Como señala el propio título de la columna dentro de la cual aparecen estos artículos y, según hemos defendido en los mismos, la cultura e identidad latinoamericanas son el resultado de un intercambio de influencias y herencias del pasado y presente que interactúan de manera conjunta;  sin embargo, es frecuente vincular la identidad de la región al mundo prehispánico donde se encontraría “la raíz auténtica del ser nacional común”.

Como sucede para otros muchos ejemplos y en diferentes partes del mundo (celtas, germanos…), se repite aquí -como señala Bueno (El mito de la cultura)- la tendencia a buscar estas señas en el pasado un tanto mítico y desdibujado, haciendo abstracción de los acontecimientos posteriores y alimentando la ilusión de su conservación indefinida.

Conflicto Ontológico

Si la identidad latinoamericana se encuentra en lo prehispánico, sus depositarios serían principalmente los herederos de los habitantes del subcontinente en esos tiempos; esto es, los aborígenes actuales. Y es aquí donde surge el “conflicto”: ¿qué han hecho los grupos sociales dominantes para mantener sus raíces?

En palabras de Álvaro Mutis (“12 de octubre, la celebración imposible”): “¿Qué hemos hecho nosotros, los criollos, después de la llamada Independencia por los auténticos herederos de las civilizaciones precolombinas? fuera de despojarlos de sus tierras, alcoholizarlos y masacrarlos, y asesinar a quienes han alzado la voz contra ese otro genocidio.

En este sentido, los indígenas son ignorados por los medios y la mentalidad colectiva que tratan de imponer, no siendo infrecuente el asesinato de líderes indigenistas implicados en la reivindicación de los derechos de su pueblo. Son “Los Nadiesde Eduardo Galiano (El libro de los abrazos) que “no hablan idiomas sino dialectos, no hacen arte sino artesanía y no practican cultura sino folklore” (…) que cuestan menos que la bala que los mata.

El “conflicto ontológico", la angustia identitaria a la que ya nos referimos en un artículo anterior, se produciría al hacer del indígena el auténtico depositario de las raíces de la identidad latinoamericana, mientras éste es considerado por la sociedad dominante como un ciudadano de segundo grado, o en muchos casos ni siquiera como un ciudadano, puesto que no ha adquirido o no ha aceptado los elementos básicos de la denominada "civilización". Ello querría decir que la búsqueda de la identidad desembocaría en un callejón sin salida al ser rechazado el soporte de la misma.

Desde los primeros momentos de la independencia, el indio es un “estorbo” para los proyectos nacionales. En el caso de la Gran Colombia, una vez lograda la independencia y con el supuesto objeto de incorporar al indio como hombre libre, fueron revocadas las leyes españolas que protegían propiedad de la tierra por parte de las comunidades indígenas, considerándolas como baldías. Con objeto de obtener fondos para la construcción de la nueva patria, fueron puestas en venta; lógicamente los indígenas no pudieron comprar lo que legítimamente les pertenecía, viéndose obligados a trabajar como asalariados en sus propias tierras.

Tradicionalmente, la política indigenista se basaba en el paternalismo y la imposición etnocidiaria que tienden a ver al indio como un “menor de edad” que hay que “culturizar”, para ello se buscaba su integración en los procesos productivos, pero como individuo asilado y no desde una perspectiva sociocultural, lo que se traducirá en su incorporación como mano de obra barata.

Otra tendencia es la denominada por Vargas y Sanoja (“Historia Identidad y Poder) como etnopopulista, que persigue rescatar la cultura indígena pero como elemento aparte del proyecto político nacional. Se trata de una visión que reduce las culturas aborígenes a museos antropológicos vivos preservándolas de las influencias “nocivas” -esto es, cualquier rasgo de modernización que venga a mejorar sus condiciones de vida- con lo que se los confina al subdesarrollo.

Indigenismo: Populismo o visibilización

Si bien la aculturalización tiene su raíz en la Conquista y la Colonia, el Neocolonialismo ha dejado su huella, pues el modelo urbano impuesto por él supone que en las ciudades, los indígenas serán  confinados en las zonas más pobres -los "Barrios" en Caracas; “ Villas Miseria” en Argentina; etc.- auténticos nichos de marginación convenientemente separados de la “ciudad formal” por grandes avenidas  -derivadas en todo el subcontiente del “Plan para Bogotá” elaborado por Le Corbusier, José Luis Sert y Paul Lester Wiener entre 1949 y 1953- que ejercen como auténticos cordones sanitarios sabiamente trazados, impidiendo la participación de los colectivos hacinados en ellos de las ventajas en cuanto a servicios que pudiera ofrecerles una vida urbana.

Pareciera que en los últimos tiempos la situación ha cambiado y el acceso al poder de grupos y personalidades de la izquierda hubiera devuelto la voz a las culturas indígenas largo tiempo silenciadas. Sería el caso de Lucio Gutiérrez, Evo Morales o Rafael Correa que, apoyados en el sustrato indígena de sus respectivos países, fueron aupados a la presidencia.

Lo que debiéramos plantearnos en este punto es que si la vocación indigenista de estos mandatarios es real o es simplemente una manifestación más de una constante en la política de la región que -con un discurso orientado a los sectores más humildes- se apoya en ellos para elevarse al poder. Estamos hablando del “populismo”, del que Chávez –y en la actualidad Maduro- constituirían un claro ejemplo, si bien estos dos últimos casos y, a diferencia de los anteriores, presentan un carácter autoritario. Sin embargo, hay una constante que los relaciona a todos ellos a la vez que los diferencia de los mandatarios de otros tiempos y lugares, y es la preocupación por el colectivo indígena. No se puede negar que esta política ha supuesto la visibilización de los grupos indígenas de aquellos países, aunque todavía se está lejos de otorgar a estos pueblos su verdadero status.

Es cierto que existen tratados nacionales e internacionales para regular e impulsar dicha visibilización; así, por ejemplo, la Convención de la UNESCO sobre la protección y promoción de la diversidad de las expresiones culturales, aprobada el 25 de octubre de 2005, destaca el principio de igual dignidad y respeto de todas las culturas al señalar: “La protección y la promoción de la diversidad de las expresiones culturales presuponen el reconocimiento de la igual, dignidad de todas las culturas y respeto de ellas, comprendidas las culturas de las personas pertenecientes a minorías y las de los pueblos autóctonos".

El problema es que, fuera de los países donde han ejercido su mandato los presidentes anteriores, dichos tratados son papel mojado. Nadie se atreve a tildar de manera negativa a los gobiernos elegidos democráticamente en función de unos planteamientos y que, una vez en el poder, implementan medidas potenciadoras de la invisibilidad de grupos sociales más numerosos mediante apoyo a las elites económica y socialmente mejor posicionadas. Sin embargo, quien desde la campaña electoral comienza a hablar de gobernar para la mayoría del país y devolver el papel hurtado a estos grupos por años o siglos, es calificado peyorativamente como “populista”. 

Si aceptamos el calificativo, debemos aceptar entonces que la visualización social y política de los grupos indígenas es obra o consecuencia de este populismo, criticado por las élites que de manera tradicional  detentan el poder al ver en peligrar sus privilegios. Cabe entonces hacerse una pregunta: ¿las políticas señaladas suponen Populismo o Justicia Social? Dado que el objetivo de esta columna es promover la reflexión, la respuesta la dejamos abierta al lector.

 

Dr. Antonio Ureña García

 

Contrapunteo cultural
Antonio Ureña García

Antonio Ureña García (Madrid, España). Doctor (PHD) en Filosofía y Ciencias de la Educación; Licenciado en Historia y Profesor de Música. Como Investigador en Ciencias Sociales es especialista en Latinoamérica, región donde ha realizado diversos trabajos de investigación así como actividades de Cooperación para el Desarrollo, siendo distinguido por este motivo con la Orden General José Antonio Páez en su Primera Categoría (Venezuela). En su columna “Contrapunteo Cultural” persigue hacer una reflexión sobre la cultura y la sociedad latinoamericanas desde una perspectiva antropológica.

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