Viernes, 17 de nov de 2017
Valledupar, Colombia.

Rolando Ochoa [Archivo Panorama Cultural]La cita no ha iniciado, pero el invitado ya está presente. Rolando no es de los que llegan tarde, todo lo contrario. Sentado en el sillón de terciopelo central de la sala de conferencias de la biblioteca Rafael Carrillo, el hombre contempla con minuciosidad, espera, sonríe, se alza y saluda a los espectadores que van entrando al cuenta gotas.

Así es el músico que todos conocemos y que acompaña a Silvestre Dangond en los escenarios más conocidos de Colombia y latinoamérica: un excelente artista y también un gran anfitrión.

Rolando me regala un abrazo. “¿Qué tal, hermano?” Le pregunto cómo va ese último CD y le recuerdo la anterior charla con el motivo del homenaje a su padre, Calixto Ochoa. “Es bueno poder verte en un escenario como éste”, le digo y el acordeonista asiente. Evidentemente, comparte mi punto de vista. Se siente a gusto.

A los pocos minutos, después de una foto social para alguno de los periódicos de Valledupar, Rolando Ochoa empieza a hablar de su carrera y explica cómo ha llegado a ese escenario destacado de la música. “Cada uno es bueno en su campo –expresa con humildad–. Nadie es insignificante”.

Esa reflexión descubre de inmediato la dimensión humana del artista. Rolando Ochoa reconoce el valor de cada quien en este mundo. Todo ser humano tiene su talento y su  capacidad de trascender, sea albañil, músico o financiero.

En sus manos coge al instrumento que lo acompaña a todas partes: el acordeón. Lo sostiene como si fuera un hijo, un compañero de mil batallas, y lo trata de “muchacho”. “Gracias a él entré en un colegio”, explica. El director de la escuela de aquella época vio en él un talento que podía servir al colegio y el destino hizo el resto.

Rolando Ochoa es de esas personas que brillan por lo que hacen, que creen en lo que hacen y lo llevan hasta la última de las consecuencias. Su tesoro se concentra en las manos y en el corazón. Vive para la música y lo admite abiertamente: “Yo soy malo pa´ la escuela –luego añade–: No doy ni pa´ decirte la capital de un país o encontrar la raíz cuadrada de cuatro”.

Esta confidencia nos aporta una luz de simpatía. Rolando es un artista que no duda en llamar las cosas por su nombre, un hombre sencillo y realista que tiene muy claro cuáles son sus fortalezas. El acordeón es una de ellas. Y ganarse el público, otra.

A Rolando le gusta contar sus anécdotas. Lo hace imitando la voz de sus protagonistas y creando una trama que alarga la historia y genera un profundo interés. Entre esos relatos que me llamaron la estación está el de la primera canción que compuso. Fue un tema “tan feo, tan feo” que Rolando no quiso nunca memorizar el nombre. Sin embargo, recuerda que todo nació a raíz de una conversación con su madrina Gladys Torres quien le dijo: “¿Por qué no compones? Hijo, póngase a componer como su papá”.

Lo que vino poco después fue una composición maravillosa llamada “Las cosas de la vida”, y grabada por Iván Villazón. “Eso me dio mucha confianza –exclama Rolando–. ¡Salté de alegría cuando vi el título y mi nombre en el Cd!”.

Rolando Ochoa es todo emoción y, si es cierto que nos invita a reír con algunas historias sacadas de su infancia, también nos hace reflexionar sobre las grandes dificultades que atraviesa un artista en su recorrido. Su separación con Martín Elías fue uno de los momentos más duros que conoció el acordeonista.

“Cuando le dije a Martín Elías que me iba con Silvestre Dangond, lloramos –explica Rolando–. Recuerdo que me encerré en el cuarto un rato y lloré. Él me dijo que no me fuera y yo le dije que no era imprescindible”.

Un artista debe saber tomar decisiones contundentes en su camino y, sobre todo, nunca dejar de experimentar. Rolando tiene muy claro estos dos conceptos y, quizás por eso, se encuentre donde está ahora.

Si le preguntan por su padre Calixto Ochoa, si piensa algún día alcanzar o superar su nivel de composición, Rolando sonríe. La humildad se impone: “Nunca voy a superar a mi papá –manifiesta–. No es por menospreciarme. Para mí es un orgullo ser hijo de este señor. Lo único que puedo hacer es hacerle sentir orgulloso de mi legado”.

Con un “Mensaje de esperanza” interpretado magistralmente, el músico cierra la cita y expone a los ojos de todos que crecer siempre es posible, y que eso se consigue creyendo en sí mismo y en las oportunidades que nos brinda la vida. El resto queda expresado en las notas melodiosas de su “muchacho”.

 

Johari Gautier Carmona

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