos dirigimos para presenciar la llegada del “tren amarillo” que, como describe Cien Años de Soledad, “tantas incertidumbres y evidencias, y tantos halagos y desventuras, y tantos cambios, calamidades y nostalgias había de llevar”.

Los 120 vagones del tren atraviesan la ciudad con un rumor nostálgico. Cinco minutos de una imagen estancada en el tiempo. Ya no es el tren de la United Fruit Company, la empresa bananera que marcó la vida de esta zona a principios del siglo XX, con sus trabajadores, sus luchas sindicales, sus bonanzas y masacres.  Ahora, pertenece a Drummond, una empresa carbonera americana, que recrea un espejismo bien anclado en el presente.

Al desaparecer, vuelve la calma. Una mujer embarazada, hermosa y morena, cruza la vía con su sombrilla. Unos niñitos recorren el trazado de las vías y esparcen sus risas como una brisa de otoño. La ciudad vuelve a la vida después de contener la respiración.

La omnipresencia de un genio

Estación de tren AracatacaAquí vivió Gabo durante 8 años. Sus obras se han nutrido de los recuerdos, anécdotas y leyendas que pueblan este lugar único y, sin embargo, tan característico de la región caribeña. Cerca de la plaza, a escasos metros de la casa del telegrafista, adonde trabajó el padre de García Márquez, unos niños indígenas se bañan debajo de un chorro de agua causado por la lluvia repentina. El libertador, Simón Bolivar, se mantiene impasible sin hacer caso a la intemperie. La estatua que lo representa nos recuerda “El general en su laberinto”.

En estos lugares, nacieron algunos de los pasajes de “El amor en los tiempos del cólera”, inspirados en la relación apasionada de los padres del autor y en un decorado colonial y decadente. Observamos una pareja enamorada. Ella se mantiene en frente de él, elegante y seductora, se arrima a una sombrilla con un coqueteo que no puede ser otro que el caribeño, y él la divisa, sentado sobre el carrito con el cual pasea a los turistas. Destellos de un romance aún por escribir, o quizás ya escrito en alguna novela del premio nobel.

Sin detenernos ante los numerosos restaurantes de la plaza que ofrecen chicharrones, churrascos y otras especialidades de la zona, nos dirigimos a la Casa Museo de Gabriel García Márquez. Es quizás la forma de encontrarnos con el escritor después de haber conocido lo que inspiró su obra. El sol aplastante nos incita a buscar la sombra y, después de unos metros, descubrimos la reconstrucción del lugar en el que Gabo pasó su juventud.

El museo no está exento de polémicas. Renovado en 2007, trata de ilustrar la infancia del escritor colombiano y dar un espacio a cada uno de los elementos que han hecho de él un gran cuentista universal. No obstante, la cabaña de los indios guajiros en el patio de la casa es lo único original. Lo demás son aproximaciones que dan una idea vaga de cómo Gabo se relacionaba con la mansedumbre, sus abuelos, el lugar en el que dormía. Un cuento construido sobre una leyenda. Sensaciones de una época desvanecida.

Si Macondo alimenta la fama de la ciudad de Aracataca, García Márquez se ha vuelto uno de sus principales fantasmas. Está en todas partes pero nadie lo ve. El camarero de un restaurante cercano nos habla de él con algo de resentimiento: “Nosotros, los cataqueños, lo queremos mucho, aunque él no se acuerda de nosotros”.  Sus palabras sorprenden y aluden a las pocas visitas del autor desde que se le concedió el premio en 1982.  “Además, esta casa no tiene nada de original. Cuando vino Gabo a visitarla dijo que no era la suya. No la reconoció”. Otros comentarios que alimentan un relato mágico en continua construcción.

Ya alejándonos de Aracataca, en dirección de Fundación, Macondo se hace más visible. Un último cartel nos recuerda la presencia del escritor y en las vías, después del grito de una sirena, volvemos a ver ese tren que arrastra la hojarasca. Ahora, sólo nos queda volver a la lectura.

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