Cine

Parásitos: un plato de vergüenza, con ironías y un ciclo de repetición

John Harold Giraldo Herrera

23/01/2020 - 05:40

 

Parásitos: un plato de vergüenza, con ironías y un ciclo de repetición

 

Cuando el cine es para dejar de comer crispetas y olvidar la bebida, y se convierte en una dosis de pensamiento y de hostigamiento a aquello que somos, entonces nos sacude y se convierte en propuestas sociales y políticas.

El cine es diversión, para ello fue creado, la imagen moviliza un arsenal de motivaciones y nos comunica con sensibilidades y seducciones, sin embargo, esa re-creación puede ir a un hecho esencial: el ser, el somos. Posibilita retratos o un reflejo (desde la perspectiva psicológica) de aquello que hemos engendrado. El modo de relacionarnos con la pantalla grande es de una intimidad avasalladora, hurga, sacude, se entromete y por eso cuando lo que vemos puede aparentar una de las circunstancias de la existencia, nos cuesta más trabajo asumir lo que vemos, porque nos delata. Parásitos, en cambio, nos devuelve, nos atrasa y nos dice que nos encontramos en un estado de animalidad.

Y eso es lo que hace Parásitos, escarba desde el inframundo y nos golpea sin sutilezas, con un bocado de cinismos y desventuras, dejándonos ver lo que ocurre a una familia que no tiene de qué sobrevivir, como condenada al sótano y la otra, vive en la cima, con un aire de desenfreno por el capital. Del lado de la miseria hay innovación y deseos y de la orilla de la opulencia hay vacíos y un castillo de arena. Cuando una gente busca gratis wifi para encontrarse con alguna novedad y otros son quienes diseñan lo que nos mantiene sedentarios y anclados, entonces podría hablarse de brechas, que también dicen que la creatividad se desarrolla para gestar un plato de comida, mientras que los otros hacen arte cada día con el performance de comer. El capitalismo parece haber incubado pesadillas en la mayoría y son enmarañados en sueños de cristal. Cualquiera busca sus principios medulares: felicidad, bienestar, engalanados con el consumo; llenar esos abismos parece ser la búsqueda infructuosa e incesante, detenida por la crueldad de la inequidad. ¿Resistiremos así otras décadas más?

De modo que Parásitos es un banquete con el que uno no queda bien. Sino hastiado, esas dos familias que van fusionándose, rompen el himen de la inocencia de un mundo cuya compasión no tiene. Las casi veinte décadas de dominio de ese sanguinario sistema, nos han reventado, tanto que la propia casa donde habitamos tiene los corotos arrumados y en ruina, también a sus inquilinos expuestos a las macabras formas de aventajarnos. La narrativa de la película nos alerta, nos manda señales de eso que no vemos, pero sabemos que ocurre, y son bombas de tiempo, que en cualquier momento estallan.

Una de las frases o pronunciamientos que más me impactó y que cobra el valor de una filosofía de vida que no tenemos, dada la ramplón competencia en la que vivimos, es: “mejor la vida sin un plan”, la pronuncia un padre de familia que se esfuerza por no oler a pobre e intentar un camino. Con el cine coreano nos pasa: al ver la película no tenemos un plan para verla y por eso, nos asalta, nos sorprende y nos inquieta tanto. Los trucos para narrar no son tan exclusivos y el relato tampoco, solo que la audacia de la trampa y de la parsimonia de esta historia, nos hacen dudar una y otra vez y lo que aparece no es tan previsible. Así nos conectamos, sin generar mayores empatías. Eso sí nos revolcamos, con una sobredosis, una gula que nos reventará en algún momento.

Byung -Chul Han escribe “bello es el ser sin apetito”, en el libro de Filosofía zen, cuesta trabajo reconocer, dado el masivo consumo prominente, que alguien haga pausas y se dedique a su autocultivo. Es cierto, que el dejo es también otra consecuencia de un sistema de valores (en todos los sentidos) cuyas promesas o cuyo ideario no se concreta. El capitalismo es un oasis donde el desierto es la mayoría. El apetito voraz ha abierto compuertas para saciar nuestras ansias.

La película lleva un nombre que no da del todo con lo que instala, su propuesta es sin tapujos y habla con varios lenguajes. Su creador, Bong Yong Ho, ha hecho historia al ganar varios premios internacionales y estar nominada a varios Óscar, asunto inusual para una película de habla no inglesa. Y los espectadores nos hemos sacudido, porque lo enrevesado de la vida se pone de manifiesto en ese relato. Las hienas se quedan sin su prestigio cuando nos dejan aprovecharnos de otros. Así que la experiencia de presenciar ese drama, con un humor tan fuerte, una serie de vergüenzas que vamos descubriendo, un dolor emocional, un estar cautivos tanto en lo físico como en lo racional, ofreciendo paradojas, nos deja en una agonía de la burla.

 

John Harold Giraldo Herrera

Docente Universidad Tecnológica de Pereira

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