Literatura

Juramento

Diego Niño

02/02/2015 - 07:20

 

Eran las nueve de una noche de comienzos del noventa y ocho. Esperábamos ansiosos a un grupo de mujeres que Nabyl y El Negro habían conocido en uno de los primeros chats de hispanoparlantes que existieron en la red.

—El futuro está en los chats —afirmaba Nabyl para amedrentar la ansiedad que a esas horas y en aquel paraje solitario, empezaba a hacerse palpable, a transformarse en un silencio compacto, impenetrable—. Llegará el día en el que sólo se podrán hacer levantes por ese medio —remataba con una confianza que emergía de las manos que nunca abandonaban los movimientos frenéticos.

Cinco minutos después llegó un grupo de siete mujeres que a lo lejos, y bajo las tinieblas, parecían tan atractivas como las imaginaron El Negro y Nabyl. Llegó el desquite, me decía mientras se aproximaban tímidas, acaso temerosas de nosotros y de nuestras intenciones.

—Vaya Nabyl, salúdelas —demandó una voz arenosa.

Él, que estaba habituado a llevar sus planes hasta las últimas consecuencias (especialmente si en ellos se incluían mujeres y romances), fue al lugar en el que se detuvo el grupo. A los tres minutos regresó con cara de circunstancia.

—Las viejas no son como las imaginamos; propongo que vayamos con ellas y que cada quien decida después qué hace: quedarse, rumbeárselas o irse para la casa —dijo antes que le lanzáramos la primera pregunta. 

—¿Están muy pailas? —preguntó Walther con los ojos opacos.

—Lo voy a poner en estos términos: la única que aguanta le faltan dos dientes… y son dientes frontales —dijo para que no quedara un conato de esperanza.

Quisimos reír pero todos sabíamos que Nabyl, Nabylón, El Gran Nabyl, en estos casos no cometía la imprudencia de mentirnos, de llevarnos con embustes al matadero, de lanzarnos con los ojos vendados a los brazos del matarife.

—Eso, hagámosle sin asco —invitó el Negro con su voz aguardentosa.

—¡De una! —dije.

Fuimos hacia ellas lentamente, con desconfianza, algunos evitando las risas nerviosas.

Imagino que ellas sintieron el impulso de correr al ver a un grupo de doce hombres de miradas agrias, tufo de ochenta octanos, camisas raídas, melenas indómitas y barbas de varios días.

—Pensábamos que eran menos, afirmó una muchacha que exhibía un abdomen prominente y una boca digna de catálogo de enfermedades dentales.

Quisimos explicarles que éramos cinco amigos del colegio, los de siempre, los de toda la vida. Que en el camino al paradero de buses se fueron uniendo vecinos y amigos que al oírnos hablar de mujeres hermosas, de piernas inabarcables, de nalgámenes apetitosos, ofrecieron dinero para el trago, tarjetas de amigos que administran moteles y toda suerte de promesas y ofertas que serían útiles en el momento de rematar la velada. Sin embargo, preferimos callar, dejar que las circunstancias continuaran en su desplome, en su inevitable inclinación hacia la desesperanza.

—Nosotros pensamos lo mismo de ustedes —respondió un joven que no sabíamos de dónde había salido ni quién lo había invitado—. Mejor vamos a bailar —concluyó para zanjar cualquier conato de réplica. 

—Conocemos un sitio bueno —afirmó la muchacha que me contemplaba con ojos golosos.

El grupo de mujeres emprendió la caminata entre bisbiseos y carcajadas ahogadas. Nosotros, entretanto, caminamos con la certeza que cometíamos un grave error.

Dos cuadras después, bajo un letrero oxidado por las encías del tiempo, emergían los compases de vallenatos.

—Acá es —dijo la desdentada que dijo Nabyl que era la que más aguantaba, pero quien vista a la luz que emergía de una ventana vecina, parecía una imitación bizarra de Peggy.

—Vaya marica y nos dice qué tal está el sitio —dijo Walther para que yo midiera el caletre del establecimiento.

Me asomé y vi en las vecindades de la barra a un tipo con una chaqueta enlazada al brazo izquierdo y con una correa en la derecha defendiéndose de otro que enarbolaba una navaja.

—Hay dos manes dándose chuzo —resumí.

—Mejor vamos para otro lado —dijo la voz azucarada de una muchacha que estaba abrazada a un vecino del Negro.

Nuevamente emprendimos el camino por una calle oscura, tenebrosa, lóbrega como todas las calles del sector.

Ocho cuadras más adelante llegamos a un lugar igual que el anterior: letrero en lata, puerta pequeña y vallenatos. Adentro, dos parejas de borrachos oscilaban con el empuje de la música mientras una mujer de edad incierta cabeceaba detrás de la barra. Unimos cuatro mesas al tiempo que El Negro, con aquel entusiasmo financiero que lo ha acompañado toda la vida, sugería que pidiéramos dos botellas de aguardiente en lugar de perder la plata en rondas de cerveza.

Al filo de la media noche, gracias a la acumulación de alcohol y testosterona, se inició una pelea con botellas despicadas, improperios y alaridos de mujeres queriendo imponer el orden.

Al escuchar el primer estallido miré directo a los ojos a Nabyl para confirmar que haríamos lo mismo: salir corriendo para no pagar la cuenta y de paso espantar la frustración de ver a los desconocidos que encontramos en el camino besándose con las mujeres que nos correspondían por el derecho divino de haberlas cotizado en el escaso y difícil espacio de la virtualidad.

Salimos entonces entre la gritería y quinientos metros más adelante, cuando sabíamos que nadie venía detrás, nos detuvimos para constatar que estábamos los cinco, los de siempre, los de toda la vida. Nabyl me miró, luego al Negro y después a Walther.

—¿Dónde está Suárez?, —preguntó con una breve preocupación en la vibración de la voz.

Todos nos miramos sin saber en qué lugar o circunstancia lo habíamos visto por última vez.

Dos segundos después escuchamos el taconeo de alguien que venía corriendo. Segundos después vimos la delgada silueta de Suárez quien por aquellas paradojas de la noche, había tomado la calle equivocada.

Al verlo empezamos a caminar hasta llegar a la única calle iluminada del sector.

—De la nevera —dijo El Negro al tiempo que enarbolaba una botella de ron.

—De la mesa —afirmé mientras exhibía el remanente de aguardiente que sobrevivía antes de empezar la gresca.

—De la barra —concluyó Nabyl empuñando una paca de cigarrillos.

Soltamos una carcajada al corroborar que persistían las enseñanzas adquiridas en colegios públicos y batallones del circuito militar. Buscamos el parque más cercano para aguardar el amanecer entre tragos, risas, evocaciones y todo aquello que brota de las ranuras de las almas irresponsables.

A las seis de la mañana, en el instante en el que nace un brillo incierto en los contornos de las montañas, me levanté con la mirada vidriosa y dije con la lengua estropajosa:

—Juro solemnemente que este trance lo rescataré de las arenas del olvido, de los barrancos de la ingratitud para gloria de las futuras generaciones.

Acto seguido elevé el remanente de la botella de ron y lo apuré de un sorbo teatral, pomposo, como todos los movimientos generados por el alcohol. Mientras tanto la promesa empezaba a diluirse en las circunvalaciones del lóbulo frontal hasta que a las ocho de la mañana de hoy, por aquellas intrigas de la memoria, emergió sólida, concreta, como si la hubiera hecho minutos atrás.

 

Diego Niño

@diego_ninho 

Sobre el autor

Diego Niño

Diego Niño

Palabras que piden orillas

Bogotá, 1979. Lector entusiasta y autor del blog Tejiendo Naufragios de El Espectador.

@diego_ninho

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