El regreso del Festival de las Letras en Valledupar a finales de noviembre fue un mensaje positivo para todos aquellos que desean que  la literatura ocupe un espacio más importante en la vida cultural de esta región.

Y ese regreso no fue anodino, sino todo lo contrario. De hecho,  podríamos comparar esa segunda edición con una maratón literaria, o mejor todavía: una contra-reloj.

En poco más de tres días, una decena de conferencias y talleres –organizados en la Biblioteca Rafael Carrillo, la UPC, el Banco de la República, la Casa de la Cultura y la Cámara de Comercio– recorrieron el extenso panorama literario para establecer una cartografía rica en ingenios, talentos y promesas.

El segundo día, su máximo representante, el gestor cultural William de Ávila, ilustraba el ritmo sobrecogedor de este festival con una frase que no pasaría desapercibida: “Es un esfuerzo extenuante” y, aún así, se mantuvo aferrado al micrófono de la Casa de la Cultura, acompañando algunas presentaciones de libros con en un último sprint.

Cabe destacar que la respuesta de los escritores fue proporcional al esfuerzo invertido. Muchos autores se mostraron agradecidos por una iniciativa que les ayudaba a exponer sus opiniones, a romper la soledad de un oficio complicado por la falta de editoriales y estímulos regionales, y a encontrarse con otros compañeros llenos de ideas e inquietudes.

Uno de los co-organizadores, el abogado y poeta Pedro Olivella, resumía en pocas palabras el espíritu de este encuentro: “Lo importante fue encontrarnos. Saber lo que hacemos”, y esas palabras resonaron en cada aplauso. Es bueno saber que existe un colectivo de escritores y cuáles son sus experiencias.

Más allá de estas declaraciones, conocimos obras que retratan la historia y mantienen la memoria de diversos municipios cesarenses. Es el caso de “Los pies de vaca” de Andrés Camacho (Curumaní), “Calzoncito” de José Nelsón Rodriguez (Aguachica), “Por los senderos de la Curva” de Francisco Turijo (Codazzi) o el ensayo “Becerril” de Rafael Molina.

Descubrimos el esfuerzo creativo e investigativo de la poetisa de origen indígena Delia Bolaños con “Lágrimas de abril” o el interés musical de Guillermo Henriquez con “La música del otro Valle”.

También se abordaron formas de publicar obras de manera flexible y asequible con el caso del poeta de Aracataca Rafael Darío Jiménez y estrategias para difundir masivamente una obra con “Muchas historias y pocas palabras” de Juan Carlos Céspedes, un libro disponible en la red.

Finalmente, hubo un espacio importante dedicado a la originalidad y el experimento como es el caso del periodista y artista Gustavo Tatis Guerra con su libro infantil “La iguana tiene sed”, o la poetisa Dina Luz Pardo con su libro “Concierto sobre el fuego”: una obra que mezcla poesía y sabores culinarios con un tormento de colores que invitan a ver la cocina como un lugar sagrado de la casa.

Sólo podemos pedir que este Festival se consolide en el tiempo y contemple la inclusión de nuevos espacios y participantes: las librerías, editoriales regionales, y otros actores destacados del sector cultural, pueden ayudar a crear una dinámica global y duradera que favorezca las letras del Cesar y la Costa Caribe.

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