Fue suficiente un roce de miradas para que nos conectáramos desde las dos orillas de un río de personas y mesas. Aquella  mujer estaba con su pareja y yo estaba sentado junto a mi esposa. Ella no tardó en descubrir las ojeadas que erraban por los cuarenta y tres metros que nos separaban.

—¿Quién es ella?, —interrumpió una conversación azarosa.

—¿Quién?

—Ella, la que lo mira desde hace una hora.

—¿Cuál? —rematé con la esperanza que se perdiera en el laberinto de interrogantes.

—Eso, hágase el pendejo —objetó.

Poco después, la muchacha se levantó y vino en una vorágine de contoneos que despeinaba las hebras de viento. Margarita, mi esposa, se encrespó. No existe mujer que acepte que otra venga a pavonearse de esa manera en el territorio que no es territorio, ni enclave o consulado, sino un espacio etéreo y escurridizo que tiene mucho que ver con el futuro y poco que ver con la materialidad.

Entretanto yo quería bramar con todas las fuerzas de la testosterona que burbujeaba en los recodos del cuerpo. Y no era para menos: ella, ese imperio de carne y sensualidad, venía a toda vela a mi encuentro sin temerle a la mirada rencorosa de mi esposa, a los susurros que hacían ondular su minúscula falda, ni si quiera a su pareja que la veía desde la mesa. Nada la detenía. Parecía que sólo la impulsaba el deseo de poseerme en un frenesí de sudor y flujos seminales.

Mi cerebro para este momento había apagado todas sus funciones cognoscentes y sólo operaba en modo emergencia. Simultáneamente la especie humana se preparaba para la perpetuación: toda la fuerza de la naturaleza se acumulaba en una región que demandaba litros de sangre.

Ella continuaba acortando la infinita distancia que nos separaba. Margarita la contemplaba con los maseteros y el músculo orbicular vibrando.

Me levanté cuando le faltaban dos centímetros para llegar a la mesa. Las piernas sólo se sostenían por el ímpetu de la reproducción.

—Hola, —dijo en un susurro leve, como el silencio que se filtra entre los versos.

—Hola, —respondí al tiempo que ella continuaba su marcha hasta llegar a la mesa que estaba detrás de mí (donde abrazó a un hombre corpulento).

La sangre se redistribuyó instantáneamente por todos los órganos y extremidades hasta llegar al cerebro (quien dos segundos antes me avisó, a pesar de su avanzado grado de invalidez, que había hecho el ridículo). Sentía que todos me observaban, pero mi esposa era la única que me lanzaba una mirada que helaba la sangre.

—¡Idiota!, —señaló con rabia.

Luego se hundió en la neblina de la indignación. Yo sabía que era lo último que le escucharía esa noche. En unos días, cuando vuelva a hacer uso de la palabra, se referirá a ella como “la zorra del centro comercial”. Me recordará este episodio hasta el final de mis días para hacerme pagar la osadía de haberle demostrado, así sea por un par de segundos, que existe la posibilidad que el futuro puede escurrirse por la rendija de la primera mujer que se contonea descaradamente en un Centro Comercial…

 

Diego Niño

@Diego_ninho

Palabras que piden orillas
Diego Niño

Bogotá, 1979. Lector entusiasta y autor del blog Tejiendo Naufragios de El Espectador.

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