Entrada del banco de la república / Foto: El PilónClaudia, amada mía, volví a Valledupar.

Estoy alojado en el hotel Sicarare. Su ubicación estratégica frente al Banco de la República me sigue seduciendo. Poco han ampliado sus instalaciones, pero tiene jardines, bares, y saunas nuevos.

A todo el personal de trabajo lo cambiaron o quizás a nadie recuerdo. La clientela no ha aumentado mucho, hay un promedio de veinte a treinta clientes por semana, la mayoría son norteamericanos que andan en busca de nuevas minas de carbón.

Todos los días, apenas me despierto, a eso de las 7:00 o 7:30 de la mañana, oigo el vallenato de Emiliano Zuleta Díaz que desde la Cárcel Modelo te dediqué por celular y que se llama como tú. Trato de no llorar por ti, pero cuando escucho ese verso que dice: “…yo sin ti, yo sin ti ya no valgo nada”. No aguanto las ganas de hacerlo, y meto la cabeza en medio de una almohada y entro en un estado de reflexión sobre mi soledad y tu eterna huida.

En las tardes voy al Banco de la República. Desde el 2002 dejó de prestar el servicio de tesorería y empezó a funcionar como una biblioteca. A veces creo que eso pasó por mi culpa, que por mí quebró como el Cine Royal que estaba diagonal al Hotel Sicarare.

Me da risa ver las bóvedas que se rindieron ante los sopletes importados de Panamá, transformadas ahora en aulas para sacar fotocopias. Y a los empleados inventariando a cada rato los libros como si acaso los libros fueran billetes. Ojala pudieras verlos, Claudia, a la mayoría les hace falta poco tiempo para jubilarse, y sin embargo es fácil encontrar en sus ojos una débil honestidad que no aguanta una propuesta indecente y millonaria.

Comencé a leer un ensayo sobre La Novela de Espionaje, el autor es un tal Gabriel Veraldi, yo no lo conozco, ni siquiera lo escuché nombrar cuando anduve escondiéndome en Brasil y fui al Festival de Literatura Erótica y Criminal de Rio de Janeiro. El libro lo elegí al azar y decidí leerlo porqué hallé en la contraportada una frase que me sedujo bastante de otro tal Richard Rowan: “Los espías han ejercido más influencia en la historia que en los historiadores”.

Tú sabes que el tema de los agentes secretos me enardece, que cuando estaba niño mi sueño no era ser un Robbin Hood ni un Superman, sino un James Bond (según el fiscal que conoció mi caso además de que se me hizo realidad ese sueño, me volví un Robin Hood y un Superman maldadoso).

El servicio de biblioteca termina a las 6:30 p.m. A veces, cuando evoco con fervor aquel 1994, imagino que después de haber pasado toda una tarde leyendo junto a ti el ensayo sobre La Novela de Espionaje, nos quedamos encerrados en el Banco de la República y hacemos el amor ante las miradas de Cortázar, Kafka, y Woolf. ¡Ay Claudia! ¿Recuerdas aquel baño portátil de las playas de Santa Marta? ¿Recuerdas que me dijiste que el riesgo despierta la pasión?

El Banco de la República es un laberinto excitante y tramposo que inspira grandes hazañas. Entrar en él, Claudia, me hace sentir nuevamente como un rey, aunque esa es una satisfacción que no me dura mucho, pues enseguida el propio Banco me desengaña con su realidad y me recuerda que nunca he sido un rey y que ahora para colmo de males estoy lejos de ti. Como dice un vallenato que tal vez no conoces: “…el mundo se queda esperando otro rey / y yo me he quedado sin ti”.

La Cárcel y el dinero que no pude gastar son para mí una gran frustración. Sin embargo, Claudia, lo más importante es que hundí el Titanic, sí, lo hundí pese a que muchos decían que era imposible, que ni el mismo Dios podía hacerlo. Tú pensabas igual, me gritabas que estaba loco y que no iba a poder con un reto tan grande, y cuando lo logré, me pediste disculpa y me dijiste que yo era un Da Vinci o un Merlín, y abriste tu bata, me mostraste tus senos y tu pelvis recién rasurada, y con tu índice derecho me dijiste:

—Ven, ven, y roba ahora mi corazón…

Carlos César Silva

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