La cocina del cuartico de las memorias En el corazón del barrio San Joaquín, conocido por ser durante mucho tiempo el lugar de residencia del cantante Diomedes Díaz, “El cuartico de las memorias” nos invita a viajar a los tiempos en que Valledupar era un pueblito de pocas casas.

Construida e inaugurada en 1966 por el campesino José Benito Jiménez (Valledupar) y su esposa Bernarda Zuleta, la casita de bahareque ofrece un retrato preciso de cómo se vivía a mediados del siglo XX en este sector de Valledupar.

La familia Jiménez Zuleta administra el lugar con amor, rescatando cada uno de los enseres y accesorios ilustrativos de aquellos años en que no había luz, supermercados o agua potable. Todo era el fruto del ingenio y la creatividad de la gente.

El lugar surgió de manera natural. Pese a que residieran en la casa colindante de estructura moderna y con todos los servicios, las hijas de la pareja Jiménez Zuleta crecieron con la nostalgia de aquellos tiempos, recordando siempre el amor que sus padres pusieron en este primer hogar.

Almacenaban cada objeto –la cama matrimonial, los juguetes, las herramientas del campo, los cuadros y retratos…– como si de un tesoro se tratara, pensando en divulgarlo en un futuro incierto, hasta que conocieron la existencia de la Fundación Aviva (Amigos del Viejo Valle de Upar) que les asistió para convertir la casita de bahareque en un auténtico museo.

En la actualidad, el cuartico se ha transformado en un punto turístico de primera línea al que acuden viajeros de toda la costa de Valledupar. Entre sus mayores difusores está la guía turística vallenata, María Elisa Ayala, quien lo presenta a todos los visitantes como una forma de conocer el Valledupar profundo y raizal: “Es un lugar auténtico”, explica.

En la carrera 14ª Nº9ª-50, un árbol de cañaguate –símbolo de la ciudad– anuncia el lugar. Luego, ya acercándonos al “cuartico”, dos taburetes de piel de ganado y una puerta abierta recrean un cuadro donde se impone la tranquilidad.

Las paredes compuestas de barro y latas de madera amarga transportan el visitante a otra época, cuando los materiales utilizados en la construcción de las casas eran mayoritariamente naturales y de la localidad.

En el interior, la frescura de las salitas se combina con el calor hospitalario de las anfitrionas quienes señalan uno a uno los recuerdos que atesora la casa.

El pilón, las mecedoras originarias de Mompox (y muy usadas en la época) y el equipo de sonido de 1975 abren la exposición en la sala de recibo. Luego, el dormitorio revela una serie de objetos de principios del siglo XX: una lámpara de petróleo de 1920, un baúl de madera, abanicos de paja, una cama de hierro y planchas de vapor.

Finalmente, la cocina nos remite a los tiempos en que el café y otros alimentos se molían con una piedra redonda. A su lado yacen tinajas de Guacoche, calambucos usados para comprar la leche, calderos para fritar arepuelas y todos los utensilios necesarios para preparar el sancocho tradicional.

Antes de irse, es inevitable dejar la firma en el libro de visitas y echar una última mirada a ese patio de antaño de donde surge una suave melodía con armonías a vallenato clásico.

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