Martes, 12 de dic de 2017
Valledupar, Colombia.
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Con el paso de los años la gozosa fiesta de la Navidad (del lat. nativitas) ha ido planteando en mí una serie de interrogantes. Los dos que más me acicatean son, en primer lugar, ¿qué celebramos en Navidad? Y en seguida, ¿qué es lo que celebra el mundo de hoy durante la Navidad? Para intentar dar respuesta a estas preguntas he tenido que hacer mi propio recorrido exegético.

Desde esta perspectiva he concluido que quien quiera decir que cree -con plena conciencia- en Dios; es decir, en el único Dios que se ha manifestado a la humanidad por medio de un pueblo (Israel) y una persona (Moisés) concretos, debe confesar su convicción de creer en lo que ese Dios ha revelado. Ha de creer, pues, en los patriarcas del pueblo judío (Abraham, Isaac y Jacob), con quienes pactó una alianza de mutua fidelidad expresada en una predilección inexplicable.

Lo mismo pudo haberse revelado al mundo a través del pueblo arhuaco, en la Sierra Nevada, o de los mayas, en Palenque, de quienes tanto hemos oído últimamente. Pero Dios, “El que es”, como se identificó a Moisés, escogió a los descendientes de Abraham: los israelitas. Y luego, rota la alianza por parte de los israelitas, quiso Dios por medio de los profetas, anunciar la renovación de su alianza, porque su fidelidad dura para siempre (Sal. 117, 2), en la persona del Ungido.

Hemos de creer, entonces, en la íntima comunicación de Dios con los patriarcas, a quienes se revela como Padre y Creador, de la cual brota la tradición oral que con el paso de los siglos habrá de vaciarse en la concreción de un texto que hoy conocemos como el Antiguo Testamento. Y hemos de creer también en los profetas, a los cuales Dios envía como mensajeros de la llegada del Mesías. Patriarcas y profetas son los dos pilares sobre los que descansa la revelación divina.

Y esa revelación alcanza su punto máximo cuando el Ungido, el Mesías, Jesús de Nazareth, el Hijo de Dios, se hace persona visible a los ojos del mundo. Él mismo dirá: “Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre (Jn. 14, 9)”. Y el apóstol Pablo dirá que “el Hijo es imagen visible de Dios invisible (Col. 1, 15)”. Aquí está la respuesta a mi primer interrogante: la Navidad celebra la encarnación y el nacimiento del Hijo de Dios, engendrado -no creado- por el Padre, por quien todo fue hecho, en el seno de su incalculable eternidad, y nacido de una Virgen, que señalaron también los profetas (Is. 7, 14), siendo Cirino gobernador de Judea (Lc. 2, 2. - Aprox. 6 d.C. según el historiador Josefo).

Ahora bien, la importancia de esto estriba en que Dios quiso hacerse hombre para acercar a la humanidad hacia Él por medio de Jesús, su Hijo. Varias veces, Jesús anuncia a quienes le siguen, y en especial a sus discípulos, que viene a cumplir una misión: hacer la voluntad del Padre “que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad (1 Tim. 2, 4)”. Esto no es otra cosa que el conocimiento pleno de Dios, pues el mismo Jesús dirá también: “Al Padre no lo conoce sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar (Mt. 11, 27)".

Para prolongar su misión en el tiempo, una vez hubiera Jesús regresado a la casa del Padre, se valió de los doce amigos que escogió como colaboradores cercanos, y a los cuales instruyó, hizo testigos de sus obras, y prometió el Espíritu que da todo entendimiento. Esos doce, con las distintas comunidades que ellos fueron formando en el entonces mundo conocido: la primitiva iglesia, y las que la predicación ha constituido en el mundo entero son lo que hoy llamamos Iglesia Católica Apostólica Romana. Católica: universal (del griego katholikés). Apostólica: fundada sobre la fe de los apóstoles. Romana: unida al magisterio del Obispo de Roma, sucesor del apóstol Pedro.

En miles de páginas se puede tratar ampliamente los desaciertos, errores, descalabros e infamias de una institución regida por seres humanos. Pero Jesús le prometió su compañía y la asistencia de su Espíritu Santo. Y en el non prevalevunt con que se despide terrenalmente de los suyos, asegura la permanente construcción del reino de los cielos sobre la tierra. ¿Acaso hay otra institución global que construya decididamente ese reino en tantos colegios, universidades, hospitales, leprosarios, geriátricos, y obras de apostolado laical? Y todavía hay quienes aseguran -con Judas Iscariote- que el hambre desaparecerá de la tierra cuando la Iglesia entregue La Pietá y todo el arte universal, que es patrimonio de la humanidad, a manos particulares.

En 1054 la Iglesia afronta su primer gran cisma: los obispos orientales se separan de la sede romana por disensos en la interpretación de la autoridad apostólica. Pero el golpe más contundente lo recibe en el siglo XVI con la reforma luterana. No mucho tiempo después, Lutero comentaba a su secretario con cierta preocupación la desazón que le producía la mala interpretación de sus tesis reformistas entre sus seguidores.

En efecto, al enseñar la libre interpretación de la Escritura, daba pie para que cada cual pudiera manejarla y servirse de ella a su antojo. Esa es la razón por la cual Martín Lutero, que dio vida a la iglesia luterana, vio cómo a medida que se acercaba el final de sus días proliferaban los calvinistas, liderados por su antiguo compañero reformador -Calvino-, con quien se había disgustado, y por lo menos otras seis confesiones más, distintas y contradictorias entre sí. De ahí en adelante, todo el que quisiera armar toldo aparte, constituía su respectiva iglesia hasta desembocar en los cultos de garaje que hoy pululan en cada barrio de nuestras ciudades.

Pareciera que voy descontextualizando mi punto de inicio, pero en verdad que no. Lutero, al prohibir el recurso a las imágenes negó a los suyos la posibilidad de simular el Nacimiento. En el siglo XII, san Francisco inventó el pesebre, como una manera de honrar el misterio sublime del nacimiento de Jesús. Empero, el ser humano se mueve con base en estímulos, y los estímulos visuales son verdaderamente efectivos porque garantizan la permanencia en los sentidos de la impresión que suscitan. Fue así como los protestantes dieron en adornar abetos iluminándolos con velas, para simular así el cielo decembrino visto a través de los árboles cubiertos por la nieve: surgió así el árbol de Navidad, que no es otra cosa que una imagen.

Debo aclarar, para evitar confusiones, que no tengo nada en contra del árbol de Navidad. En cambio, sí estoy muy en contra de la superficialidad en la que se ha quedado la celebración actual de nuestra Navidad, y aquí está la respuesta a la segunda pregunta: No es ni de lejos la venida del Hijo de Dios a la tierra lo que celebra el mundo de hoy durante la Navidad. El impulso consumista sacó de nuestros hogares el tradicional pesebre para sepultarlo bajo los destellos ilusorios del adorno y las lentejuelas.

Árboles pomposos, lazos primorosamente elaborados, muñecos de nieve, renos, cascanueces terroríficos, ángeles que parecen hadas o hadas disfrazadas de ángeles. Vanidad en fin… arrasó con el encanto de nuestras más puras tradiciones navideñas. Hasta la secular Novena de Aguinaldos, compuesta por el padre Fernando Larrea, sencilla en su composición pero profunda en su contenido, con la cual se animó la novena del Nacimiento durante decenios en los hogares colombianos, fue convertida por la Conferencia Episcopal de Colombia en una adaptación informe y de versos disparejos, donde se habla hasta del conflicto armado. Como si no estuviéramos manidos los colombianos oyendo hablar de tanta violencia.

El espíritu actual es de nuevo el de aquella Belén agreste que cerró sus puertas al Niño Jesús y obligó a su Madre a parirlo en una pesebrera. Los más románticos, parecemos no tener mucho sitio en el marasmo de tanto pensamiento light. Pero los que nos empeñamos en mantener viva la llama de la tradición esperamos al menos que el auténtico espíritu navideño, el que envolvió a los pastores en la refulgencia de su luz, nos permita a todos hacer nuestra la exaltación del ángel: “Paz a los hombres de buena voluntad (Lc. 2, 14)". ¡FELIZ NAVIDAD, QUERIDOS LECTORES!

 

Armando Arzuaga Murgas

Golpe de ariete
Armando Arzuaga Murgas

Nacido en San Diego de las Flores-Cesar, 1982. Profesional en Lingüística y Literatura de la Universidad de Cartagena. Poeta, investigador y gestor cultural. Miembro del Café Literario de San Diego, y adscrito a la Red Nacional de Estudiantes de Literatura y Afines-REDNEL. Tallerista sobre expresión oral y creación literaria. En el año 2010 ganó el Premio Departamental de Cuento Corto. Desde el 2009 es coordinador del Centro Municipal de Memoria de San Diego-CEMSA, entidad que impulsa la declaratoria de “Bien de Interés Cultural del ámbito local” a la Ermita de Santa Ana de los Tupes. Dicha gestión en defensa del Patrimonio Cultural lo llevó a integrarse a la Fundación Amigos del Viejo Valle de Upar-AVIVA, donde funge como secretario. Es columnista del periódico virtual Panorama Cultural y colaborador habitual de algunos medios locales.

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