Domingo, 24 de sep de 2017
Valledupar, Colombia.

Reichel Dolmatoff / Foto: Banco de la RepúblicaComo seguramente les habrá sucedido a muchos colombianos, yo también recibí la información triste del maestro Gerardo Reichel-Dolmatoff como un puñetazo en la cara, y me desplomé sobre una butaca en estado de perplejidad total.

Me refiero, por supuesto, a las pruebas, aún fragmentarias, pero irrefutables, con que el antropólogo Augusto Oyuela-Caicedo demuestra que Reichel-Dolmatof fue un nazi en su primera juventud.

Las revelaciones fueron hechas el pasado 18 de julio, con ocasión del 54º Congreso de Americanistas, celebrado en la Universidad de Viena, Austria. Oyuela-Caicedo no deja espacio para la duda. Las evidencias son abrumadoras. Reichel-Dolmatoff fue miembro del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán, sirvió en la Schutztaffel hitleriana, hizo parte de la guardia personal de Adolfo Hitler y entrenó guardias en un campo de concentración.

El caso, ciertamente, es muy polisémico, y resiste muchas lecturas. Por tanto, mientras aparecen los necesarios contextos académicos que todos esperamos, queremos esbozar algunas consideraciones sobre la dimensión humana de este científico eminente. Estamos ante el retrato feroz de un hombre que en cierto punto de su camino, asqueado por la que había sido su vida hasta ese momento, tomó la decisión de juzgarse, sentenciar su pena de muerte, matarse en vida y, posteriormente, dedicar el resto de sus días a reinventarse, a renacer, a purificarse, tratando de escapar al dedo implacable de su propia conciencia.

Ya lo sabemos. Las pesquisas de Oyuela-Caicedo manifiestan que Reichel-Dolmatoff no logró eludir su pasado tenebroso. Sin embargo, al observar la obra descomunal que este hombre fraguó, en un intento por abreviar el peso de sus yerros y desatinos, se nos ocurre pensar que el maestro quizá alcanzó a dormir en paz algunas de sus noches finales.

No seamos ingenuos. Las empresas científicas que este hombre realizó en Colombia tienen el sabor áspero de la redención. Jamás sabremos si logró exorcizar los demonios que lo fustigaban. Lo que sí resulta patente es que les presentó batalla sin cuartel hasta convertirse en la antípoda del monstruo incipiente que alguna vez pudo haber sido.

Tratemos de ser recíprocos por un instante. El drama de este hombre, que tantas décadas de reflexión le dedicó a nuestras culturas amerindias, bien se merece un minuto de reflexión.

Que fue repulsivo lo que hizo en sus primeros veinte o veinticinco años de vida, bajo el nombre original de Erasmus Gerhard. Sí, efectivamente. Lo fue. Él fue el primero en reconocerlo. Y la prueba de ello fue la muerte que le dio a ese Erasmus Gerhard, acabando con su nombre, cancelando sus propósitos matrimoniales, abandonando su país, dejando atrás a su familia, cambiando de profesión y rompiendo con todo lo que pudiera recordarle su vida anterior. Ese asco le dio la fuerza para saltar el mar y buscar un lugar para parirse a sí mismo.

A diferencia del desdichado Erasmus Gerhard, el voluntarioso Gerardo Reichel-Dolmatoff sí tuvo el control, el albedrío y la lucidez suficientes para decidir dónde nacer. Ese lugar fue Colombia.

Lo que pasó después todo el mundo lo sabe. Ahí está su faena. ¡Quien llegó aquí buscando parirse a sí mismo, terminó diciéndonos a todos cómo fue parido este país! ¡Quien llegó aquí en pos de reivindicación personal, terminó regalándonos una reivindicación nacional, a través de nuestro pasado amerindio!

Quizá haya alguien que afirme que su forma tenaz de trabajar en lugares distantes, al amparo de pueblos remotos y desconocidos, no fuera más que otra forma de su fuga perenne. Si fue así, ¡cuántos hallazgos y reencuentros se produjeron en esa fuga afortunada! Quizá haya alguien que sostenga que los tantos libros que escribió (33 en total) no fueran más que una forma de acallar sus oscuros pensamientos. Si fue así, ¡con qué palabras luminosas nos liberó de las penumbras! Y, finalmente, quizá haya alguien que estime que su exacerbada valoración de la pluricultura, de las minorías étnicas y la exaltación de la diferencia no fuesen más que su forma personal de desactivar su antigua militancia nazi. Si fue así, ¡cuán enaltecedora fue su faena de auto rescate!

El hombre que allá en Europa participó en un proyecto genocida, acá en Colombia se reveló como un gran humanista. El que allá despreció la diferencia, acá exaltó la diversidad. El que allá como nazi experimentó la locura, acá como antropólogo halló su medicina. El que allá fue entrenador de guardias en los campos de concentración y, por consiguiente, maestro de asesinos, acá fue entrenador de antropólogos y, por consiguiente, padre de humanistas.

En lo que mí concierne, creo que el maestro Gerardo Reichel-Dolmatoff lo hizo bien. Su historia, como la de muchos hombres grandes, es un cuento que empieza triste, pero es una epopeya que termina feliz. El cuento triste comienza diciendo que allá este hombre nazi fue el hijo de la eugenesia. La epopeya feliz termina afirmando que acá en Colombia este humanista fue el padre de la antropología.

 

Plinio Parra

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