Muchos titulares aparecidos en la prensa en los días previos a las elecciones de Brasil celebradas el 26 de octubre, cuyo resultado supuso un segundo mandato para Dilma Rousseff, se referían a cómo en dicho proceso se enfrentaban algo más que dos candidatos con propuestas e ideologías diferentes

Se enfrentaban dos modelos diferentes de país y es que, desde la etapa final del S. XX, la historia política de la región se ha visto continuamente sacudida por fuerzas telúricas que actuaban en sentido contrario. Por un lado, las dictaduras militares promovidas por Estados Unidos en el marco de la Guerra Fría con la intención de lograr la fidelidad de los ejércitos latinoamericanos a su política exterior bajo el pretexto de frenar la amenaza del comunismo.

Así aparecerán figuras como Videla en Argentina; Pinochet en Chile; Hugo Banzer en Bolivia; Alfredo Stroessner en Paraguay; pero también Trujillo en República Dominicana; Juan Velasco Alvarado en Perú; Guillermo Rodríguez Lara en Ecuador, la familia Somoza en Nicaragua y un largo etc...

Por el otro lado, la influencia del modelo revolucionario cubano con el apoyo de las URSS supondrá el nacimiento de movimientos guerrilleros en diversos países: el Frente Sandinista de Liberación Nacional en Nicaragua; Sendero Luminoso en Perú; los Tupamaros en Uruguay; el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional en El Salvador; Los Montoneros en Argentina; las FARC de Colombia, activas hasta el día de hoy,  por citar sólo algunos ejemplos.

Pero la caída del muro de Berlín y con ello la caída de la hegemonía económica, militar así como la interpretación del mundo desde una perspectiva capitaneada por la URSS, hace que -en principio- alternativas a la visión propia de EEUU, parecieran carecer de sentido. Es por eso se habla del fin de la historia -término acuñado por el politólogo estadounidense de origen japonés Francis Fukuyama (El fin de la historia y el último hombre) en 1992- al considerar que la generalización a escala global de la democracia liberal y la economía capitalista -es decir, la hegemonía de los mercados y los gobiernos a su servicio - supondría una etapa definitiva de estabilidad, con el fin de las guerras y revoluciones violentas.

Una mirada a un periódico o un informativo desmentiría esta tesis, pero es cierto que a esta nueva visión unipolar del mundo habría que sumar los experimentos neoliberales que convirtieron a Latinoamérica en un laboratorio de medidas que hoy se están aplicando a escala Global.

Desaparece el modelo regulador construido siguiendo los presupuestos del economista británico John M. Keynes (Teoría general del empleo, el interés y el dinero) quien plantea que el sistema capitalista no tiende por sí mismo al pleno empleo ni al equilibrio de los factores productivos, por lo cual es necesaria la intervención y regulación públicas para cubrir la brecha social generada por los mercados. El llamado Estado del Bienestar desaparece en aras de un Estado Mínimo, en el cual éste debe interferir lo mínimo y sólo para garantizar las condiciones óptimas de competencia y la primacía de los derechos individuales sobre los sociales; donde la desregulación deje las manos libres a los movimientos de capitales y al gobierno de los mercados, cuyas consecuencias son: hegemonía de la economía financiera frente a la economía productiva, por un lado, y en el opuesto, precarización de las condiciones laborales.

Ante el crecimiento de la desigualdad y la pobreza, y como reacción a los planteamientos neoliberales que tanto daño han hecho y están haciendo en la región, aparece un movimiento denominado posneoliberalismo -Emir Sader, (Posneoliberalismo en América Latina)- cuyas primeras manifestaciones son: el Movimiento Zapatista de Liberación, surgido en 1994; la elección de Hugo Chávez en 1998;  el Foro Social Mundial, reunido por primera vez en enero del 2001 en Porto Alegre (Brasil) bajo el lema “otro mundo es posible”, o los movimientos sociales de la crisis Argentina del 2001-2002, por citar alguno de ellos. Con posterioridad vendrán las elecciones de Lula, Kirchner, Tabaré Vázquez, Evo Morales, Daniel Ortega, Rafael Correa, Dilma Rousseff o José Mújica, afrontando alguno de ellos en estos momentos su segundo mandato.

En Latinoamérica se dibuja en una clara línea de separación entre los países involucrados en este despegue posneoliberal que plantean una integración regional a través de organismos como La Comunidad Andina o MERCOSUR, y los países, como México, Chile, Perú, o Costa Rica, que han firmado un tratado de libre comercio con Estados Unidos y Canadá- conocido como ALCA o Área de Libre Comercio de las Américas.

El caso de Colombia es paradigmático, pues si bien fue unos de los primeros en firmar dicho tratado, hasta la fecha no se ha resuelto la controversia sobre si el mismo perjudica o impulsa el desarrollo de la economía del país. Evidentemente, este debate no es solo económico, sino fundamentalmente ideológico, pues lo que se presentan -como decíamos en las primeras líneas- son dos alternativas o proyectos de país diferentes: uno que daría el protagonismo a los mercados, mientras que en el otro se lo daría fundamentalmente a los ciudadanos. 

No olvidemos que dentro del conjunto de países partidarios de la integración regional se  constituyó un grupo que, jugando con las siglas del tratado con los países ricos del norte, se denomina ALBAAlianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América o Tratado de Comercio de los Pueblos– capitaneado por Venezuela con su proyecto de Socialismo del Siglo XXI, con el apoyo de Cuba o viceversa. Se encuentran suscritos a él diversos países caribeños, como Antigua y Barbuda, Santa Lucía, San Vicente y las Granadinas, además de Bolivia, Nicaragua y Ecuador, mientras que Honduras fue suspendida a raíz del golpe de estado contra Manuel Celaya.

De esta manera, se configuran en la región tres alternativas: la neoliberal; la que aboga por un socialismo de estado y una tercera, que pretende reestructurar el antiguo Estado de Bienestar en la región buscando mayores niveles de equidad e integración social. Esta última correspondería a la que en los últimos tiempos recibe la denominación de tercera vía, que ha sido tomada del sociólogo británico Anthony Giddens (La tercera vía: la renovación de la socialdemocracia). Mientras que el autor planteaba cómo la izquierda debía aceptar ciertos aspectos del neoliberalismo; es decir, ciertos recortes del Estado del Bienestar tal como hasta los últimos años del S. XX era entendido en Europa, en Latinoamérica ha sucedido que los partidos con un discurso electoral muy radical moderan su acción política una vez que llegan al gobierno. Así sucedió con Lula, con Evo Morales y con Rafael Ortega: si bien su acción política estuvo dirigida inicialmente a ahondar y después mantener los derechos sociales, con el paso del tiempo ésta se fue moderando, transformándose progresivamente de una izquierda más o menos radical a un centro izquierda; sin bien, al ser comparado con clima político neoliberal que reina en la zona, las medidas tomadas por estos mandatarios son tildadas de radicales.

¿Se trata de una desideologización, una derechización, o simplemente se trata de la adopción de una perspectiva estratégica: un perder-ganar para continuar de esta manera la implementación de políticas sociales? Tal vez haya un poco de ambos, pero sobre todo -dada la fuerte presión de los mercados, los bancos, la prensa y un largo etcétera– de lo segundo; de un adaptarse de manera simultánea a las circunstancias de la presión neoliberal constante y –como señala Ana Esther Ceceña (El posneoliberalismoysus bifurcaciones)- a las demandas de la ciudadanía, las protestas y revueltas originadas frente a las políticas deajuste estructural o de privatización de recursos, derechos y servicios promovidas por el neoliberalismo.

De esta manera, y como resumen del contenido de esta tercera vía, retomamos las palabras delex-presidente chileno Ricardo Lagos, fundador del Partido por la Democracia (PPD) que se autodefine como de izquierda, democrático, progresista y paritario: estamos a favor de una economía de mercado, pero no de una sociedad de mercado; es decir, de una sociedad en la cual los intereses del mercado, no se antepongan a los derechos de la ciudadanía, siendo esta forma de pensar la que ha hecho posible la reciente reelección de Dilma Rousseff, a la que nos referíamos en las primeras líneas y también -aunque en menor medida- la de Evo Morales, que tuvo lugar semanas antes.

 

Dr. Antonio Ureña García

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Contrapunteo cultural
Antonio Ureña García

Antonio Ureña García (Madrid, España). Doctor (PHD) en Filosofía y Ciencias de la Educación; Licenciado en Historia y Profesor de Música. Como Investigador en Ciencias Sociales es especialista en Latinoamérica, región donde ha realizado diversos trabajos de investigación así como actividades de Cooperación para el Desarrollo, siendo distinguido por este motivo con la Orden General José Antonio Páez en su Primera Categoría (Venezuela). En su columna “Contrapunteo Cultural” persigue hacer una reflexión sobre la cultura y la sociedad latinoamericanas desde una perspectiva antropológica.

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